La Creación

Y primero la Vida despertó, y dijo: "He aquí el lugar donde he de crear". Y al volver el rostro observó a su hermano, la Muerte. Y él le respondió: "Pero todo lo creado ha de tener un final"

29 de enero de 2012

Las Casas de Curación de Semre’en

Recostada entre varios cadáveres amontonados, miraba sin ver aquél cuerpo irreconocible que poco antes había albergado sus manos, ahora pintadas del color de su sangre. Se pasó la mano por la cara, y el rastro se sumó al de tantos otros, formando un curioso contraste de tonalidades rojas.
No sabía cuanto tiempo llevaba allí. Había perdido la cuenta de las horas hacía ya mucho tiempo, y aunque se esforzaba por retornar a la realidad del momento, y por reunir las fuerzas necesarias para conseguir volver a la ciudad, no lo había conseguido aún, y no sabía si lo conseguiría por sí misma.
Cuervos, buitres y lobos se encontraban en esos momentos celebrando un festín a costa de los miles de cuerpos caídos. A lo lejos divisaba de vez en cuando figuras en la sombra de la noche, hombres, trentis o elfos que volvían de regreso a la ciudad. Algunos de ellos apenas conseguían arrastrarse entre los cadáveres. Y eran muchos los que caían desfallecidos, y perecían en el intento. Y es que el caos de la batalla no deseaba abandonar Semre’en.
No tenía noticia alguna de Hanié o Kranhe, pero en su interior sabía que continuaban con vida. Y precisamente por esa razón no entendía que no hubieran organizado mejor el regreso de los soldados a la ciudad, o siquiera que hubieran enviado a alguien a buscarla. Claro que tampoco estaba segura de que no hubieran corrido la misma suerte que ella, y en estos momentos se encontraran atrapados en cualquier rincón de aquél enorme desierto de carne.
Mientras su mente divagaba, pensando estas y otras muchas cosas, no prestaba atención alguna a su alrededor. Su mente se encontraba además demasiado dispersa como para pensar siquiera en un mínimo peligro que la acechara, y desde luego, sus ojos violetas estaban velados por el cansancio y el dolor que la invadían.
Fue así como sucedió lo que acabaría por culminar para ella la Batalla de Semre’en. No percibió en ningún momento el ligero sonido de un cuerpo arrastrándose tras ella subrepticiamente. No fue capaz de sentir el latir acelerado del corazón de aquél que la acechaba. Tampoco distinguió el filo de la daga que llevaba en la mano. Simplemente sintió un dolor agudo, y fue el dolor la que le hizo despertar de su letargo, moviéndose rápidamente de modo que el filo de la daga no penetrara profundamente en su cuello como era la intención de su atacante, sino que finalmente se quedara en la superficie.
Se volvió rápidamente, con los ojos relampagueantes de furia, y el hombre se detuvo en seco al mirarla a los ojos, y cayó fulminado en la inconsciencia.
Fue entonces cuando Adanha recurrió a todo su poder, y consiguió por fin levantarse del lugar donde se encontraba postrada. Su mente recorrió a toda velocidad el espacio que la separaba de aquellos que se encontraban en la ciudad atendiendo a los heridos, y transmitió una orden silenciosa que fue ejecutada con celeridad. Apenas unos instantes después, Beldë aparecía al trote atravesando el campo, pisando con brusquedad los cuerpos tendidos, vivos o muertos. Pero el hermoso y terrible animal no era consciente de diferencia alguna, y sólo respondía a la orden dada por su Señora.
Tras él, dos elfos armados acudían con presteza, sin prestar atención de aquellos que les tendían las manos al pasar a modo de súplica, ni de los que gemían pidiendo ayuda o la piedad de una muerte rápida que les arrancara para siempre el dolor.
Adanha esperó pacientemente, a pesar de que el esfuerzo de montar había sido mucho mayor de lo que esperaba, y de que apenas podía mantenerse erguida sobre el caballo. Cuando llegaron hasta ella, simplemente señaló el cuerpo de su atacante, y su voz sonó apagada, como un susurro lejano:
- Llevadlo a las Mazmorras, y procurad que siga vivo hasta que yo vaya a buscarlo. Os va la vida en ello.
Parecieron sorprenderse por un momento, pero ejecutaron la orden sin dilación. Mientras, ella partió camino de Kanar Arë, donde fue recibida por varias doncellas que corrieron a atenderla, y a alojarla en una de las habitaciones reservadas para los grandes Señores de Angh.
Y allí permanecía todavía. Recostada sobre un lecho de sábanas de hilo blanco, con la luz del sol acariciando levemente su rostro adormilado, y con los ojos cerrados ocultando la sombra del dolor que invadía todavía su cuerpo.
Sabía que tanto Hanië como Kranhe yacían en habitaciones contiguas, y que las heridas que les habían infligido eran lo suficientemente graves como para que la vida de ambos corriera serio peligro.
Había sido Danhab, la Loba, quién una vez pasado el peligro, había corrido hasta las Casas del Lamento en busca de ayuda, y ahora montaba guardia ante la puerta de la habitación de Hanië, custodiando el descanso de su ama.
En cambio Adanha había tenido que recibir varias veces a los capitanes y los custodios de la ciudad. Todos ellos parecían sentirse perdidos, y no le había quedado más remedio que organizar tanto la reconstrucción de las murallas afectadas en la batalla, como la reorganización de la defensa. Se sentía exhausta y parecía que la ciudad entera había confabulado en contra de su descanso. Sólo esperaba que pronto retornara a Semre’en algún miembro destacado del Clan, y la relevara de aquella pesada carga. Una carga que en aquellos momentos sentía que superaba con creces su capacidad.
Había tenido noticias de su atacante. Pero en este caso, era ella quien había solicitado un informe diario de la evolución del hombre. Y cada día, hacía el atardecer, un soldado se acercaba a la cabecera de la cama para leer el informe de la salud, y del estado de ánimo del hombre. Parecía finalmente que a pesar de todo aún sobrevivía, y ahora sólo quedaba esperar que la fiebre provocada por sus heridas remitiese. Pero ella sabía que si el hombre fuera consciente de dónde se encontraba, y del destino que le esperaba, se dejaría llevar por la muerte sin dudarlo un instante.
Los días pasaron. Uno tras otro se sucedían en una tediosa monotonía, y Adanha recuperaba las fuerzas gracias sobre todo al descanso, y a los ungüentos que bañaban su cuerpo. Apenas dos semanas después de aquel funesto día en que las tropas del Condado habían llegado hasta las puertas de Semre’en, consiguió por fin levantarse de la cama, a pesar de que el primer día le resultó extremadamente cansado. Pero poco a poco iba superando también ese cansancio, y aunque todavía cojeaba ligeramente, sus heridas poco a poco se estaban cerrando.
Ella misma se había aplicado un emplasto especial, y agradecía aquel tiempo que había pasado al servicio de la Diosa, pues gracias a ello su conocimiento para la curación era con mucho mayor que el de cualquiera que pisara la Erthara en aquella Edad. Y no había dudado tampoco en enseñar su saber a aquellas que atendían a los soldados heridos en Kanar Arë, ni en dedicarse ella misma a aplicarlo en sus Hermanos en la Batalla. Gracias a ello también su recuperación sería más rápida.
Al finalizar la tercera semana se deshizo de los vendajes, y se sintió por fin con fuerzas para dirigirse a La Morada del Llanto. Un vestido de terciopelo negro, con el cuello alzado, ocultaba las heridas de su cuerpo. Un cinturón de oro portaba su espada, y sobre sus cabellos, un velo de gasa negra ceñido con una tiara labrada de oro, ocultaba la herida en su sien.
Adanha agradeció la oscuridad de las mazmorras, en contraste con la luz del sol que inundaba Semre’en sin piedad alguna. Al principio, pareció enfrentarse a un silencio de muerte. Después, el sonido chirriante de gemidos se instaló en su cabeza, cada vez más agudo y penetrante. Un trentis acudió a su encuentro, postrándose entre incontenibles reverencias.
–¡Bienvenida Señora, bienvenida! –su voz, con aquel tono gutural propio de los de su raza, la desagradó profundamente, pero le siguió silenciosa, con la mirada oculta tras el velo. El trentis continuó hablando atropelladamente, y Adanha noto el nerviosismo que ocultaba tras tanta palabrería –. Nos alegra saber que se encuentra mejor la Señora. No sabe Mi Señora cómo hemos rogado a Kalata para tenerla de nuevo entre nosotros. El hombre que envió sigue aquí, y ha sido atendido como un príncipe, en comparación con el trato que han recibido otros prisioneros… –el trentis interrumpió su frase con una carcajada nerviosa –. Nos ha costado mucho trabajo conseguir que no muriera, y nos hemos preguntado a menudo para que querríais vos que continuara con vida…
Dejó la pregunta elevarse en el aire, como esperando una respuesta. Ella en cambio tardó un segundo en responder, y levantó el velo que cubría su cara. Sus ojos brillaron en la oscuridad y el trentis palideció.
–Si ahora mismo intuyera que me estás pidiendo la más mínima explicación, te estrangularía con mis propias manos. Ahórrate la cháchara, que no me interesa en absoluto, y organízalo todo. Quiero al hombre en el segundo nivel. Y lo quiero para ayer.
El trentis corrió delante de ella, tropezando con todo aquello que encontraba a su paso. Pronto lo perdió de vista.
Cuando llegó al segundo nivel, sólo vio al hombre. El trentis había desaparecido, y Adanha supuso que había sido lo bastante listo como para evitar que ella posara sus ojos nuevamente sobre su horrible rostro.
Olvidó al trentis en cuanto se detuvo frente a aquél que había intentado acabar con su vida. Debía contar unos treinta años, quizás algo más, pero nunca había sido muy buena con las cuentas en lo que a los Hijos de los Dioses se refería. Sobre todo, con aquellos que descendían de los Hombres. Sus ojos eran de un color caramelo, y su rostro se veía curtido por la guerra. Una vieja cicatriz cruzaba su mandíbula, dándole una apariencia audaz. Sus cabellos castaños caían desordenados sobre sus ojos, ocultando levemente su mirada, pero ella era consciente que la miraban fijamente, y percibía el desafío que encerraban.
Adanha se acercó al hombre despacio, y cuando estuvo a su altura, le agarró bruscamente del pelo, obligándole a alzar la cabeza y a enfrentar directamente su mirada.
–Así pues, otra vez nos encontramos, escoria –su voz era suave, y su rostro dibujaba una sonrisa siniestra.
–En otro lugar nos hubiéramos encontrado si aquel día hubiera sido más afortunado para mí, y más aciago para tu vida –la voz del hombre era cálida, aunque transmitía cansancio y dolor. Y Adanha ocultó la sorpresa ante su osadía.
–¡Cómo te atreves a hablarme siquiera, gusano brenita! –su voz se elevó entre los muros, y sintió como cada ser vivo en aquellas catacumbas se encogía de miedo –. Escúchame bien –dijo, mientras sus ojos se clavaban en el como dagas ardientes –. Jamás, nunca, en ningún momento del tiempo o del espacio, más allá de la muerte podrías encontrarte conmigo. No comparto tu miserable destino, triste mortal. Pusiste tus ojos y tus manos en algo que supera tu limitado entendimiento, y por ello simplemente deberás pagar durante lo que te quede de vida.
–No será mucho tiempo, espero –respondió él, con la voz entrecortada. Adanha sabía que escondía su miedo, y que en ese momento la muerte le parecía con mucho el mal menor.
Ella rió. Su risa, casi más terrorífica que su furia, penetró con fuerza en la mente del hombre. Le soltó con brusquedad, de modo que la cabeza del hombre golpeó con fuerza la pared de roca, provocando una gran herida abierta, para después caer hacia delante de golpe, sin fuerzas para sostenerla.
–No es la muerte lo que te espera, esclavo. Ni mucho menos. Cuando acabe contigo, suplicarás que acabe con tu desgraciada existencia, y te arrepentirás de haber seguido las órdenes de aquellos que te dejaron aquí.
El hombre calló. Ni siquiera podía imaginar como era posible que ella supiera que los capitanes de Bren Tornya le habían ordenado ocultarse entre los cadáveres, en espera del momento adecuado para atentar contra cualquiera de los Señores de Semre’en. Y ya se arrepentía de haberse ofrecido voluntario para aquella misión.
Recordaba el sol, el aire acariciando sus cabellos, mientras dejaba atrás las amadas tierras del Condado. El rostro de su esposa y sus hijos todavía no se había borrado de su mente, y se aparecían en cada momento para atormentarlo, y ahora sólo podía rogar por olvidarlos, a fin de no alargar su sufrimiento. Ahora, mientras escuchaba la amenaza de aquella que había escapado de la muerte, cobró consciencia de que nunca volvería a verlos, y el pesar lo abrumó, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Adanha sonreía, mientras observaba al hombre. Sabía perfectamente lo que sentía en su interior, y jugaría con él hasta que se cansara de aquel juego.
–Volveré –sentenció. Y después se dio la vuelta, alejándose y dejando al hombre hundido en la miseria y el dolor.


