Geografía
CONTINENTES Y REGIONES
Hay tres continentes conocidos en Erthara:
- Hacia el este se halla Aranorth, nombre que deriva del antiguo Aera-n-örhth, que significa “Tierra del Sol”. Tiene forma de U, con dos brazos separados en el sur por un itsmo. Los dos brazos están separados por el Mar de Sol de Plata. Se encuentra en el hemisferio sur. Es el continente más conocido.
- En el oeste se halla Lanorth, nombre que deriva de Löar-n-örhth, que significa “Tierra de la Sombra”. Los nareltha lo conocen como Alerthe. Apenas se sabe poco de este continente, solo que allí se ubica el Valle de Heimni, donde según la tradición despertaron los humanos, los elfos y los enanos, y que también allí se encontraba la legendaria Eddala.
- En el hemisferio sur yace Athros, un nombre derivado del antiguo Aithar-s-örht, que significa "Tierra al sur". Esta región es poco conocida para los habitantes de Aranorth. Los escasos aventureros que se han atrevido a explorarla relatan que es una tierra surcada por innumerables grietas y abismos, donde el suelo exhala aguas hirvientes y barro burbujeante.
BRAZO OCCIDENTAL DE ARANORTH
ELERTHE
Elerthe
es el país de los nareltha. Se halla en el extremo este de Aranorth
occidental. Posee dos aglomeraciones urbanas: Aleneltê, la capital, y
Thyrent, la fortaleza de instrucción militar donde los narelântar
realizan el Narwälome. La escarpada cordillera de Angennel se alza sobre
Alenelte se extienden desde el oeste. Capital: Aleneltê.
Mapa de Elerthe (y alrededores) en el año 1412 de la Tercera Era
Para ver el mapa más grande pincha en la imagen:
INAI PATAL
Inai Patal, "Valle Poderoso", un impenetrable valle que se abre desde la más austral de las estribaciones de las Montañas Blancas, en el extremo oeste del Mar Escarlata. Cuenta con la riqueza minera de las montañas cercanas y con las grandes tierras fértiles junto al río Maintes, cuyos afluentes nacen en las Montañas del Ocaso, la Sierra de los Veneros y la Sierra de Las Riscas. Los mercaderes levantaron, hace siglos, varios asentamientos a lo largo de este río, asentamientos que hoy con pequeños pueblos que dependen de Erein, la capital.
CIUDADES
Aleneltê
Capital de los nareltha
La capital de Elerthe, enclavada entre las majestuosas y escarpadas paredes de piedra de Angennel, las Montañas Blancas, era una de las joyas más importantes de aquella parte del mundo. Era una ciudad milenaria que los nareltha bautizaron como Aleneltê, la Ciudad de la Sombra Blanca. También la llamaron Lissenenda, la Ciudad del Lucero del Alba, pues era blanca, fría y hermosa como las nieves eternas que cubrían las más altas cimas de Angennel. Pero también le dieron el nombre de Vesgannin, Lugar del Sagrado Equilibrio, aunque ese nombre se olvidó tan pronto empezó la división entre narelântar y elthalântar.
Era una joya engastada entre piedras tapizadas por musgo verde, que parecía surgir de las mismas entrañas de las montañas, extendiéndose hacia el este, hasta los verdes campos del Valle de Narbâs y hacia el sur hasta la orilla del Mar Escarlata, donde se hallaba el puerto de la ciudad. Aquella tierra había sido el hogar de los nareltha desde el momento en que alcanzaron las verdes tierras de Elerthe, tierras de extensas praderas y frondosos bosques.
Un semicírculo de murallas almenadas cercaba la ciudad, rodeándola de norte a sur, y en ambos extremos se fundían con la roca madre convirtiéndose en parte de la montaña. Construidas a lo largo de cientos de años, se podía apreciar la obra de mampostería más antigua allí donde el tiempo había oscurecido la piedra blanca, y donde el musgo y la hiedra habían hecho presa de ellas, creando un efecto que daba color y calor a unas murallas que eran en sí mismas austeras. Por encima de ellas sobresalían imponentes las torres albarranas, que seguían el curso de las murallas formando un conjunto que rodeaba y protegía la ciudad.
