La Creación

Y primero la Vida despertó, y dijo: "He aquí el lugar donde he de crear". Y al volver el rostro observó a su hermano, la Muerte. Y él le respondió: "Pero todo lo creado ha de tener un final"

28 de diciembre de 2014

Los personajes que conoceréis

¡Salud, viajeros!

Sabemos que abrimos esta ventana solo de vez en cuando pero, aun a pesar de ello, nos acordamos de aquellos que habéis mostrado interés alguna vez en lo que hacemos. Todavía seguimos perfilando detalles de la primera novela en los pocos ratos que tenemos libre, pero eso no quiere decir que nos hayamos olvidado. Poco a poco, grano a grano, sabemos que alguna vez podremos mostrar la primera historia de Las Espadas de Eda. Ojalá fuera en el año 2015 que se aproxima, lo pediremos al nuevo año.
Queremos aprovechar esta entrada para contaros algo que nos os habíamos dicho, y es que ya podéis acceder a nuestro blog solo escribiendo la dirección: www.erthara.com. ¡Más fácil!
Por otra parte, queremos aprovechar esta entrada para felicitaros las fiestas navideñas de la Tierra (en Erthara no hay navidad, aunque hay otras festividades realmente fascinantes de las que os hablaremos algún día) y también para adelantarnos a la llegada del año nuevo en vuestros hogares (aquí aún pasarán unos meses para que sea nuevo año, ya os hablaremos de cuando los habitantes de Aranorth reciben el año nuevo de su calendario). 
Como regalo de fiestas, os traemos el que será el "Dramatis Personae" de Sangre de Hermanos. La expresión latina dramatis personae se utiliza en el mundo literario para la lista de personajes de una obra, en ese caso, de la novela que estamos preparando. Algunos personajes ya los conocéis, os lo hemos ido presentando, Shaira, Alye, Deryan, Ewen o Luarelun. Os dejamos con ello ¡y nos vemos en el próximo encuentro!



DRAMATIS PERSONAE




NARELÂNTAR.


Indaral, líder de los narelântar, dirigente de Elerthe y gobierna a todos los nareltha.
KARELIA, su esposa.
SHAIRA y ALYE, sus hijas mellizas.
Ewen, dakar de la misma edad de Shaira y Alye. Su familia, a excepción de su hermana menor Ilvie, fue asesinada.
Engrel, enemigo de Indaral entre los narelântar. Amante de Karelia. Tiene un hermano, Ernard.


ALGUNOS MIEMBROS DEL CONSEJO NARELANTA.

ARU, uno de los más cercanos a Indaral. Tiene esposa, ELYA, y un hijo ARYAL.
NITHISER, otro de los más cercanos a Indaral. No es un nareltha, sino un viajero que llegó a Elerthe dos mil años atrás, con el resto de su pueblo. Tiene esposa, NARIEL, y una hija, AIRA.
SEDER, otro de los más cercanos a Indaral. Tiene esposa, AMARA, y dos hijos, EDRIEN Y DANTAR.
TAREN, otro de los más cercanos a Indaral. Tiene esposa, VANNE, y un hijo, ATHAL.
AMARU, tiene un esposo HILAN y tres hijos, TENNERU, TALKO Y TALTAR.
IDMIR, uno de los guardianes de las Espadas de Eda. Tiene esposa, NYARU, y dos hijos, ENDAN y NYELIS.
ITANON, tiene esposa, LAIRI, y un hijo, INTAN.

OTROS NARELÂNTAR.

ALETH, aunque cometió una afrenta en el pasado, Indaral lo acogió como mentor de sus hijas Alye y Shaira.
ANDRO, constructor y dueño de El Hada Verde. Su hija, SELL, trabaja como camarera en el local.
ARYAL, uno de los mejores amigos de Shaira. Es hijo de ARU.
ATHAL, amigo de la infancia de Shaira. Es hijo de TAREN.
TENNERU, la mejor amiga de Shaira. Su madre es Amaru.
MEREL, soldado de la compañía del dragón.
NARALD, BARALD, BERMETH, IDRAL, ADRAL, amigos de EWEN.
ARANAN, TEVUR, URVAL, nobles narelântar.








ELTHALÂNTAR


AYARAL, líder de los elthalântar. Gobernaba todo Aleneltê antes de la revuelta nare del 3469 E.M. Está casado con TAWARENE.
DERYAN, primogénito de AYARAL.
THIRA y NELTIS, hija e hijo menor de AYARAL.
LUARELUN, uno de los guardianes de las Espadas de Eda.
SURA, esposa de LUARELUN.
KARATIR, miembro del consejo. Ambiciona en secreto el poder de Ayaral.
MEIZEL, hermana menor de KARATIR.


ALGUNOS MIEMBROS DEL CONSEJO ELTHALANTA.

ALTHEON, gran Maestre de la Academia.
MAEGON, hermano de ALTHEON. Está casado con ETHIEL con la que tiene dos hijos, FEIN y HAEDON.
EMMARDIN, maestre de la Academia. Tiene esposa, NANIRIL, y un hijo, TENTALDOR
INGRIEL, esposa de NIRENDAL, un guardián de las Espadas de Eda, encerrado por demencia.  Tiene dos hijos, DARIL y ENERIEL.
NILEVIS, viuda e hija de [ARNEL], el anterior Daltha a Ayaral. Tiene tres hijos: KIRNE, AIRI y THIREN.
PATHAKAL, tiene esposa, VAIALIS, y un hijo, NEITHAN.
THIRALO, tiene esposa, ARILIA, y dos hijos, BRET y VINISUL.
ULWOLO, maestre de la Academia.