© Susana Andrea Ocariz y Sergio Sánchez Azor. (Reservados todos los derechos).

21 de enero de 2012

El sitio de Semre’en

Hacía ya casi tres días que la tierra había temblado bajo sus pies. Cerrando los ojos, se dejó llevar por el sopor en el que sentía sumido su cuerpo debido a las fuertes medicinas contra el dolor. Pero su mente estaba despierta, a pesar de que en aquél momento solamente deseara olvidar.
Recordaba el campo de batalla. Una imagen de sí misma, en medio de un campo plagado de muerte. De pie entre miles de cadáveres, mientras su sangre regaba la tierra, apoyada levemente en su espada clavada en un cuerpo inerte. El viento del anochecer agitaba suavemente su cabello, apelmazado debido a la suciedad de sangre y barro. Su rostro, teñido de un rojo oscuro, reflejaba un profundo cansancio. Una herida en la sien contrastaba como un río de un rojo vivo, frente al rojo apagado de la sangre seca, la propia y la ajena.
Pero el fuego de sus ojos, aquél que persistía a pesar de todos los embates de su cuerpo, aún no se había apagado. Su alma inmortal de Aenari, caída en el abismo del mal que la alumbraba, sólo sentía una furia incontenible. Y un odio indecible hacia ese cuerpo que apresaba su poder, y que limitaba su ser y su capacidad de destrucción.
La luz de la luna iluminó su cuerpo cuando logró asomarse apartando las nubes nocturnas. Sus ropas, destrozadas, apenas cubrían sus piernas. Descalza sobre la muerte, totalmente cubierta de sangre, recordaba la batalla que había llevado su ejército a la destrucción.
Su mente viajó en el tiempo, dejando atrás su cuerpo dolorido. Y vio nuevamente aquella batalla, que pasaría como una de las más grandes y dolorosas de toda Aranorth, pues tan grande había sido la furia y la entrega de ambos ejércitos, tan fuerte había sido la furia y la entrega de sus capitanes, que habían llevado casi a la destrucción de todos ellos.
Sobrevoló aquella mañana cubierta de una espesa niebla. Apenas podía atisbar entre ella el ejército del Condando de Bren Tornya, que había aprovechado las condiciones climáticas para acercar su ejército hasta las mismas murallas de Semre’en. Las negras torres, parecían en cambio elevarse hasta el cielo infinito, asomando entre la niebla, vigilantes y al mismo tiempo, ciegas a todo lo que se hallaba bajo ellas.
Ciegas como todos ellos, llevados por su orgullo a pensar que barrerían aquél ejército enemigo como barrerían cientos de hojas caídas en el campo. Reunidos en La Torre de Vahek, habían celebrado una reunión de urgencia para decidir cuál sería la estrategia a llevar. Pero ninguno había visto el peligro. Creyeron encontrarse a salvo. Creyeron que jamás aquél enemigo osaría cruzar los muros de una ciudad que les parecía inquebrantable. Creyeron, ciegamente, que al amanecer del siguiente día, el enemigo perecería engullido por su ambición, aquella que le había llevado a creer que los Señores de Angh rendirían Semre’en al asedio.
Pero todos se equivocaron. Adanha se maldijo a sí misma por su propia ineptitud, por su ceguera y por su orgullo, ahora tan resquebrajado como su cuerpo.
La ciudad no había caído. Semre’en se erguía, como siempre, negra y solemne sobre aquél foso de lava ardiente. Pero allá donde alcanzaba su vista ciega, todo era muerte y podredumbre.
Adanha levantó su espada, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para separarla del cuerpo en el que estaba incrustada. Llevaba tantas horas allí, que la sangre de la herida se había secado en torno a la espada, y ahora parecía un estrafalario adorno en el cuerpo inerte que la había alojado. Cuando finalmente logró sacarla, el cuerpo se movió como si alguien hubiera tirado del hilo invisible de una marioneta.
Se dio la vuelta y se encaminó a la ciudad tropezando con un cadáver tras otro, y se le hizo difícil mantener el equilibrio. A mitad de camino se sintió desfallecer, y cayó de rodillas sobre un cuerpo desfigurado, irreconocible… Ni siquiera podía percibir a cual de las numerosas razas de Erthara pertenecía. Se quedó observándolo fijamente, y luego bajó la mirada hacia sus manos, enterradas en las mismas entrañas de aquél ser. Una masa gelatinosa y sangrienta bañaba sus manos, y cuando las retiró, observó asqueada que las vísceras del ser se mantenían adheridas a ellas. Se zafó como pudo, e intentó levantarse sólo para comprobar que no le era posible. La herida de la pierna latía como si estuviera hecha de lava ardiente, y el dolor se hacía ya insoportable.
Recordaba vagamente haber dado órdenes precisas para la emboscada. Los Hombres Negros de Angh habían salido ocultos por la niebla de la noche, y habían preparado el camino del ejército de Bren Tornya. No sabían hasta que punto podrían aprovechar el factor sorpresa, pero los cuervos habían enviado noticias, y sabían que el enemigo se acercaba con cautela, aprovechando que la niebla velaba su paso.
Y mientras la explanada que se abría frente a las puertas de la ciudad permanecía desierta, también se habían preparado las defensas de la misma. Kranhe se mantenía al frente de lo que sería la primera fase de la defensa. Enormes catapultas situadas en aquellos lugares que habían considerado estratégicos, cargadas con enormes vasijas de brea hirviente. El hombre, de porte altivo, de mirada helada, se mantenía firme, mientras a su alrededor cientos de trentis nerviosos blandían sus cimitarras y golpeaban con ellas el aire, esperando con ansia la batalla.
Sobre una de las torres vigía de la muralla, Hanié se alzaba totalmente vestida de blanco, con su pálido y hermoso rostro atisbando en el viento, y sus trenzas negras elevadas en el aire. Una imagen fantasmagórica, hermosa y terrible. Bajó de la torre y paseó entre las filas de arqueros élficos que se mantenían con la mirada fija en el horizonte, intuyendo ya las primeras líneas de aquél ejército de silencio.
Tras las puertas, miles de trentis aguardaban, creando con sus voces un zumbido ensordecedor, apenas apagado por los tambores que surgían de las entrañas mismas de la ciudad, creando un clima de expectación, donde los segundos parecían alargarse en el tiempo, como si de horas se trataran.
La batalla había comenzado a la luz de un rojo amanecer cubierto de una espesa niebla. A lo lejos, el sonido de las trompetas había anunciado el inminente ataque, y Adanha simplemente había observado al enemigo, desde lo alto de los muros, mientras eran atacados por cientos de soldados camuflados, ocultos entre la espesura. Habían esperado a que la mayor parte de la comitiva pasara ante ellos, y los soldados del Condado, con la atención puesta en las puertas de Semre’en, no habían esperado este ataque. Sorprendidos, se volvieron para defender la retaguardia, al principio confusos y desorientados.