Tres grandes puertas daban acceso a la ciudad.
En el sureste, Nirtelen (Puerta del Puerto), daba paso al camino de Nirteshe, el Puerto de la Música. Un pequeño puerto, también amurallado, dedicado al comercio y donde se encontraban las lonjas de pescadores, así como las de todo tipo de artículos de importación antes de ser distribuidos en la ciudad. En el sur, se hallaba Tulaslen (Puerta del Valle).
En el noreste, orientada hacia el bosque dorado de Elthalûare, se hallaba Tuarnelen (Puerta del Bosque) la entrada principal de Aleneltê. Las grandes puertas estaban franqueadas por dos torres gemelas, y se cerraban a ambos lados de la muralla con dos colosales portones de cedro y hierro envejecido.
A partir de ahí, el camino de tierra daba paso a calles enlosadas, formadas por pequeñas losetas cuadradas de pizarra colores, creando intrincados dibujos geométricos en blanco, negro, rojo y gris. Era el desgaste de las piedras a ambos lados de cada calle el que señalaba la importancia de la misma, debido al constante ir y venir de carros y carruajes, y de viajeros y comerciantes.
Nada más atravesar las murallas se alzaban algunos edificios militares, cuarteles, caballerizas, armerías, y otros edificios administrativos. Estaban algo apartados del conjunto de la ciudad, rodeados de plazas ajardinadas con esbeltos cipreses y cedros de sabina, altos abedules, mimosas de baile con hermosas hojas de plata y flores amarillas con olor a violetas en invierno, cedros azules, pinos de fuego, de hojas grises y flores de oro, abetos y pináceas azules, y árboles sagrados.
La calle principal se llamaba Taraika —«calle alta»— y estaba formada por pequeñas losetas cuadradas de pizarra de colores, creando intrincados dibujos geométricos en blanco, negro, rojo y gris. Era el desgaste de las piedras a ambos lados de la larga avenida el que señalaba la importancia de la misma, debido al constante ir y venir de carros y carruajes, y de viajeros y comerciantes.
A ambos lados de Taraika, las casas de Aleneltê parecían surgir de las entrañas como si fueran rocas de la propia montaña, todas ellas blancas, rodeadas de plazas ajardinadas y muchas de ellas cubiertas con hermosos jardines colgantes. La mayoría de ellas estaban construidas en piedra. Pero la piedra blanca de Angennel, o nulya, era un material costoso por su calidad, ya que poseía una gran dureza y jamás perdía su color; por ello no estaba al alcance de todos sus habitantes. Solo las casas más acaudaladas y los edificios oficiales estaban construidos por entero con esa preciada piedra. Otras muchas en cambio se habían edificado con otros materiales, ya fueran ladrillos de adobe u otro tipo de piedra, y se habían cubierto con estucado blanco, para después decorarlas con nulya en la base. Eran casas cuadradas, de una o dos plantas, con ventanas en forma de arco, y que en algunas casos parecían amontonarse unas sobre otras.