OTROS ELTHALÂNTAR.

BRET, el mejor amigo de DERYAN, el mayor de AYARAL. Es hijo de Thiralo. Tiene un hermano, VINISUL.
DORKAN, un noble eltha aliado de Karatir y enamorado de MEIZEL.
KIRNE, uno de los amigos de DERYAN. Es hijo de NILEVIS. Líder de la hermandad el Árbol Burlón.
GARLAS, amigo de la infancia de DERYAN, es un dakar y trabaja como mercader.
BERION, DARIL, ETHRAL, ETHRAM, TENDALTOR y NERNERAL, otros miembros de la hermandad el Árbol Burlón.
ETHELIAL, maestro tatuador, casado con Erian. Tienen tres hijos: los mellizos ETHRAL y ETHRAM, e IVERIEL.


OTROS PERSONAJES

GAEHL, humano, dueño de la posada El Destino.
GWELES, misterioso personaje de extraños ojos amarillos.
INGATH, rey enano de Zirak-Ferakdun, en las Montañas Blancas.
THORAK, enano de Zirak-Ferakdun, comandante de los ejércitos enanos. 

27 de agosto de 2014

"Sangre de Hermanos", capítulo 1. El retorno. Nueva Versión

¡Saludos, viajeros!

Lo primero de todo agradecer los que seguís visitando nuestro blog. También agradecer que sigáis teniendo paciencia porque la escritura de la novela Sangre de Hermanos es lenta y nos vamos encontrando con obstáculos en el capítulo al diseñar la trama que vamos solucionando. ¡Gracias por seguir ahí! Pronto podremos poner el último punto a la novela, en eso trabajamos.
Por lo pronto, queremos compartir con vosotros una nueva versión del primer capítulo de nuestra novela, donde hemos reducido la descripción de la ciudad, en base a alguna sugerencia. Si leéis esta nueva versión, estaremos agradecidos si nos indicáis cuál versión del capítulo os parece mejor. Nos vendrá bien para mejorar y depurar la novela. Para los que aún no hayas leído el capítulo, tenéis la oportunidad de hacerlo y conocer a algunos de los personajes protagonistas de la novela. También esperamos vuestras opiniones. ¡Gracias!





CAPÍTULO 1. EL RETORNO.
(versión 2)

Finales del 7º mes de 1412 O.M.

Valle de Narbas, Elerthe.

El traqueteo monótono del carro y el constante y rítmico golpear de las gotas de lluvia sobre su cubierta de cuero y pieles, unidos al agobiante calor provocado por los cuerpos amontonados en su interior, mantenían a sus ocupantes sumidos en una especie de sopor del que era difícil despertar. Con la espalda apoyada en la baranda del carromato, Ewen permanecía recostado, con las piernas medio encogidas, las rodillas dobladas casi a la altura del pecho y los ojos cerrados. Adormecido entre las sombras, cubierto por la capa roja del uniforme, se dejaba llevar, como los demás, al mundo de los sueños y de los recuerdos.

Agazapado entre dos rocas, escudriñó en la oscuridad de la noche sin lunas, hasta vislumbrar la sombra más densa y profunda que permanecía inmóvil delante de él, y se estremeció.
Esperó pacientemente hasta que la tenebrosa figura comenzó a moverse muy despacio, acercándose a él. Aquél era su momento. Sabía que no podía dejar pasar la oportunidad. Percibió el brillo de unos ojos grises justo delante de él, y sintió como sus propios ojos azules se nublaban tratando de contener las lágrimas.
Llevaba tres días y tres noches siguiendo al lobo. El lobo que era su ennar, su espíritu, la esencia animal que habitaba dentro de él. Y, en esos tres días, había comprendido que aquel lobo era aún más importante que todo eso. Era su igual, su hermano. Un animal solitario, sin familia, sin manada, intentando abrirse camino a dentelladas ante la crueldad de la naturaleza, y así poder encontrar un territorio propio donde formar un hogar, quizás con una pareja igual de solitaria que él. Aquel lobo era su propio reflejo en la naturaleza y, durante tres días, había sido también su única compañía, su único amigo. Sin embargo, había llegado el momento de sellar el vínculo. Había llegado el momento de matarlo.
Con una pequeña daga como única arma, debilitado como se encontraba tras tres días de ayuno, Ewen apenas podía mantenerse en pie. Pese a ello, el miedo al fracaso, al deshonor y la vergüenza, le impulsaban. No temía a la muerte. Si su lobo finalmente vencía y él moría, su espíritu sería honrado por todo su pueblo. En cambio, si el lobo escapaba y ambos vivían, significaría que su espíritu no era digno de él y se convertiría en un ramar, un excluido, un paria.
Estaba cerca. Tan cerca que podía escuchar su respiración pausada e incluso sentir su cálido aliento. Recurriendo a todo su valor, Ewen saltó por encima de la roca y cayó pesadamente sobre el enorme lobo. Tan pesadamente como podía hacerlo un elfo de doce años. La primera puñalada fue casi una tentativa. No quería matar al lobo, aunque sabía que tenía que hacerlo. El aullido lloroso del animal al sentirse herido traspasó su corazón pero también consiguió que el lobo luchara con más fuerza por revolverse y liberarse de su atacante. Logró girarse, por lo que el muchacho tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para evitar que sus enormes fauces se cerraran en torno a su cuello. Las garras del lobo arañaban su cuerpo, tratando de escapar, de defenderse, de matar, mientras él intentaba una y otra vez de asestar la puñalada mortal. Una de las zarpas del animal desgarró profundamente su piel, desde el hombro bajando por su pecho, y no pudo evitar gritar de dolor. Su sangre se mezcló con la del lobo, mientras éste seguía mordiendo sus brazos y sus manos hasta que finalmente, con dos rápidos movimientos, asestó sendas puñaladas en el cuello del lobo, que sollozó nuevamente.
Así acabó todo. El lobo malherido quedó tendido en el suelo, de costado, inmóvil. Él se sentó a su lado, con la respiración agitada y el pecho ensangrentado subiendo y bajando rápidamente, sin saber muy bien qué hacer. Fue entonces cuando fijó su mirada en los ojos del lobo moribundo. Se contemplaron un instante. Ewen se giró hasta él y finalmente lo cogió en brazos y lo acunó, como si fuera un niño, mientras volvía a clavar el puñal en el corazón del lobo para evitar que sufriera más de lo necesario. Lágrimas amargas cayeron por su rostro; un llanto desgarrado se apoderó de él. Él, que nunca lloraba. Pero esta vez lo hizo por su soledad y la de aquel amigo que acababa de matar.
Así lo encontraron a la mañana siguiente los sacerdotes Layamar cuando fueron a buscarlo. Abrazado al cuerpo del lobo gris muerto, con una mirada desafiante en sus ojos azules y el rostro manchado de barro, sangre y lágrimas secas. No dejó que nadie lo tocara y, en contra de lo que la tradición del ritual dictaba, él mismo enterró al lobo. Desde aquel momento, el vínculo estaba sellado y aquel lobo viviría para siempre en su interior…