Pero la confusión no duró mucho tiempo. Las órdenes de Faerloss fueron precisas, y mientras la retaguardia era obligada a contener la primera embestida, prepararon las catapultas para el ataque a la ciudad. Enormes vasijas ardientes volaron hacia ella, estallando estrepitosamente y llenando el aire de fuego y destrucción. Cientos de hombres y orcos corrieron de un lado a otro, envueltos en llamas, y sus gritos quedaron apagados en el estruendo.
Kranhe a su vez dio por fin la orden de contraatacar. Soltaron las cuerdas que retenían el letal contenido, y el cielo volvió a arder para estallar después entre las filas del ejército atacante. Hanië puso fin al dolor de muchos de ellos, que convertidos en teas ardientes, eran abatidos por las certeras flechas de sus elfos. Pero no eran aquellos condenados al dolor del fuego hirviente su objetivo principal, sino aquellos que todavía serían capaces de blandir un arma.
El caos tras la ciudad, el caos en el ejército del Condado. Ruina y dolor, y un inmenso sentimiento de ira que prendió en el corazón de todos ellos. Las puertas de Semre’en emitieron un sonido resquebrajado, y se abrieron lentamente, y de ellas salieron cientos de trentis ávidos de sangre. Los primeros fueron abatidos por flechas, pero la riada parecía incontenible. Por cada uno de ellos que caía, parecía que salían decenas en su lugar.
Pero el ejército de Bren Tornya no era fácil de rendir, ni aún en aquellas condiciones adversas. Aún cuando ahora se hallaba en situación de defensa, atacó con furia y el ejército de trentis se vio obligado a ceder terreno, replegándose poco a poco hacia la ciudad. Y todavía guardaba entre sus filas una sorpresa escondida que no parecían haber tenido en cuenta.
Hanië y Kranhe salieron de la ciudad, y trataron con firmeza de contener el ataque. Kranhe cercenaba miembros mientras blandía su hacha teñida ya de sangre. Su armadura de plata relucía con tonos rojizos, mientras la sangre descendía por ella. Y sólo la furia de sus ojos negros detenía a aquellos que se arriesgaban a enfrentarlo.
Mientras tanto, Hanië deslizaba su espada en el vientre de un hombre, que observaba cómo la espada negra brillaba regocijada ante la sangre que le servía de alimento. A su lado, aquella que defendía a su ama por sobre todas las cosas, tiraba del intestino de un elfo que parecía detenido en el tiempo, con su espada aún en el aire, los ojos abiertos observando como su cuerpo se deshacía entre las fauces de la bestia, y tras el velo de dolor e incredulidad, la conciencia de que ya estaba muerto.
Pero pronto todo ello carecería de sentido. El suelo tembló, y todos volvieron la vista al frente. Por un momento el ejército del Condado pareció callar, mientras abría paso al enorme ser que avanzaba hacia las puertas de la ciudad.
- Un Nihte de fuego… - musitó Kranhe, mientras Hanié a su lado parecía considerar que la situación volvía a cambiar en su contra.
Y mientras observaban cómo el Gran Dragón se acercaba hasta ellos, los soldados de Bren Tornya reaccionaron, tomándolos por sorpresa. No tuvieron tiempo apenas de defenderse, pues fueron atacados por varios enemigos a la vez. El costado de Hanië quedó teñido de su propia sangre, mientras la espada que la había herido quedaba incrustada en su vientre. Kranhe fue acuchillado varias veces por la espalda, y cayó de bruces, intentando en vano levantarse y defender su vida. Fue Danhab quien, llevada por su furia animal, consiguió salvar la vida ambos. Y montó guardia sobre sus cuerpos hasta el final de la batalla, destrozando a cualquiera que osara siquiera intentar acercarse.
Adanha cruzó las puertas. El rumor había llegado hasta ella, y ahora sabía qué era exactamente lo que tanto había temido de este ataque. Pues de todas las criaturas que habitaban Erthara, aquellos Primeros Hijos de Rion, convertidos en Dragones de Fuego, eran de los pocos que se le podrían igualar en la batalla.
Vestida de blanco y plata, su cuerpo parecía brillar mientras caminaba descalza entre los cientos de cadáveres que custodiaban con su muerte las puertas, y salió al encuentro de aquél que parecía esperarla. Pocos se atrevieron a intentar detener su avance. Y ninguno de ellos pudo volver a levantarse.
Y entonces sucedió. Y de entre todas las batallas de Aranorth, pocos podrían llegar a narrar aquella que enfrentó a dos de los más formidables seres jamás creados por Eda. El cielo se cubrió de nubes negras, y el fuego de Agnarë amenazó con desbordarse sobre ellos, arrasándolo todo a su paso.
Pues sucedió que la cola del Dragón restalló con fuerza, envolviendo el cuerpo de Adanha entre llamas y sangre, y ella la asió con fuerza, y la cortó desde la base con su espada. Pero su cuerpo no se consumía, pues en su espíritu estaba el Fuego de las Estrellas. Y el Dragón, confuso, atacó nuevamente con la espada de fuego que portaba. Y ella alzó a Aldil frente a ella, y la espada de Ishanna brilló entre ellos, consagrada a esta batalla desde el principio de los tiempos.
Y así continuaron, mientras el mundo parecía haberse detenido a su alrededor. El ejército del Bren Tornya dudó, pues si bien habían confiado en la presencia de su capitán Dragón para destruir Semre’en, ahora tomaban conciencia de que también tras las murallas se escondían seres poderosos capaces de contener su embestida.
Faerloss, herida también en la batalla, ordenó que las trompetas anunciaran la retirada. El ejército de Semre’en comenzó también a replegarse, mientras los últimos combates se libraban en la llanura.
Y Adanha y el Dragón, ajenos a todo, heridos el uno por el otro una y otra vez, median sus fuerzas, mientras sus ojos alumbraban la retirada. Aldil parecía hundirse cada vez más en la carne oculta tras el fuego de él, y a su vez, la espada del Dragón se clavó en ella haciendo arder su cuerpo desde dentro.
Finalmente ambos, heridos, se miraron el uno al otro conscientes de que sólo con la muerte de ambos concluiría aquella batalla. El Dragón, profundamente herido, se alejó renqueando siguiendo a los suyos. Adanha en cambio, permaneció en pie apenas, y clavó su espada en un cuerpo que yacía a sus pies, para que le sirviera de apoyo.
Y mientras observaba alejarse a su enemigo, los minutos volvieron a convertirse en horas. Y las horas, simplemente, llevaron hasta un anochecer lleno de dolor.