Los tejados eran en su mayoría lisos, de pizarra blanca, y caían a dos aguas hacia los lados, aunque también se había extendido el uso de azoteas y terrazas. De éstas surgían los jardines colgantes, formados por arbustos y plantas trepadoras que descendían y cubrían las casas blancas. Ojos de agua, cuyas flores de un color violeta claro desprendían un delicado aroma a almendras, y que se mezclaba con el aroma característico, fresco y especiado, de las verbenas blancas y azules, y de las flores de duende, con sus apretados ramilletes de colores amarillos, rojos y naranjas. Se notaba también un intenso aroma a jazmín, con sus hojas grandes y brillantes, salpicadas de pequeños ramilletes de flores blancas. Las flores de nácar, también llamadas flores de cera, se extendían por casi todas las casas con sus ramilletes de flores carnosas de color rosa pálido, con el centro rojo, y que parecían hechas de porcelana. Se abrían por la noche para emitir su olor dulzón y embriagador. Tapices de lobelias de color azul violáceo cubrían paredes enteras con una profusión salvaje de flores que parecía cubrir todo el manto verde que las sostenía, acompañadas de verdaderas cascadas de campanillas blancas. En las azoteas, entre hojas de oro viejo con sus tonalidades de oro y bronce, predominaban los rosales, con rosas cálidas como de terciopelo, y de un rojo oscuro casi negro, como si fueran de sangre; y también los tallos cubiertos con pequeños bulbos rojos de las pimpinelas sangrientas. También había gran cantidad de arbustos frutales, frambuesos, groselleros y avellanos del Tensell —«río dulce», en naralthane, la lengua de los nareltha—.
En el centro de la Plaza de Ades había una estatua de mármol que representaba a Ades, Dios de la Muerte, hermano de Eda. Se trataba de un pedestal formado por una sola columna estriada sostenía el trono tallado con intrincados grabados. En él se hallaba la figura sentada del Dios, con la mano derecha alzada sosteniendo la Balanza del Destino, símbolo del equilibrio, y la mano izquierda descansando sobre la empuñadura la Espada de la Muerte, que se mantenía de pie sobre la punta del filo.
Después de la Plaza de Ades, Taraika se internaba hacia el oeste, flanqueada por los mejores comercios de la ciudad, en su mayoría bellos locales, cuyas puertas tenían arcos ojivales y lobulados, decoradas con bajorrelieves y motivos florales, y ventanales con celosías de piedra a ambos lados. Allí se vendían las mejores telas, perfumes, joyas, y exquisitos alimentos provenientes de los lugares más remotos de Aranorth. Alfareros y ceramistas, carpinteros, herreros, costureros, hilanderos, armeros, vidrieros, alfombreros, todos ellos habían abierto sus locales hacia la izquierda de la ciudad. Hacia la derecha se alzaban pequeños comercios, sobre todo dedicados al sector de la alimentación. La calle de los panaderos y pasteleros destacaba por su aroma a pan crujiente y bizcocho caliente, bollos de crema y pluma dulce, nata y chocolate. Un poco más arriba, la calle de los mieleros, cuyas tiendas estaban llenas de enormes tarros de cristal llenos de miel de colores y sabores diferentes, sobre todo de miel de azahar y miel de romero. La zona de los especieros se mezclaba con la de los herboristas, así como el aroma entre dulce y picante que se desprendía de ellas, vainilla, nuez moscada, pimienta, azafrán, clavo.
Más hacia la derecha se hallaba uno de los pocos barrios mixtos de la ciudad, donde aún convivían familias elthalântar y narelântar y, en cuyo centro, se erigía una de las fuentes más hermosas de Aleneltê, coronada por una imagen de Eda, Diosa de la Vida. La figura de la Diosa estaba hecha de bronce, así como la del león que descansaba a sus pies, pero la esfera que representaba Erthara, la Tierra, era de ámbar pulido. Bajo la Diosa y el León, un manto de campanillas rojas y hojas verdes caían en cascada sobre una columna de mármol negro, de la que surgían cuatro caños que vertían el agua sobre la base cuadrada de la fuente, tallada con intrincados motivos geométricos. Era ésta la fuente que daba nombre a la plaza, la Edaseba —«plaza de Eda»—.
El resto del primer círculo de ciudad se hallaba dividido entre los barrios de los elthalântar y los barrios de los narelântar, separados entre sí por el gran mercado, alrededor del cual se hallaban algunas de las tabernas y posadas más famosas de la ciudad.