… El aullido de un lobo en la distancia le sobrecogió, y le hizo agitarse en sueños.
Inquieto, abrió los ojos y se sumió en la oscuridad cerrada que le rodeaba. Sorprendido, se descubrió a sí mismo recostado contra el tronco de un enorme árbol. El tronco era totalmente negro, como si hubiera estado expuesto al fuego, aunque lo sentía frío. Las ramas y las hojas también eran negras. Contempló el cielo y vio que, súbitamente unas nubes grises se abrían, dejando ver tras ellas una enorme luna blanca, llena y brillante, tan cerca que le parecía que si alzaba la mano podría tocar su piel de perla.
El sonido de unos pasos tras él le hizo volverse. Se encontraba en un bosque completamente negro. Y allí, entre las sombras, le esperaba el lobo. Su lobo. Los ojos grises del animal lanzaron destellos de plata a la luz de la luna blanca, y lo observaron un momento. Después se giró, adentrándose en el bosque y, aún sin saber muy bien cómo, Ewen supo que debía seguirlo.
El lobo trotaba rápidamente, sin mirar atrás, y Ewen le seguía a corta distancia. Pronto se abrió el bosque; los árboles y las sombras desaparecieron. Ante él apareció un campo verde y más allá un campo arado entre ondeantes colinas. A lo lejos había una pequeña casa. Nada más verla, Ewen se detuvo. En cambio, el lobo siguió adelante y, tras empujar la puerta de la casa, desapareció en el interior.
Ewen no podía entrar allí. Sabía perfectamente lo que iba a encontrar, y no estaba preparado para volver a verlo. Porque aquella era su casa; la casa donde había vivido con sus padres, el único lugar donde había sido feliz. Un hogar que le había sido arrebatado hacía más de treinta años, cuando descubrió los cuerpos de sus padres y de su hermana mayor asesinados y la casa fue pasto de las llamas.
El lobo aulló de nuevo y después lanzó un gemido. Una columna de humo ascendía a través de las ventanas. A su pesar, Ewen avanzó hacia la casa; se sentía arrastrado hacia su interior. Acarició el dintel de madera de la puerta, que yacía en el suelo arrancada de sus goznes, y entró en la vivienda. Sabía lo que iba a ver. A la derecha, en un charco de sangre, el cuerpo de su madre, boca abajo, con la garganta desgarrada y  los brazos extendidos en posición de huida. Al fondo, sobre la vieja mesa de madera, el cuerpo de su padre, cuyo vientre parecía prácticamente abierto en canal. Y, tendido boca arriba sobre las escaleras, el cuerpo quebrado de su hermana. Su mirada vacía permanecía fija en la puerta, con el brazo derecho suspendido en el aire, los cabellos rubios prácticamente arrancados y el rostro desfigurado por los golpes. Sus ropas desgarradas y la sangre que cubría todo su cuerpo delataban claramente que se habían ensañado especialmente con ella.
Las llamas comenzaban a dar cuenta de todo. Un humo negro y rojo cegó sus ojos, y entre fuego y llamas, volvió a escuchar el aullido del lobo, ahora lejos, más allá de las colinas. Contempló nuevamente el rostro de su hermana a través de las llamas, pero para su sorpresa ya no era ella. Sus cabellos eran ahora negros como la noche, y sus ojos azules le miraban directamente a él esbozando una sonrisa y alzando la mano, llamándole. Pero antes de que él pudiera dar un paso, el lobo se interpuso ante él. «Protégela», le dijo. De pronto comprendió que aquella a la que veía ahora era su hermana menor. La única de su familia que se había salvado de aquella matanza. «Protégela», volvió a oír en su cabeza. El tejado de la casa se desplomó y él se vio fuera, contemplando impotente como las llamas lo devoraban todo. Pero entonces sólo tenía siete años, y su mano derecha aferraba con fuerza la pequeña manita de su hermana menor, que lloraba inconsolable a su lado.
El aullido del lobo se alejó en la distancia y, a sus espaldas, resonó la risa de una elfa, abierta y desinhibida…