© Susana Andrea Ocariz y Sergio Sánchez Azor. (Reservados todos los derechos).

15 de enero de 2012

La Puerta Bendita (Parte II)

La Puerta Bendita. Parte 2.

© Susana Ocariz y Sergio Sánchez Azor. (Reservados todos los derechos).

El tiempo apremiaba. La Puerta Bendita había sido atacada. Darlak dejó la espada en la mesa de nuevo y buscó una vaina para colocarla. Después de equiparse, se dirigió de nuevo a la casa. Sin embargo, la anciana no estaba allí. Tampoco había signos de que Caragan o su esposa hubieran regresado así que, sin perder más tiempo, abandonó la casa. Fue cuando comprobó que su caballo ya no estaba allí.

En el exterior, se encontró con una aglomeración de fuego, casas derruidas y una gran exaltación. La gente corría mientras el ejército invasor arrasaba lo que encontraba a su paso. Pudo comprobar, a lo lejos, que los soldados que custodiaban la torre se organizaban para la defensa. Una lluvia de flechas cayó cerca de Darlak, que cayó en la cuenta que no había tomado ningún escudo para protegerse. Divisó una tabla de madera al lado suyo y la cogió para protegerse de las flechas que estaban cayendo en ese momento. Escudándose con la tabla, intentó huir.

Varios trasgos se opusieron en su camino y tuvo que hacerles frente. La espada silbó en la distancia. Los golpes fueron certeros, seguros y rápidos y los trasgos cayeron a sus pies. Con el ánimo ascendiendo a medida de que se hallaba inmerso en la guerra, Darlak saboreó la sensación de haber sesgado la vida de aquellas tres asquerosas bestias.

De repente, un grupo de hombres se dirigió hacia él. Los hombres lo rodearon y le apuntaron con las lanzas. Vieron sus ropas y comprendieron inmediatamente que no era de allí.

—¿Quién eres tú? – inquirió el que parecía ser el jefe. Un hombre con rostro tostado y mirada de pocos amigos.

—Darlak Marbail. A su servicio, señores —informó sonriendo, como quien encuentra unos compañeros para pasar la ir a tomar una pinta a la taberna.

—Uno de esos asquerosos caballeros de la Alianza. —El que hablaba era el de mayor rango. Sus oscuras ropas, con líneas plateadas, diferentes a los de los demás, así lo indicaba—. Éste lugar nos pertenece ahora.

—Es una manera poco noble de conseguir unas tierras —replicó Darlak, consciente de que se estaba jugando la vida. 

—¿Cómo osas hablar así al general? — preguntó otro hombre situado a la derecha del jefe de aquella cuadrilla. 

—¿No creéis que es normal que no responda con educación a mi oyente cuando él ni siquiera se ha presentado y yo lo he hecho gentilmente? Si sé algo de buenos modales, creo que uno debe presentarse primero.

—Veo que te gusta provocar.

—Un gusano engreído como él merece la muerte, Artan. —El soldado situado a su derecha empezó a lanzar una serie de insultos para ridiculizar a Darlak mientras reía. Sus compañeros lo secundaron en las carcajadas

Poco a poco, las risas fueron subiendo de volumen, así como el mal gusto de los insultos hacia Darlak. Éste se limitaba a mirar con diversión contenida.

—Ya basta — ordenó Artan—. La suerte de este sujeto la decidiré yo. Pero antes…—casi dejó escapar las palabras, dirigiéndose ahora a Darlak— si tu deseo es que me presente, entonces me presentaré. Mi nombre es el Artan Horoul, general de las tropas del duque Bolged. Creo que habrás oído hablar de él.

—Bienvenido seáis a estas tierras. —Darlak arqueó las cejas al tiempo que sonreía a Artan. Sí que había escuchado hablar del Duque Bolged. Según tenía entendido, una serie de desavenencias con el rey de la ciudad de Nalais, había provocado que el duque Bolged hubiera sido acusado de traidor a Kelthist y expulsado de las tierras de la Alianza varios años atrás.  Al parecer, se había abastecido en el extranjero de un gran ejército para su venganza, quizás ayudado por los bárbaros del norte o de los Señores de Angh, al este—. Sin embargo, creo que no necesitáis más guerreros, así que si fuerais tan amables me gustaría marcharme, tengo muchos asuntos que resolver y el tiempo apremia.

Artan empezó a reír, sus carcajadas eran tan sonoras que se levantaron por encima de los pocos gritos que quedaban. De repente, y mientras el general invasor seguía riendo, una lluvia de flechas empezaron a caer sobre ellos y el soldado situado a la derecha de Artan cayó víctima de una de ellas. Viendo a su soldado muerto a su derecha, Artan hizo sonar un cuerno de guerra para llamar al resto de sus hombres desperdigados por la villa. 

