La Creación

Y primero la Vida despertó, y dijo: "He aquí el lugar donde he de crear". Y al volver el rostro observó a su hermano, la Muerte. Y él le respondió: "Pero todo lo creado ha de tener un final"

7 de septiembre de 2012

Sobre el origen de la enemistad entre los Nareltha y los Enanos de Angennel



Tal como se cuenta en “Los Mitos de la Creación” en un principio Elfos, Enanos y Hombres fueron concebidos como hermanos en el corazón de Eda. Sin embargo, el tiempo poco a poco puso de manifiesto las diferencias que existían entre las distintas razas, sobre todo a medida que estas fueron interiorizando los preceptos de Eda según la forma de ser que les confería su Dios creador.

Sólo los hijos de Rion, estaban al margen pero más por desconocimiento que por otras razones. Nadie había mantenido contacto con ningún Hombre Dragón, y se consideraba una raza misteriosa e incluso extinta después de la Primera Gran Guerra.

Aun cuando al principio las tres razas, Elfos, Enanos y Hombres, convivieron en Heimmi, el Valle Secreto, no pasó mucho tiempo antes de que comenzaran a separarse según sus preferencias. Los Elfos poblaron sobre todo los bosques, sumergiéndose en lo profundo de la naturaleza, y los Hombres buscaron las costas de mar y las orillas de las grandes corrientes fluviales. Así mismo, los Enanos comenzaron a excavar las montañas cada vez más profundamente. Y con los años, las relaciones entre las razas fueron haciéndose más esporádicas, hasta llegar a ser prácticamente inexistentes salvo en algunas pocas excepciones.

Miles de años después, mucho después incluso de que la tierra temblara y los mares rugieran cambiando por completo el mundo que conocían, los Nareltha pusieron fin a su largo peregrinaje y se instalaron en las tierras que ellos denominarían Elerthe. Después de la destrucción de Tualema, la mítica ciudad donde la Diosa les otorgara su Don, pensaron que aquél era el lugar que Eda les había asignado realmente. Situado a la sombra de las Montañas Blancas, junto al linde dorado del frondoso bosque de Elthaluare y la orilla rojiza del Mar Escarlata, aquella tierra suponía todo lo que habían soñado.

Sin embargo, aquellas tierras no estaban del todo libres, pues su preciada situación las hacía deseables tanto para los Hombres como para los Enanos. Al principio los Nareltha pusieron sus ojos en las vastas planicies del Valle de Narbas. Su visión incluía grandes zonas de cultivo, y por esa misma razón comenzaron a incorporar a su propio pueblo a algunos de sus pobladores, de forma que pasaron a ser los primeros Edlar, extranjeros de otras razas que vivían entre los Nareltha de forma habitual. Hasta entonces las otras subrazas de Hombres que habitaban aquella zona habían vivido de forma aislada, cada uno dedicado a sus propias tierras y cultivos, y sin ningún tipo de unión u organización. Así, poco a poco los Nareltha se fueron adueñando de la mayor parte de las tierras, organizándolas, y aquellos de sus antiguos pobladores que decidieron no integrarse con ellos acabaron por emigrar hacia el este o hacia el sur.

Por otro lado, otra de las grandes ventajas que aquella zona presentaba para los Nareltha eran las Montañas Blancas y sus grandes canteras de piedra. Muy pronto descubrieron las cualidades especiales de aquella piedra blanca, el Nulya. Pero ya antes habían tenido los primeros encuentros con los Stinthar, los Enanos de Angennel. Las relaciones al principio fueron cordiales, sobre todo debido a la necesidad de los Nareltha de comerciar con ellos y adquirir de esta forma los materiales que necesitaban para la construcción de Alenelte. Sin embargo, pronto comprendieron que podía ser mucho más beneficioso para ellos mantener sus propias canteras de piedra blanca, y limitar el comercio con los Enanos en función de las necesidades marcadas según los límites de su producción.

Por supuesto, para los Enanos esto supuso una gran afrenta. No sólo por la pérdida comercial que suponía, sino porque consideraban a las Montañas Blancas como una única y gran cantera de su propiedad, y no estaban dispuestos a ceder ni la más mínima piedra a ningún otro pueblo.

Fue así como comenzaron a producirse los primeros enfrentamientos entre ambos pueblos, que desembocaron en la Vaia Angennel, la Primera Guerra contra los Enanos, y a la que siguieron muchas otras. Según los “Libros de Naumera”, los primeros tomos de las “Crónicas de Alenelte” escritos por los Nareltha, fueron los Enanos los primeros en derramar sangre humana sobre las montañas, atacando indiscriminadamente a los trabajadores en las canteras y a los transportes que llevaban la piedra a la ciudad. Sin embargo, los Enanos siempre han aducido que fueron los Nareltha los que comenzaron aquella guerra, atacando y matando a muchos de los suyos para apropiarse de canteras que ya estaban en explotación. No es posible saber hoy por hoy cuál de ellas es cierta, o si ambas tienen parte de verdad. Sin embargo, para ambos pueblos, ese fue el origen de una enemistad que se extendió entre ambas razas. Los Enanos terminaron por odiar a todos los Hombres, fuera cual fuera su origen. Y los Nareltha desconfiaron y odiaron desde entonces a todos los Enanos en la misma medida.

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