Despertó sobresaltado y abrió los ojos, parpadeando varias veces para acostumbrarse a la semipenumbra del interior, sacudiendo la cabeza intentando despejarse. Un sudor frío salpicaba su frente, y se estremeció recordando su sueño. Parecía tan real. Hacía mucho tiempo que no recordaba tan vívidamente su prueba del Ennar. Como todos los que ahora regresaban con él, para poder ser un soldado de Narwa había tenido que sellar el vínculo con su espíritu animal. Desde ese momento, todos sus sueños premonitorios, como aquél, los guiaba su lobo. Se preguntó qué significado tendría todo aquello. Debía proteger a su hermana, ¿pero de quién? ¿Tendría algo que ver con el asesinato de sus padres y su hermana mayor? Era todo muy confuso. Después recordó la risa que le había devuelto a la realidad.
A su alrededor, los soldados de su pelotón dormitaban unos encima de otros. Con mucho cuidado, se giró un poco y entreabrió con una mano una de las solapas de cuero que cubría el carro. Sí, allí estaba ella. Cabalgaba alegre bajo la lluvia, mientras charlaba animadamente con otros nobles tawar como ella. Amparado en la oscuridad del carro, pudo observarla detenidamente. Sus cabellos, de un color rojo oscuro como la sangre, se mezclaban con las crines negras del yelmo que la señalaba como Têrar de infantería, al igual que el círculo dorado que llevaba grabado en la coraza. La capa roja se extendía cubriendo su montura y los pantalones mojados de lino negro se adherían a sus interminables piernas como una segunda piel. Su sonrisa era hermosa, aunque eran pocas las veces que la había visto sonreír. Y desde luego, ninguna de esas sonrisas había sido para él. Pero era en sus ojos, dorados como ámbar, donde uno podía perderse eternamente.
—Capitán… —La voz de uno de los soldados le obligó a volverse sobresaltado—… si yo fuera tú dejaría de mirarla. No malgastes tu tiempo. Shaira está muy por encima de tus posibilidades.
Ewen echó un último vistazo y cubrió despacio la solapa. Volvió a acomodarse y cerró nuevamente los ojos.
—No te equivoques, Narald —respondió despacio—. No te equivoques. Esa elfa y yo estamos destinados a odiarnos hasta el fin de los tiempos. No me acercaría a ella aunque fuéramos los últimos elfos en toda Erthara.



Bosque de Elthaluare, a 200 millas de Elerthe.

El magnífico sauce, alto y esbelto, con las ramas cayendo hasta alcanzar el suelo, permanecía imperturbable en las inmediaciones del riachuelo. Bajo sus ramas un elfo de cabello castaño oscuro, mirada desafiante y ojos grisáceos como la bruma del mar, se encontraba atado a él. Alrededor, había silencio y quietud, apenas rotos por el suave rumor de las hojas de los árboles mecidos por la brisa de la mañana, como una madre que duerme poco a poco a su retoño.
Llevaba inmovilizado en el tronco del sauce tres días con sus tres noches, con el bosque como único testigo de su soledad. La noche había sido llevadera, incluso refrescante. Pero las horas de sol, calurosas, asfixiantes, habían resultado insoportables. Los mosquitos que habitaban un riachuelo cercano habían dado buena cuenta de su piel y de su sangre. Su cuerpo, completamente desnudo, mostraba unas cuantas pústulas endurecidas. Sus brazos, sujetos por las muñecas hacia atrás en torno al tronco del árbol, estaban adormecidos; apenas sí los sentía. Las cuerdas se habían incrustado en su piel, tanto en las muñecas como en los tobillos y las rodillas; el menor movimiento involuntario era como una tortura. Entre tanto, el estómago del elfo estaba seco de tanto necesitar agua y comida.
«El sauce es un árbol cuyas hojas caen, esbelto y delgado, y su fortaleza y flexibilidad pueden contra toda adversidad».
Los primeros rayos del sol de aquel día habían amenazado con calentar el ambiente todavía más. Sin embargo, cuando el astro completó su viaje ascendente hasta el cenit, el esperado caluroso día se volvió gris; vinieron las nubes y cubrieron el cielo. Apenas dos horas después ya estaba lloviendo.
—¡Maldición! —murmuró ofuscado el elfo. El tiempo, que lo había martilleado con un calor espantoso los días anteriores, ahora cambiaba al otro opuesto: una fuerte lluvia que no hacía más que golpear sin piedad su piel herida.
«No todo sucede cómo queremos y debemos aprender a adaptarnos a las circunstancias. El sauce rebrota cuando lo cortan».
Aquello formaba parte de la prueba del Ennar, prueba para la que se había preparado desde el mismo momento de su nacimiento. Todos los elfos elthalântar compartían esencia con el espíritu de un árbol, y él lo hacía con el sauce, tal como había sido revelado en el ritual de la marca de la ortiga, al poco de nacer. El objetivo de aquel último ritual, atado a su árbol, era ser capaz de descubrir por sí mismo el vínculo más íntimo que le unía al ennar. El día en que había sido atado a aquel sauce le parecía tan lejano como el mismo día de su nacimiento, cincuenta años atrás. Aunque no había olvidado las palabras pronunciadas antes de ser abandonado a su suerte en aquel lugar recóndito del extenso bosque.