Los arqueros estaban resguardados tras una masa de árboles cercana por lo que Artan y sus hombres se afanaron en combatir a los recién llegados. Se dirigieron hacia el bosque mientras la lluvia de flechas seguía cayendo sobre ellos. Envalentonados, pecaron de imprudentes poniéndose al alcance de los arqueros; varios de los hombre de Artan fueron víctima de las flechas. Entre tanto, el resto de sus hombres llegó desde el otro extremo del pueblo para ayudar a su general. Traían con ellos antorchas de fuego. 

Darlak había aprovechado la confusión creada para huir de sus agresores. Pero se percató tarde de una presencia que había tras suya. Ladeó la cabeza hacia atrás y se encontró con un rostro rechoncho, de ojos negros y piel clara.

—¡Me alegra saber qué estas vivo, Darlak! —exclamó el recién llegado con una sonrisa de oreja a oreja el recién llegado. Se trataba de Caragan, que además de guerrero, era caballero—. He organizado un ejército para defendernos del ataque de los intrusos. Veo que llevas tu magnifica espada. Sin duda fue un honor para mí forjarla de nuevo. Pero no sé como Bettie supo dar con ella entre tanto enredo que tengo en la herrería. Disculpa que no estuviera en casa pero ya sabes que este ataque nos ha pillado a todos de sorpresa.

—Bettie no estaba en casa, me recibió tu abuela.

El rostro de Caragan se transformó con un gesto de sorpresa

—¿Mi abuela? Yo no tengo abuela.

—Entonces, ¿quién era la anciana que había en tu casa?

Antes de que pudiera responder, un sonido los alertó de improviso. Volvieron la cabeza y entre la maleza apareció un caballo blanco, de elegante porte y grácil aspecto. El freno y las bridas también aportaban ese halo de elegancia al caballo que le confería una esencia atrayente. Un caballero cabalgaba a los lomos de semejante corcel, una figura vestida con una capucha que dejaba escapar unos cabellos dorados. El jinete paró a pocos metros de donde estaban ellos y entonces Darlak pudo ver el preocupado rostro del recién llegado. Unos ojos miel le miraron durante un instante y el caballero comprobó que se trataba de una mujer. Caragan se acercó a ella y la ayudó a bajar. Las lágrimas aún surcaban el terso rostro de la muchacha.

—¿Qué ocurre, Dama Eleil?

—La llegada de refuerzos enemigos ha mermado a nuestro ejército. Estamos luchando con todas nuestras fuerzas pero… —La mujer se abrazó al herrero mientras intentaba vencer la desesperación para poder relatar lo sucedido—. Él ha combatido como un héroe. Él lo ha querido así.

—No entiendo lo que ha pasado. ¿Dónde está Liarot? —preguntó Caragan, temiendo la respuesta de la joven.

—Liarot pidió encargarse personalmente del general de las tropas enemigas. Ha sido asesinado—. Eleil les contó que las cosas se estaban poniendo muy mal. El ejército enemigo era mucho más numeroso y las fuerzas defensoras habían perdido un gran número de sus hombres. Los árboles ardían y eso había producido que varios de los arqueros subidos a los árboles hubieran sucumbido con el fuego. Liarot, el jefe de los arqueros y amante de la Dama Eleil por lo que supo después, había sido muerto por Artan—. Creo que no vamos a poder recuperar la torre. La batalla está perdida.  

—No, no debemos ceder. —Caragan aún quería seguir luchando hasta que no pudieran más.

—No contamos con la suficiente fuerza como para hacerles frente. Creo que no hay nada que hacer. La Puerta ha caído —dijo Eleil en un tono de desesperación—. Creo que ya no podemos hacer nada por estas tierras al menos por ahora. Liarot me ha pedido antes de morir que avise a Nalais y a Tylevost, porque serán los próximos objetivos.  

—Está bien —asintió Caragan—. Avisaremos a las ciudades principales de la Alianza para que procedan a la preparación de la defensa de la misma. Darlak, ¿puedes viajar a Nalais a avisar a su rey?

—Sólo hay un pequeño problema, he perdido mi caballo en medio de la confusión del ataque.

—Yo te llevaré, mi caballo es lo suficiente veloz como para llegar cuanto antes a Nalais— informó Eleil—. Partiremos inmediatamente. Sube, caballero.

La mujer saltó a la grupa del caballo y, después de despedirse de Caragan, Darlak hizo lo mismo. El blanco corcel, sacudiendo la cola, dio un brinco y empezó a galopar, hacia el sur, como si del viento se tratase. En ese mismo momento, como producto de una ensoñación, Darlak escuchó una melodiosa voz. Eleil estaba cantando. Su voz era preciosa y se propagaba haciendo frente al cortante viento.


10 de enero de 2012

La Puerta Bendita (Parte I)


¡Saludos Viajeros! Como lo prometido es deuda hoy os traemos la primera parte del relato de una de las batallas ocurridas en las vastas tierras de la Alianza de Kelthist en una época en la que el sur de Aranorth hervía en conflictos entre naciones y en guerras. Cómo os dijimos, en el margen derecho, dónde pone "Espadas y Equilbrio" estamos poniendo los links de los distintos relatos que narran acontecimientos de otros rincones de Erthara. ¡Esperamos que os guste!





La Puerta Bendita. Parte I.


Enormes extensiones de terreno ardían con un fuego tal que confundía los sentidos. El cielo se oscurecía por momentos y la cúpula celeste ensombrecida helaba los corazones de aquéllos que se atrevían a contemplarla. Casi todos los campos de uno de los más importantes enclaves de la región de Kelthist estaba doloridos al ver la desgracia campando a sus anchas. Envuelta en llamas resultaba el último bastión, la última porción de terreno que servía de protección a las ciudades de la Alianza de Kelthist, el Cáliz de Plata.
La Puerta Bendita era un enclave natural que servía de defensa contra los norteños bárbaros de Kotow, enemigos naturales de los hombres de Kelthist. Bajo la protección de las Colinas de Hierro, aquel paso encallado entre un acusado desfiladero, ocultaba en su profundidad una torre milenaria. Desde que Arain el Bendito llegara a aquellas tierras portando el cáliz que guardaba la sangre del último gran dragón, aquel lugar sirvió de defensa para los custodios de aquella reliquia. Protegida por ella, había sido construida una pequeña torre al mismo tiempo que una aldea había surgido en torno a ella. Pero aquel día, la Puerta Bendita, ardía. 

