La Creación

Y primero la Vida despertó, y dijo: "He aquí el lugar donde he de crear". Y al volver el rostro observó a su hermano, la Muerte. Y él le respondió: "Pero todo lo creado ha de tener un final"

16 de octubre de 2011

Sobre Aleneltê (Parte 3 y última)

¡Salud, viajeros!

Os traemos la tercera y última parte del relato que describe la capital de los elfos Nareltha, ¡qué lo disfrutéis!

*Como os dijimos en la anterior entrada, en la página correspondiente, vamos a ir copiando también lo que vayamos colgando, además del plano!
Aleneltê


© Susana Ocariz y Sergio Sánchez Azor (Reservados todos los derechos).
En las primeras calles de Aleneltê se vendían las mejores telas, perfumes, joyas, y exquisitos alimentos provenientes de los lugares más remotos de Aranorth. Alfareros y ceramistas, carpinteros, herreros, costureros, hilanderos, armeros, vidrieros, alfombreros, todos ellos habían abierto sus locales hacia la izquierda de la ciudad. Hacia la derecha, pequeños comercios, sobre todo dedicados al sector de la alimentación. La calle de los panaderos y pasteleros destacaba por su aroma a pan crujiente y bizcocho caliente, bollos de crema y pluma dulce, nata y chocolate. Un poco más arriba, la calle de los mieleros, cuyas tiendas estaban llenas de enormes tarros de cristal llenos de miel de colores y sabores diferentes, sobre todo de miel de azahar y miel de romero. La zona de los especieros se mezclaba con la de los herboristas, así como el aroma entre dulce y picante que se desprendía de ellas, vainilla, nuez moscada, pimienta, azafrán, clavo.

Más hacia la derecha se hallaba uno de los poco barrios mixtos de la ciudad, donde aún vivían familias elthalântar y narelântar y, en cuyo centro, se erigía una de las fuentes más hermosas de Aleneltê, coronada por una imagen de Eda, Diosa de la Vida. La figura de la Diosa estaba hecha de bronce, así como la del león que descansaba a sus pies, pero la esfera que representaba Erthara, la Tierra, era de ámbar pulido. Bajo la Diosa y el León, un manto de campanillas rojas y hojas verdes caían en cascada sobre una columna de mármol negro, de la que surgían cuatro caños que vertían el agua sobre la base cuadrada de la fuente, tallada con intrincados motivos geométricos. Era ésta la fuente que daba nombre a la plaza central de Aleneltê, la Edaseba.

Internándose en la ciudad, y siguiendo Târaika hacia las montañas, la ciudad se expandía, aumentando la calidad de sus casas y edificios a medida que se acercaba al Segundo Círculo de Murallas y a la gran Puerta Azul de Ishana, que daba paso a la ciudadela, la zona más protegida de la ciudad. La Puerta estaba compuesta por dos torres almenadas, y un arco ojival entre ellas, cerrado por un portón de ébano tallado rematado por tacos de hierro forjado, ante el cual había una guardia permanente que lo custodiaba día y noche. Y si bien las Segundas Murallas estaban hechas por grandes bloques de piedra nulya, tanto las dos torres como el arco de la Puerta de Ishana estaban revestidos por cientos de brillantes ladrillos vidriados de color azul intenso, ribeteados por otros más pequeños, de plata y oro, y dispuestos formando soles, estrellas y lunas.

A partir de allí se formaba la Ciudadela de Hikkanâ, La Inconquistable, donde se erigían los edificios políticos y militares más importantes de Elerthe, así como las grandes mansiones de los más nobles Nare y Eltha.
Nada más atravesar la Puerta Azul se abría una gran plaza ajardinada, la Plaza del Equilibrio, con fuentes y pequeños canales de agua que corrían entre hermosos robles y abedules, con árboles de hojas de plata y oro, presidida por una gigantesca estatua de marfil que representaba un roble milenario tallado al detalle, con hojas revestidas de finísimas láminas de oro. En su tronco se podía vislumbrar el rostro severo pero a la vez afable de Earalava, el espíritu de Eda guardián de los Onnar de los Nareltha. A los pies del árbol de piedra, descansaba la también impresionante talla en marfil de un majestuoso león, con la melena y los ojos de oro, símbolo de Eda. El conjunto representaba el Equilibrio otorgado por Eda en los albores de la historia Nareltha. Alrededor de aquella estatua se hallaban los distintos edificios administrativos y de gobierno como eran los edificios del Nyaze, el Consejo de Gobierno, y la Asamblea, la Academia, la Biblioteca y el Templo de Eda, además de la Casas de la Moneda y el Cuartel General del Ejército. Junto a la montaña, se abrían adentrándose entre cuevas precedidas por una fachada tallada en la misma piedra, los baños de agua caliente termal.

Y dejando atrás la zona administrativa, hacia la derecha de la Plaza del Equilibrio,  varias avenidas arboladas se abrían paso entre las mansiones de los más altos cargos de la ciudad y de la mayor parte de los nobles, donde todavía convivían Eltha y Nare.

Mientras que en una esquina, al pie de la montaña, se hallaba una pequeña arboleda, la Arboleda Sagrada. Y tras ella se encontraba un sendero escondido y escarpado que se elevaba a través de la blanca piedra de Angennel, y ascendía hasta la gran explanada llamada Nyale, Sombra de Luna, donde se alzaba la colina de Hysenye, envuelta en niebla, la cual protegía el Aya, el lugar donde se hallaban escondido el Templete de las Espadas. Allí también se encontraba la Casa de los Guardianes de las Espadas, así como una de las fábricas de material militar más importantes para los Nare.

El resto de la ciudad se hallaba dividida entre los Barrios Elthalântar y los Barrios de los Narelântar, separados ambas zonas por el gran Mercado de la ciudad, alrededor del cual se hallaban algunas de las tabernas y posadas más famosas de la ciudad.

1 comentario:

  1. Bonita descripción, gracias, ahora puedo hacerme una idea más clara.
    Ya sé dónde buscar inspiración cuando me decida a reescribir mi descripción de Räel Polita 8)

    ResponderEliminar

Translate