—Deryan Datharal Anasal Silwinene, primogénito de nuestro Daltha Ayaral —dijo de forma solemne uno de los sacerdotes—, ¿estáis preparado para demostrar que habéis alcanzado la cumbre de la sabiduría de nuestro pueblo y que comprendéis el don otorgado por Eda?
Claro que lo estaba. Se había preparado durante años para aquella prueba. Largos años de enseñanza, meditaciones y rituales, cientos de rituales. Se creía completamente preparado, tanto física como mentalmente para superar aquello y más, y convertirse así en alguien importante en la sociedad de su pueblo. Antes de responder, contempló el esbelto sauce que se erguía solitario en la orilla del riachuelo, con sus hojas de color verde brillante y el tronco rugoso y agrietado.
Tras pronunciar las estrofas del ritual, los sacerdotes lo desvistieron, lo ataron al árbol y lo dejaron solo, con el único amparo del bosque y del sauce. Deryan echó un vistazo las ramas del árbol que caían sollozando hacía el suelo formando una especie de cortina protectora que seguramente le resguardaría del sol diurno. El elfo estalló en una sonora carcajada, vanagloriándose de su buena fortuna.
—¡Voy a tener suerte! —exclamó el elfo.
Sabía que otros compañeros suyos no habían sido tan afortunados como él, pues los árboles a los que habían sido atados, debido a su morfología, no les habían protegido del sol. Lo que no sabía en ese momento, es que su buena suerte no iba a ser tal. Los dioses le castigarían por su alardeo. En los días siguientes, el último viento cálido del verano llegaría desde el gran desierto de Ma’dahab, en el sur, haciendo que la cortina formada por las ramas del sauce no fuera suficiente para evitar que su piel desnuda sufriera el calor.

A media tarde el cielo cesó de descargar agua, dejando un ambiente fresco que alivió en alguna medida el castigado cuerpo del elfo. Aquello era señal de que el verano se estaba yendo y el otoño, con su triste melodía, ya se acercaba. Deryan cerró los ojos y se percató de que apenas había dormido desde que había sido apostado en el árbol. El dolor no cesaba. No solo el dolor físico, sino el mental, aún más insoportable. Si aquella prueba requería un gran aguante físico, el esfuerzo psíquico que se necesitaba para resistir sin enloquecer era si cabe mayor.
«Solo un poco más», se dijo al notar que la muralla de su psique empezaba a romperse.
El sol continuaba su viaje hacia las costas del oeste, al otro lado de las montañas, hacia las aguas del Océano del Dragón, cuando las alucinaciones llegaron. Las largas y flexibles ramas del sauce parecieron fundirse en dos, gruesas y ásperas, con pequeños vástagos en forma de dedos largos y finos. Como si fueran serpientes, se enredaron alrededor de su cuerpo, en torno a su pecho, privándolo del aire. Intentó soltarse, pero las cuerdas que lo aprisionaban se estrecharon aun más en torno a sus muñecas y sus tobillos, y sintió cómo su carne desgarrada se abría. Notó algo húmedo bajo sus pies y comprendió que se trataba de un charco de sangre. De su sangre. Finalmente el sauce extendió uno de sus dedos y lo introdujo a través de la nuca, atravesando su cabeza en sentido ascendente. Deryan sintió un dolor tan intenso que creyó que su cabeza iba a estallar.
«Los sauces somos unos árboles más fuertes de lo que aparentamos, nuestra fortaleza y flexibilidad pueden contra toda adversidad».
El dolor, tan pronto como había llegado, cesó. Deryan pensó que, en ese momento, formaba parte del mismo árbol y que ahora era la savia del árbol la que circulaba por sus venas cansadas y débiles. Perdió la consciencia y dejó de sentir nada.
Despertó cuando el sol acababa de perderse en los pliegues del horizonte. Había varias sombras en torno a él y su cabeza parecía latir salvajemente. Se encontraba entumecido y no sentía los brazos ni las piernas. Dos elfos ataviados con las túnicas verdes típicas del sacerdocio elthalanta, se acercaron hacia él y comenzaron a desatarle. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para soportar el dolor que le produjo el separar la cuerda incrustada en sus heridas. Cuando miró a su alrededor se encontró con unos ojos que le resultaban conocidos, los ojos amables de su madre, Tawarene, que le contemplaban con ternura. A su lado estaban su padre, Ayaral, líder de los elthalântar, denotando orgullo en su rostro, y sus dos hermanos, Thira y Neltis, éste apenas un niño. Cerca de ellos, se hallaban algunos de sus amigos y compañeros durante su enseñanza: Bret, Vinisul, Garlas y Kirne. Así, al ver a sus seres queridos, se sintió reconfortado.
Cuando terminaron de desatarle, Deryan notó un hormigueo en los pies y cayó al suelo, incapaz de mantenerse en pie. Los dos sacerdotes lo levantaron y lo sostuvieron.
—¿Quién es el sauce? —le preguntó una voz firme pero suave a la vez.
El eltha lanzó una mirada fugaz al árbol al que había estado unido todos aquellos días.
—El sauce es mi espíritu, yo soy el sauce y él es yo. Dos espíritus unidos en la adversidad. —Su voz era ronca, apenas un susurro, y tenía la boca reseca, con los labios agrietados y llenos de costras.
La verdad que se expresaba en sus ojos fue la señal de que había superado con éxito la prueba. Ya era un elthalanta en todos los sentidos de la palabra.
Su madre le acercó entonces un cuenco con agua, muy fresca, y por fin pudo beber.