Todo había empezado días atrás…

Darlak se despertó cuando unos cálidos rayos, los primeros del nuevo día, le acariciaron la piel; se incorporó con movimientos dolorosos. Había pasado la noche durmiendo con una mala postura y tenía todos los músculos agarrotados. Bajó de la incómoda cama torpemente y se puso de pie aún desorientado sin saber dónde estaba. Cuando reconoció el lugar donde había dormido, la habitación de una descuidada posada, comenzó a estirarse, deleitándose con la imagen que ofrecía la ventana de la habitación desde la que se veía una pequeña estela de sol asomando tímidamente en un cielo que, durante horas, había estado arrojando lluvia.
Un jubiloso destello de luces y colores se mostraba para ojos selectos sobre las hojas de los árboles, producido por las gotas de lluvia residuales mezcladas con la luz de los primeros rayos de sol. Darlak no pudo más que deleitarse.
Pasados unos minutos recuperó la movilidad de sus miembros. Se vistió rápidamente y salió de su habitación para después descender la escalera que conducía al piso de abajo. Allí se encontró con el posadero, que al parecer le esperaba.
—¿Has dormido bien? —El viejo posadero le miraba con ojos impacientes mientras frotaba sus manos en una grasienta tela. Después de ello, metió la mano derecha en el bolsillo del pantalón y sacó un trozo de papel. —Caragan ha enviado con un mozo esta nota. Dice que es urgente.
La carta estaba escrita con una letra pulcra y cuidada para provenir de un herrero. En la nota le avisaba de que la tarea que Darlak le había encargado había sido realizada. Se trataba de la espada que le había encargado que arreglara.
El joven tomó una magnífica pinta porque sabía que posiblemente pasaría mucho tiempo antes de que volviera a disfrutar de una cerveza tan exquisita. Acto seguido, y después de entregar las monedas correspondientes para saldar la deuda contraída por la pinta, abandonó el lugar.
Cuando salió a las afueras de la posada parecía no haber nadie por las calles. Darlak subió a su caballo y descendió la calle empedrada que conducía a la casa del herrero. Al cabo de un rato, atisbó la pequeña herrería junto a una casa que contaba ya con muchos años. Bajó del caballo y continuó caminando hacia una puerta de madera, la cual golpeó.
Tras unos segundos, oyó un ruido y vio que la puerta se abría.
—Pasa, Caballero Marbail
El recién llegado entró en la vieja casa del herrero haciendo caso a la voz desgastada, que por cierto le resultaba extraña. Empujó la puerta y ésta se cerró tras él. Al fondo de la estancia había una vieja anciana esperaba su llegada apoyada en su viejo bastón. Por un momento, Darlak se quedó perplejo; no conocía a la anciana. Pensó que sería una cliente de Caragan y éste posiblemente estuviera en la herrería, situada justo al lado y a la cual se accedía desde el interior de la casa. Caragan era un tipo muy hospitalario y tenía la costumbre de invitar a un refrigerio a todos sus clientes.
La anciana, una mujer canosa y menuda, con ojos brillantes y saltones, empezó a reír de una manera jocosa al ver la incredulidad en los ojos del recién llegado. Tras unos minutos, habló:
—Mi nieto ha tenido que salir muy temprano a comprar materiales para la herrería. Y Bettie, su esposa, está comprando en el mercado. Caragan me ha pedido que te reciba mientras regresa.
La anciana entonces cambió la expresión de su rostro y, en sus ojos antes inocentemente brillantes, una pícara frialdad asaltó la chispeante vejez de aquella mujer.
—Estamos solos tú y yo.
El tiempo pareció entonces detenerse, cual carruaje que ha estado a punto de atropellar a un inocente cuya vida es aún valiosa, como las nubes cuando dejan de llorar lluvia. Darlak se sintió cohibido por la presencia de aquella anciana mujer.
—Caballero Marbail, perdona mi mala educación. Los años hacen olvidar los buenos modales, al menos en mí. —Acto seguido se dirigió hacia una esquina donde había una silla y le indicó al recién llegado que se sentara.
Darlak dudó.
—No tengas miedo. Son muchos los años que cargo a mi espalda como para qué te pueda hacer algún tipo de daño.
Finalmente se sentó en la silla mientras que la anciana permanecía de pie, apoyada en el bastón y mirándole fijamente.
—Habéis sido nombrado recientemente miembro de la Orden de los Caballeros de Kelthist, ¿qué se siente?
Darlak la miró perplejo, ¿cómo sabía aquella anciana que hacía poco que había sido ordenado Caballero? ¿Tan rápido corrían las noticias entre las tierras verdes de la Alianza?
—Yo sé muchas cosas, vaya si no. —La vieja anciana parecía haberle leído el pensamiento. Volvió a lanzar unas suaves carcajadas hasta que la tos pudo con el débil cuerpo de la mujer. Una vez se le hubo pasado, continuó—.Pasan cosas insólitas en esta tierra últimamente y más cosas han de suceder aún..
—Sin duda, me dejas sorprendido. ¿Eres algún tipo de hechicera o visionaria?
—Algo parecido. Son muchos los años que cargo a mi espalda como para haber aprendido muchas habilidades. He visto tantas cosas en mi vida que se me podría considerar una visionaria, jovencito. Sin embargo, veo más cosas que desconoces. La guerra vuelve a estas tierras, la sangre será vertida. —La anciana rió otra vez, mientras sus carcajadas contribuían a incrementar el enfado del otro—. No te preocupes, la guerra llegará primero a la Puerta Bendita.
En ese momento y sin previo aviso, desde el exterior de la casa, llegaron unos gritos que sobresaltaron a Darlak.
¡¡FUEGO!!¡¡AYUDA!! ¡¡FUEGO!!
Como si la silla le quemara, Darlak se levantó y se dirigió hacia la puerta que conducía a la herrería. Entró en una estancia amplia y ordenada, debidamente compartimentada para cada uno de los trabajos que Caragan hacía. Hizo una mirada general de la misma con el fin de ubicarse y ver dónde empezar a buscar. No halló su espada por ningún sitio.
Estuvo buscando un buen rato hasta que finalmente se dio por vencido y decidió que cogería una espada cualquiera de las que Caragan tenía por allí. De repente, su vista se topó con algo que brillaba incandescentemente como si estuviera ansioso porque él posara su mirada en ella. Y la vio. Un arma oscura, cuya hoja negra resplandecía iluminando la oscura estancia. La espada que había comprado por unos pocos escudos de plata a un traficante de armas.  
Darlak se acercó a la espada y la tomó. Desconocía su procedencia, aunque el traficante le había había narrado un extraño y oscuro relato sobre su anterior dueño. Pero ello a Darlak no le había importado, necesitaba una espada para su nueva labor en la Orden. 
La alzó. Era una espada pesada y fuerte pero fácil de manejar. La hoja emitió un brillo opaco, lejano y cercano al mismo tiempo. Durante unos instantes, Darlak no pensó en nada más.

© Susana Andrea Ocariz y Sergio Sánchez Azor. (Reservados todos los derechos).

6 de enero de 2012

Nuevo diseño para el día de Reyes

¡Saludos Viajeros!

Hace año y medio que Erthara nació. No obstante, algunos de los pueblos y los personajes que habitan o han habitado este mundo, llevan muchos más años en nuestra  mente. Parece que fue ayer, no obstante, que decidimos embarcarnos en esta aventura, no sin muchas dudas y cavilaciones. Hoy no hay dudas, hoy hay ilusión, ganas y perseverancia.

En el día de Reyes, os invitamos a compartir con nosotros el nuevo traje que le hemos regalado a Erthara. ¡Sí, se ha portado tan bien este año que se lo merecía! Cómo veréis, al entrar aquí, hemos cambiado el diseño y hemos añadido una nueva imagen para la cabecera. Las Espadas de Eda titula arriba, es la primera historia que ha sido dada a conocer y, cuyo primer libro será Sangre de Hermanos. Pero, como ponemos justo debajo, “descubre las Historias de Erthara”, no es la única. Los anales de Erthara datan una historia escrita de más de dos decenas de miles de años (aunque Erthara surgió del pensamiento de Eda y Ades muchos millones de años atrás). En tantos miles de años que están documentados en mayor o menor medida, han pasado tantas historias, se han erigido tantas ciudades y reinos que luego han sucumbido, han nacido y muerto tantos habitantes..que vamos a necesitar muchísimas vidas para contarlas todas o muchísima ayuda!. Y, eso que os estamos contando historias que han transcurrido en el continente más oriental, Aranorth. Pero no es el único continente de Erthara.

Por el momento, ambos seguimos trabajando en narra la historia de Las Espadas de Eda. A la misma vez, y a modo relatos, os daremos a conocer otras historias que han ocurrido alguna vez en el resto de Aranorth. Relatos que englobamos en la sección “Espadas y Equilibrio”. Así podéis conocer un poco más de los otros pueblos y reinos del continente. En la cronología hemos datado los relatos ya publicados de la batalla y conquista de Ávaram en el año 1012 de las Eras de los Metales (os recordamos que Sangre de Hermanos transcurre el año 3503 de las Eras de los Metales). En las próximas entradas, ya os adelantamos, que conoceremos otra batalla transcurrida un poco más al oeste, en las tierras de la Alianza de Kelthist.
 
Por último, no podemos sino agradecer el regalo que nos habéis hecho en este día de reyes, el seguirnos en este blog y en Facebook. Más de dos mil visitas y casi 100 fans en la página de Facebook. No tenemos palabras para agradeceroslo. Aquí estamos para lo que necesitéis. Eso sí, decidnos que os parece el nuevo diseño. 