Internándose en la ciudad, y siguiendo Taraika hacia las montañas, la ciudad se expandía, aumentando la calidad de sus casas y edificios a medida que se acercaba al Segundo Círculo de Murallas y a la gran Puerta Azul de Ishana, que daba paso a la ciudadela, la zona más protegida de la ciudad. La Puerta estaba compuesta por dos torres almenadas, y un arco ojival entre ellas, cerrado por un portón de ébano tallado rematado por tacos de hierro forjado, ante el cual había una guardia permanente que lo custodiaba día y noche. Y, si bien las Segundas Murallas estaban hechas por grandes bloques de piedra nulya, tanto las dos torres como el arco de la Puerta de Ishana estaban revestidos por cientos de brillantes ladrillos vidriados de color azul intenso, ribeteados por otros más pequeños, de plata y oro, y dispuestos formando soles, estrellas y lunas.
A partir de allí se formaba la ciudadela de Hikkanâ, —«la Inconquistable»—, donde se erigían los edificios políticos y militares más importantes de Elerthe, así como las grandes mansiones de los más nobles nare y eltha.
Nada más atravesar la Puerta Azul se abría una gran plaza ajardinada, Vesseba, —«plaza del equilibrio»—, con fuentes y pequeños canales de agua que corrían entre hermosos robles y abedules, con árboles de hojas de plata y oro, presidida por una gigantesca estatua de marfil que representaba un roble milenario tallado al detalle, con hojas revestidas de finísimas láminas de oro. En su tronco se podía vislumbrar el rostro severo pero a la vez afable de Earalava, el espíritu de Eda, guardián de los onnar de los nareltha. A los pies del árbol de piedra, descansaba la también impresionante talla en marfil de un majestuoso león, con la melena y los ojos de oro, símbolo de Eda. El conjunto representaba el Equilibrio otorgado por Eda en los albores de la historia nareltha. Alrededor de aquella estatua se hallaban los distintos edificios administrativos y de gobierno como eran los edificios del Nyaze, el consejo de gobierno, y el edificio de la Asamblea, la Academia y la Biblioteca, además de la Casas de la Moneda y el Cuartel General del Ejército. Junto a la montaña, se abrían adentrándose entre cuevas precedidas por una fachada tallada en la misma piedra, los baños de agua caliente termal.
Dejando atrás la zona administrativa, hacia la derecha de la plaza del equilibrio, varias avenidas arboladas se abrían paso entre las mansiones de los más altos cargos de la ciudad y de la mayor parte de los nobles, donde todavía convivían eltha y nare.
En una esquina, al pie de la montaña, se hallaba una pequeña arboleda, la Arboleda Sagrada de los eltha. Tras ella se encontraba un sendero escondido y escarpado que ascendía a través de la blanca piedra de Angennel hasta la gran explanada llamada Nyale, Sombra de Luna, donde se alzaba la colina de Hysenye, siempre envuelta en niebla, la cual protegía el Aya, el lugar donde se hallaban escondido el Templete de las Espadas. Junto a la colina se encontraba la Casa de los Guardianes de las Espadas de Eda, así como una de las fábricas de material militar más importantes para los nare.
Emplazamientos:
Erein
El corazón comercial del mundo
Es una de las ciudades más pobladas, un gran mercado, siempre atestado de gente de distintas razas y procedencias, donde las mercancías más exóticas se intercambian y los prestamistas y los rateros medran.
Emplazamientos:
BIBLIOTECA DE LAS MIL TORRES. Envuelta en mito, parece estar protegida por un antiguo hechizo. Con innumerables salas, responde ante el deseo del consultante: sólo hay que formular una pregunta y un libro en blanco empieza a llenarse de letras.
MERCÁDROMO. Aquí se celebran juegos como carreras de obstáculos donde los Gremios compiten por equipos. Los participantes se enfrentan a montañas de mercancías, laberintos y ríos de piedras, con bolsas atadas a sus cinturones y telas enrolladas en torso y brazo.
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