Aleneltê, Elerthe.

Débiles rayos de sol traspasaban el cúmulo de nubes grises que cubría el cielo, pero ya no llovía. Apenas pasaba el mediodía cuando la comitiva procedente de Thyrent cruzó la Puerta de Elerthe, entrada principal de Aleneltê. Shaira observó con visible interés las dos torres gemelas que la flanqueaban y que se cerraban a ambos lados de la muralla con dos colosales portones de cedro y hierro envejecido. En ellas, dos banderolas blancas con el emblema del país, dos semicírculos enfrentados y atravesados por sendas espadas, ondeaban alegremente. 
Shaira contempló abstraída la ciudad. Cuarenta años. Habían pasado ya cuatro décadas desde la última vez que pisara la ciudad y muchas cosas habían cambiado en ella. Seis años después de que ella y su hermana iniciaran su instrucción en Thyrent, su pueblo había puesto fin a cientos de años de dominio autoritario de los elthalântar, y ahora su padre tenía el poder y el gobierno de la ciudad. Aleneltê olía a narelanta, a sangre y hueso, pero también a naranjas, a azafrán y a canela, y aquello Shaira lo percibió con satisfacción desde el momento en que se acercaron a la capital. Tan diferente de la última vez, cuando la abandonó, impregnada de aquel aroma a tomillo y fresno, de almendras y zarzamora, típico de los elthalântar.
La capital de Elerthe, enclavada entre las majestuosas y escarpadas paredes de piedra de Angennel, las Montañas Blancas, era una de las joyas más importantes de aquella parte del mundo. Era una ciudad milenaria que los nareltha bautizaron como Aleneltê, la Ciudad de la Sombra Blanca. También la llamaron Lissenenda, la Ciudad del Lucero del Alba, pues era blanca, fría y hermosa como las nieves eternas que cubrían las más altas cimas de Angennel. Pero también le dieron el nombre de Vesgannin, Lugar del Sagrado Equilibrio, pero ese nombre se olvidó tan pronto empezaron la división entre narelântar y elthalântar.
Las casas de Aleneltê parecían surgir como si fueran rocas de la propia montaña, todas ellas blancas, rodeadas de plazas ajardinadas y muchas de ellas cubiertas con hermosos jardines colgantes. La mayoría de ellas estaban construidas en piedra. Pero la piedra blanca de Angennel, o nulya, era un material costoso por su calidad, ya que poseía una gran dureza y jamás perdía su color, por lo que no estaba al alcance de todos sus habitantes. Así pues, sólo las casas más acaudaladas y los edificios oficiales estaban construidos por entero por esa preciada piedra. Otras muchas en cambio se habían construido con otros materiales, ya fueran ladrillos de adobe u otro tipo de piedra, y se habían cubierto con estucado blanco, para después decorarlas con nulya en la base. En el corazón de la ciudad, se encontraba Eda, cuya figura, que coronaba la fuente principal de la plaza central, estaba hecha de bronce, así como la del león que descansaba a sus pies, pero la esfera que representaba Erthara, la Tierra, era de ámbar pulido.