¡Salve vuestro camino! Seguid disfrutando del día de reyes.

4 de enero de 2012

Relatos atemporales: El Sitio de Eithel Sirion

"El Sitio de Eithel Sirion"

Fingolfin el Valiente ha caído. Ni siquiera cuando llegó la Llama nos sobrecogió un pesar mayor que entonces, cuando las águilas trajeron las tristes noticias a Hisílomë. Así la llamó él un día, cuando el cuerno poderoso resonó al levantarse el Sol por vez primera sobre la tierra. Ahora esa niebla invade nuestra esperanza día a día, con una oscuridad que ni los rayos de ella consiguen vencer.

La llamamos la Dagor Bragollach porque las llamas que arrasaron la tierra llegaron de improviso. Muchos cayeron entonces, sin opción alguna a defender sus vidas. Los huesos quemados quedaron esparcidos por Ard-galen. Pero ése fue sólo el primero de los muchos pesares que llegarían después.

Esa batalla concluyó hará algunos años. Aunque para nosotros parece no tener fin. La tierra ha cambiado tanto desde entonces... Pero todavía luchamos por ella. Y por nuestras vidas. Sin esperanza alguna. Pero sin tregua tampoco.

Las lágrimas se han agotado en mis ojos. Tantas he derramado que no se si podré volver a llorar alguna vez... Angrod y Aegnor cayeron primero, junto con tantos de su pueblo... Y lloré. Hador Lórindol poco después. Y también lloré por él. Pero cuando la destrucción de nuestro mundo fue un hecho, Fingolfin cayó. Primero en la locura, y después en la muerte. Incontables son desde entonces las lágrimas que todos nosotros hemos derramado por él.

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A la luz de las estrellas las tierras que se extienden más allá de la fortaleza de Ered Wethrin parecen todavía hermosas como antaño. Pero todos sabemos que apenas salga el sol se alzará ante nosotros un mundo gris, infestado de peligros.

Hoy es el día que no me arrepiento de no haber cruzado las montañas para llegar al Reino Escondido. Estoy aquí, luchando día a día, enfrentando al Enemigo y disputándole cada palmo de tierra baldía que se extiende entre nosotros. Intentando al menos que esta victoria que ha conseguido le sea un poco amarga.

-         Señora, Elaitaron desea veros en cuanto os sea posible.

Nadie me dice qué debo hacer. Fingon hace tiempo que ha desistido de alejarme del campo de batalla. O de lo que queda de él. Al principio apenas contaban conmigo, pero poco a poco he conseguido hacerme respetar entre los restos de esta compañía. Ahora incluso parece que me escuchan.

-         Iré en seguida, Ularil.

Nos escondemos del Enemigo y eso hacer hervir la sangre en mis venas. Las cuevas secretas que se adentran en las Ered Wethrin nos sirven de escondite. Al norte, Dor-lómin, y más allá, Hithlum, han sobrevivido al castigo del Enemigo. Pero las noticias de la caída de Minas Tirith han terminado por hundir la moral de la compañía. ¿Qué esperanza queda para nosotros? ¿De qué sirve prolongar esta batalla cuando quizás no tengamos siquiera un hogar al que regresar?

Elaitaron es un Elfo de la casa de Finarfin. Llegó a Dor-lómin hará ahora cuatro años, después de que las últimas huestes de su casa fueran expulsadas de Dorthonion. Desde entonces no ha dejado de luchar. Ni él ni muchos otros como él.

Son pocas las pertenencias que hemos conseguido reunir en estas cuevas que ahora son nuestro hogar. Y no durarán mucho si nos descubren. Elaitaron me espera sentado tras una mesa baja, y yo me siento frente a él sin recurrir a saludos formales. Hace ya mucho tiempo que nos conocemos. Hace mucho tiempo que nuestras espadas luchan juntas.

-         No voy a andarme con rodeos, Anariel. Han llegado mensajeros desde Dor-lómin, y el Rey ha ordenado que marches a Eithel Sirion de inmediato.

-         Deberías saber que no acepto bien las órdenes. Y Fingon debería saberlo también.

Suspira. Sabe tan bien como yo que deberá recurrir a todo su poder de persuasión para que yo acepte esa orden. Y sabe que no se lo voy a poner fácil.

-         No te está alejando del campo de batalla, Anariel. Lo sabes. Vayas donde vayas ésta batalla irá contigo. Con todos nosotros. No hay forma de alejarse de ella...

-         Mi lugar ésta aquí, con vosotros. No me voy a convertir en una doncella que languidece encerrada en una habitación, con Galdor como niñera. Si esa fuera mi intención hubiera permanecido con Turgon, que al menos es de mi propio linaje.

-         Tu lugar ya no está entre nosotros. No desobedeceré al Rey en esto. Bastante tiempo he pasado mediando entre vosotros, y aunque te estimo, no puedo hacer más por ti.

Mi cuerpo comienza a temblar, pero no siento frío. Sus palabras son como una sentencia para mí. Nada de lo que yo diga le hará cambiar de opinión, y Fingon finalmente conseguirá lo que quiere.

-         El Rey te quiere, Anariel. Tú lo sabes. Eres para él una hermana más cercana de lo que fue siquiera Aredhel. Sólo desea protegerte...

Me levanto de golpe ante sus palabras, y mis ojos brillan como fuego, ante su mirada atónita.

-         ¿Protegerme? ¿Acaso en algún momento he pedido yo protección alguna? Éste mensaje podéis entregarle al Rey, si es que todavía hay mensajeros capaces de llegar a Dor-lómin. Marcharé de inmediato a Eithel Sirion, y pondré mi vida al servicio de Galdor el Alto. Pues no habrá muro que me retenga, ni prisión lo suficientemente sombría o hermosa que me aleje del campo de batalla. Y puedes decirle también que iré en primera línea de cada compañía que se enfrente al enemigo.

-         ¡No seas insensata! – responde él, levantándose y golpeando la mesa con ambas manos.

-         No lo soy – la luz se apaga en mis ojos, y apenan quedan brasas del fuego anterior – Pero no cederé en esto. Y si Fingon me quiere, como dices, finalmente entenderá.

Me alejo unos pasos, y el aire frío que sopla en el exterior de la cueva golpea mi rostro.

-         Prepararé una escolta que te guíe hasta Eithel Sirion... – le oigo decir tras de mí.

-         Supongo que Fingon ha aprendido la lección... y no querrá que me aleje sola – respondo con una sonrisa sesgada. No hay forma de escapar, y con resignación, me alejo de allí para preparar mi marcha.

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Las puertas se abrieron lo justo para que mi pequeña guardia entrara en la ciudad. Después se cerraron detrás de nosotros con un gran estruendo. La fortaleza se encuentra silenciosa, y son pocos los ojos que nos miran mientras avanzamos sobre el empedrado del camino. Todos están cansados. El asedio continúo que soportan ha durado demasiado, y muchos lo han perdido todo. Al menos todo lo que amaban.

Galdor me espera en la Sala de la Guardia. Su hijo Húrin le acompaña, y mientras me acerco hasta ellos observo como analizan detenidamente un mapa. Cómo han cambiado los mapas desde la Llama Súbita. Los ejércitos de Morgoth lo invaden todo ahora, y apenas conseguimos resistir su empuje.

Nos dio un descanso. Un leve tiempo en el que pudimos reorganizar nuestras fuerzas. Quizás nos lamentamos demasiado de las pérdidas, y no trabajamos lo suficiente. Ahora ha vuelto a la carga. Han sido casi tres años de esa falsa paz. Pero no ha sido suficiente.

-         Los ejércitos de Morgoth se acercan, Mi Señora. Y no alcanzo a comprender con qué motivo os envía el Rey. Pero sed bienvenida a Eithel Sirion.