La comitiva narelânta que acaba de llegar a la ciudad, ascendió a través de Târaika,  la calle principal de la ciudad, cuyo desgaste de las piedras a ambos lados de la larga avenida era el que señalaba la importancia de la misma, debido al constante ir y venir de carros y carruajes, y de viajeros y comerciantes. La ciudad latía aquel día con intensidad debido a la numerosa afluencia de gente que transitaba sus calles, atraída por la fama de sus mercados, en rivalidad continua con los mercados y ferias de Erein, al otro lado del Mar Escarlata. El verano llegaba a su fin y las ferias con motivo de la siega y la recolección de la vid dotaban de vida a la ciudad.
Shaira cruzó a caballo la Plaza de Ades, esbozando una amplia sonrisa de satisfacción. Observó la plaza a su alrededor, maravillada, como si descubriera por primera vez aquella hermosa ciudad donde había crecido, sintiendo que por fin, después de tantos años de ausencia, de tantas pruebas y de tanto sufrimiento, había vuelto a su hogar. Contempló la gran estatua de mármol que representaba a Ades, Dios de la Muerte, hermano de Eda. Se trataba de un pedestal formado por una sola columna estriada sostenía el trono tallado con intrincados grabados. En él se hallaba la figura sentada del Dios, con la mano derecha alzada sosteniendo la Balanza del Destino, símbolo del equilibrio, y la mano izquierda descansando sobre la empuñadura la Espada de la Muerte, que se mantenía de pie sobre la punta del filo.
         Siguió a la comitiva que se desvió hacia la derecha, para detenerse finalmente ante el cuartel de aduanas. Casi de inmediato los soldados de infantería, así como los arqueros y lanceros, comenzaron a bajar rápidamente de los carros, con evidentes muestras de entumecimiento y cansancio. El camino de regreso desde Thyrent era largo. Habían viajado durante día y medio y, aunque habían descansado durante la noche, Shaira sabía por propia experiencia que los viajes en los carros de transporte no podían definirse precisamente como cómodos. Afortunadamente para ella se habían terminado pues, al igual que los demás miembros de la caballería, gozaba del privilegio de poder viajar a caballo siempre que dispusiera de uno propio.
Detuvo el caballo, al tiempo que se despojaba del yelmo con ambas manos. Aun no había desmontado siquiera cuando oyó la voz de su hermana a su espalda.
—¡Malditos carros de hacinamiento! ¡Nos traen y nos llevan como animales al matadero!
Shaira sonrió al ver a su hermana Alye estirando las piernas entre maldiciones. A pesar de pequeñas diferencias entre sus uniformes, a simple vista ambas eran como dos gotas de agua. Pero sólo a primera vista. Ambas tenían largos cabellos de color rojo, pero mientras los de Shaira caían en suaves ondas y eran de un tono oscuro, del color de la sangre, los de su hermana eran completamente lisos, y de un color algo más claro. Sin embargo era en sus ojos donde se hallaba realmente la diferencia, pues aunque las dos tenían unos ojos grandes y hermosos, ribeteados por largas y oscuras pestañas, los de Shaira eran de color ámbar, como de oro; en cambio los de Alye eran de color gris brillante, como de plata.
—¡Shaira! —La voz de Tenneru se elevó entre el murmullo de la multitud, y Shaira desmontó rápidamente mientras ésta se acercaba—. ¿Has encontrado ya a tus padres? —preguntó su amiga una vez junto a ella.
—Todavía no. Lo único que he encontrado de momento es una hermana con muy mal genio —respondió Shaira entre risas. Alye le lanzó una mirada fulminante.
—¡Claro! ¡Como tú vas tan cómodamente a caballo! —protestó frunciendo el ceño—. Creo recordar improperios más graves por tu parte cuando aún viajabas en carro como todos los demás.
—Y yo creo haberlos escuchado más a menudo aún. En cualquier ocasión en la que las cosas no le salieran como ella quería —añadió Tenneru riendo. La joven de cabellos negros y ojos verdes se apoyaba ligeramente sobre una larga lanza—. Deberías tener más consideración con tus hermanas que todavía viajan en carro, Shaira.
—Lo tendré en cuenta la próxima vez que os bajéis de un carro tras casi dos días de viaje —rió esta—. ¡Lo cual espero que sea dentro de bastante tiempo!
—No sé si encontraremos a alguien con tanto jaleo alrededor —comentó Alye, intentando atisbar entre la gente que se agolpaba en la plaza—. Desde luego parece que toda la ciudad se hubiera reunido aquí hoy.
—Yo al menos he encontrado a mis hermanos —terció Tenneru—. Mis padres no han venido, pero ellos me están esperando con un carruaje junto a la Plaza de Ades. Y Aryal ya se ha marchado junto a sus padres. De todas formas, podéis subir a la ciudadela con nosotros, y podemos dejaros en casa de camino a la nuestra.
Shaira miró a su alrededor, antes de responder.
—No lo sé, Neru. Se me hace raro que nuestro padre no haya venido a recibirnos o que al menos haya enviado a alguien a buscarnos. —Lo pensó un momento antes de continuar—. No te preocupes por nosotras, si no viniese nadie, Alye y yo subiremos a caballo. No hagas esperar más a tu familia. Seguro que tus padres están deseando recibirte.
La joven de ojos verdes sonrió.
—Nos veremos mañana, entonces —dijo, y se giró para perderse entre la multitud de soldados y sus familias que festejaban sus propios reencuentros.
Permanecieron de pie, esperando, despidiéndose de vez en cuando de alguno de sus compañeros que se marchaban acompañados de algún familiar que había acudido a recibirles, hasta que por fin vislumbraron un rostro conocido que se acercaba hasta ellas. Era un elfo de elevada estatura, ojos oscuros y largos cabellos castaños que caían sobre sus hombros. La gente se alejaba de él al verlo acercarse y muchos apartaban la mirada. Sus cicatrices le delataban, aunque él no hacía nada por esconderlas. La mitad de su rostro estaba deformada por surcos, la señal que el fuego había dejado en su cuerpo. El mismo fuego que había destrozado su vida. Era un ramar, un manchado. Excluido de la sociedad narelante por haber cometido la mayor falta que se pudiera cometer a los ojos de ésta: haber abandonado el campo de batalla. Sin embargo, ni Shaira ni Alye guardaban prejuicio alguno sobre el viejo ramar que había sido acogido por su padre al caer en desgracia. Para ellas, ni siquiera su rostro desfigurado tenía importancia.
—¡Aleth! —exclamó Alye al verlo, echando a correr hacia el viejo elfo.