-         Os agradezco vuestras palabras, Señor. Y no puedo ayudaros, pues ni siquiera yo conozco los designios del Rey. Hasta hace tres noches pensaba que seguiría en Ered Wethrin, luchando hasta morir si era lo suficientemente afortunada...

-         Un gran pesar sería en verdad, que vuestra belleza y vuestro espíritu se perdieran para nosotros. Pero si deseáis luchar, o si anheláis la muerte, puede que ésta no se encuentre muy lejos.

Toda mi esperanza regresó a mi corazón de golpe. Fingon no me había traicionado, como yo pensaba. Quizás él se encontraba tan desesperado como yo... Quizás comprendía que la muerte era lo único que nos esperaba a todos nosotros, tarde o temprano.

-         Nuevamente he de daros las gracias, Mi Señor. Mas no se si es anhelo de muerte, o quizás la certeza de que ésta nos dará caza a todos, más pronto que tarde. Anhelo mi propio destino, y ese destino esta cubierto por la Sombra – el asiente levemente ante mis palabras. No puede darme esperanza alguna, y lo sabe – Decidme entonces, Mi Señor. ¿Qué tarea me encomendáis?

-         He aquí a mi hijo Húrin. Él os guiará a través de la fortaleza, y os indicará vuestro alojamiento y vuestra compañía – respondió.

-         Como ordenéis, Mi Señor – incliné mi cabeza levemente, y salí de la estancia siguiendo al Hombre de rubios cabellos.

Nunca antes había estado en esta fortaleza. Y la última vez que visité Dor-lómin, Fingolfin y Hador todavía se contaban entre nosotros. Hubo una gran fiesta. Risas. Alegría. Ahora todos esos recuerdos se confunden en una niebla más profunda que la de Hisílomë, y no distingo la realidad de la fantasía.

-         Os mostráis muy silenciosa, Mi Señora – Húrin me mira con unos profundos ojos grises. A pesar de su juventud siento en él una extraña sabiduría. Ha llegado a mis oídos la extraña aventura de los descendientes de Hador, y siento una especial curiosidad por ella.

-         Lo siento – respondo, tras tomar aire suavemente – Quizás es que siento que el tiempo de la cortesía y la charla ha quedado en el pasado. Pero con vos quería hablar sobre todo. Sólo que lo había olvidado.

-         ¿Y qué puede desear de mí una doncella como Vos?

-         Sólo una respuesta. Que sin embargo calmará en mi corazón muchas dudas. Y aunque sé que os está prohibido dármela, vuestros ojos me dirán a pesar de vuestros labios lo que quiero saber.

Me mira fijamente, y sabe lo que le voy a preguntar. Está preparando su escudo, pero no sabe que puedo mirar en el fondo de su corazón.

-         Decidme, Húrin. ¿Es tan hermosa como prometió Turgon que sería?

-         Mi Señora... – él no esperaba ésta pregunta. Quizás sí otra parecida. Pero no ésta. Sus ojos muestran verdadera sorpresa, pero también parecen mirar hacia un recuerdo – Vos sabéis que no puedo responderos. Nada desearía más que complaceros. Pero lo que me pedís haría que me traicionara a mí mismo.

-         Lo sé. Lamento haberos puesto en una situación comprometida. Pero el secreto está a salvo conmigo. Sólo que ahora, en esta situación, los recuerdos pasados me parecen demasiado hermosos... Mi sobrina Idril...

-         Seguro que se encuentra bien, Mi Señora. Seguro que mejor que todos nosotros.

Sonreí entonces, por primera vez desde hacía mucho tiempo. Quizás éste viaje no haya sido en vano. Quizás nuestro sacrificio sirva para algo. Al menos para que ellos permanezcan a salvo, ocultos a los ojos del Enemigo. ¿Pero por cuánto tiempo? ¿Para siempre? ¿No es esperar demasiado en este momento? Nunca un para siempre me pareció tan fugaz como ahora.

-         Os agradezco vuestras palabras. Y vuestra lealtad. Aunque ésta se encuentra muy por encima de mi agradecimiento. Pero ahora, mostradme por fin mi misión en esta fortaleza. Ardo en deseos de volver a la lucha...

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Un nuevo golpe de Morgoth ha llegado. Y ha sido tan fuerte que apenas hemos conseguido resistir. Las murallas de Eithel Sirion no han cedido a la nueva embestida, pero mientras me asomo tras las almenaras, puedo ver la multitud de orcos que se agolpa ocupando toda la extensa planicie.

El yelmo que cubre mi cabeza apenas puede contener mis cabellos, que ondean al viento como una bandera roja. Esta anocheciendo, pero las estrellas no brillaran en el cielo esta noche. Porque Morgoth no envía a su ejército negro a luchar sólo. Una espesa niebla les acompaña, que les oculta en el día del Sol, y en la noche, de la Luna llena.

Mientras observo la Desolación que se acerca, mi mano se aferra con fuerza a la empuñadura de mi espada. Y a pesar de la destrucción que se aproxima, mis ojos se dirigen siempre al sur, intentando adivinar tras la niebla la sombra recortada de Crissaegrim en el horizonte. Las montañas, y lo que albergan en ella, son mi única esperanza ahora.

No lo sabía cuando abandoné el camino hacia Gondolin hace tantos años. En aquél entonces eran para mí una condena que me arrastraba cada vez más hacia la Maldición de Mandos. Mandos... hace mucho que no pienso en eso. Cuánta razón había en cada una de sus palabras. Nunca lo dudé. El fuego de las palabras de Fëanor no ardió en mí, pues ví la locura que había en ellas. Pero jamás imaginé que nuestro castigo llegaría a ser tan cruel. Y aunque la sangre de los Teleri no corrió por mis manos, he pagado con creces una culpa que no me pertenece.

¿Cuántos más hay en Beleriand cuya única culpa fue seguir las palabras incendiarias del espíritu de Fëanor, aunque no empuñaran arma alguna en la Matanza de Alqualondë?

Desciendo de la muralla cuando las primeras flechas negras atraviesan el cielo nocturno. Nuestros arqueros responden, lanzando flecha tras flecha. Buscando un blanco perfecto entre la negrura de los Orcos. Pero mi sitio no esta aquí. Monto mi caballo, cubierto por una coraza plateada y una tela azul con el emblema de Fingolfin. Pero sus estrellas tampoco brillarán esta noche. Cuando las puertas se abran, cabalgaré junto a mi compañía quizás por última vez. Porque no esperaremos escondidos para siempre tras estos muros...

Salimos al galope como una riada que se desborda sobre el enemigo. Como un torrente que se extiende a sangre y fuego. Como un Llama Súbita tal vez... Los hombres gritan primero con furia, algunos con dolor. Las primeras gotas de sangre que salpican mi rostro tienen un sabor amargo en mis labios, y no son mías. Pero mi espada refulge una y otra vez con un brillo rojizo, a pesar de que la sangre que corre a través de ella es totalmente negra.

¿Cuánto tiempo durará esta batalla? La victoria o la derrota dependen ahora únicamente de nuestra voluntad, y de la fuerza que esgrime nuestras espadas. Ojalá Eru muestre su misericordia en este día...

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Galdor el Alto ha caído. Pensaba que no había en mí más lágrimas para llorar, pero han brotado incontrolables mientras observaba impotente cómo una triste comitiva subía su cuerpo quebrado por el camino empedrado. No ha habido para él flores, o cantos. Sólo pesar y llanto.

Húrin será ahora el Señor de Dor-lómin. Señor de la Casa de Hador. La victoria ha caído de nuestro lado, tal vez por la furia que este Hombre ha desatado en la batalla. Los Orcos han muerto, o han sido arrojados de nuevo a las simas profundas más allá de Anfauglith. Húrin los ha perseguido casi hasta la extenuación. Volverán. Pero Eithel Sirion sigue en pie. Revivirá para enfrentar la siguiente batalla. Al menos, la siguiente.

© Susana Andrea Ocariz y Sergio Sánchez Azor. (Reservados todos los derechos).

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