Shaira, más comedida, se acercó sonriendo al elfo, mientras su hermana se fundía en un abrazo con aquél que había sido desde su nacimiento su mentor, su maestro y su guardián. Aleth sin embargo le devolvió el abrazo en un gesto tenso y la apartó rápidamente, para detenerse un momento a mirarlas con orgullo.
—Me alegro de veros, señoritas —dijo esbozando una débil sonrisa. Shaira sabía que Aleth era incapaz de mostrar una sonrisa más abierta, ni un gesto de cariño más evidente que ese abrazo tenso que le había dado a su hermana. Las heridas de Aleth iban mucho más allá de lo que mostraba su rostro. Estaban grabadas a fuego en su alma, y nunca sanarían.
—Aret, Aleth —saludó abrazando al viejo elfo—. Por lo que veo al final mi padre no ha podido venir a recibirnos —comentó, sin ningún tipo de rencor en su voz.
—Vuestro padre tenía asuntos urgentes que atender en el Nyaze —explicó Aleth —. Pero me ha dado órdenes precisas de llevaros a casa, donde os estará esperando junto a vuestra madre.
Shaira frunció el ceño ante la mención de su madre, y miró a su hermana, que torció el gesto.
—Está bien —respondió, pasando por alto el comentario—. Aun así, estoy deseando llegar a casa.
—El carruaje nos está esperando junto a la plaza, pero antes debo encontrar a un muchacho que también ha sido convocado ante el Dalên —explicó el elfo, escudriñando con la mirada a su alrededor.
¿Un muchacho? Shaira sintió en el estómago la presión propia de un mal presentimiento. ¿Qué muchacho? Aleth se alejó unos pasos, buscando entre la gente, pero no tardó mucho en volver. Lo seguía un elfo casi tan alto como él, con ojos de un intenso color azul mar apenas ocultos tras unos rebeldes mechones de cabello castaño. Esbozaba una sonrisa irónica, que se hizo más amplia si cabe al cruzarse con la mirada de Shaira.
—¿Qué significa esto, Aleth? —inquirió ella con una mueca de desagrado.
—Vuestro padre ha convocado también al capitán Ewen para una entrevista personal, por lo que le he pedido que nos acompañe en el carruaje —respondió Aleth sin dar importancia alguna al gesto de su pupila.
—Entonces, maestro, si no os importa prefiero regresar a caballo —porfió ella.
—Lo siento, Shaira —rebatió el elfo, lanzándole una mirada de advertencia—, el caballo ya ha sido llevado a las caballerizas. Son las órdenes de vuestro padre, espero que lo comprendais.
La expresión de Ewen dejaba claro que parecía divertido con la situación. Alye, que conocía muy bien la causa de las desavenencias entre ellos, optó por tomar a su hermana de la mano y guiarla hasta el carruaje, antes de que la situación se complicara todavía más.
El carruaje del Dalên permanecía apostado junto a la plaza, custodiado por dos guardias vestidos de negro y plata. Completamente blanco, con delicadas filigranas de plata y visillos de gasa tras las ventanillas, llevaba un grabado en la puerta con el símbolo del león, el ennar del Dalên, señor de los narelântar y actual dirigente del país. Lo guiaban dos caballos blancos enjaezados con avíos de plata. Subieron al carro y Alye y Shaira compartieron asiento, mientras que Ewen se sentó frente a ellas. Aleth en cambio subió al pescante y agitó las riendas, poniéndose en marcha al instante.
—Vaya, por un momento pensé que ibas a echarte a llorar, sólo por tener que soportarme un rato más.
Shaira guardó silencio. Con la mirada perdida más allá de los visillos que cubrían la ventanilla, intentó hacer oídos sordos a sus palabras, y al desprecio que notaba en su voz.
—No creas, para mí tampoco es agradable todo esto —continuó Ewen—. Si pudiera elegir con quién pasar mis primeras horas de libertad en la ciudad, desde luego nunca te hubiera elegido a ti. —Se acomodó apoyando la espalda contra el respaldo acolchado, con los brazos cruzados por detrás de la cabeza, y extendiendo las piernas lo máximo posible.
Ella se obstinó en su silencio, intentando controlarse. Responderle sólo supondría darle la satisfacción de saber que sus palabras la afectaban.
—Claro que yo no podía ni siquiera imaginar qué clase de artimañas tramarías para retenerme un poco más a tu lado —añadió, esbozando una sonrisa ladina.
—¡Basta! —gritó Shaira, girándose hacia él. Sus ojos dorados parecían de fuego, y se echó hacia delante acercándose a él—. Sólo el hecho de respirar el mismo aire que tú respiras me produce arcadas, dakar. Así que detén tu imaginación desbocada. ¡Si por mí fuera te echaría de aquí a patadas, que es lo único que mereces! Sin embargo, estoy obligada a soportarte durante un rato más, y creo que ya nos hemos hecho suficiente daño durante todos estos años. ¿Podrías hacerlo un poco más fácil, aunque fuera sólo por ésta vez? Una vez cumplas con el requerimiento de mi padre, ambos haremos lo posible por no volver a vernos. Y sólo Ishana sabe lo feliz que me hace el mero hecho de pensarlo.
Ewen sonrió con evidente desdén. Era cierto que ambos se habían hecho mucho daño el uno al otro. Habían tomado una posición difícil y ambos habían sido unas veces víctima y otras verdugo. No sólo se habían herido psicológicamente, sino también físicamente. La aversión que sentía el uno hacia el otro había provocado heridas todavía sangrantes.
Alye permanecía atenta a lo que sucedía, aunque no era nada nuevo para ella. Había sido testigo de escenas mucho más violentas, si bien su hermana nunca le había permitido intervenir. Sólo una vez se había enfrentado a Ewen. El turô les había ordenado enfrentarse en combate de adiestramiento, lo cual hacía a menudo, pues sentía un placer sádico al contemplar el odio y la violencia con la que ambos luchaban. Unas veces era Ewen el que vencía, otras lo hacía Shaira. Pero siempre acababan los dos heridos, de mayor o menor gravedad. Por alguna razón, aquel día Ewen parecía presa de una furia descontrolada y pronto había sacado ventaja de su contrincante. Una ventaja que había desembocado en la espada de Ewen incrustada en el costado derecho de Shaira. Recordaba muy bien la mirada atónita de su hermana al ser herida, y también el rostro no menos sorprendido de Ewen, como si no hubiera sido él quien hubiera esgrimido el arma. Todavía tenía grabada en la retina la imagen de su hermana al caer al suelo de rodillas, con las manos ensangrentadas intentando contener su carne abierta. Ewen se había acercado a ella y había intentado sostenerla entre sus brazos, pero rápidamente había sido sacado de allí a rastras. Su hermana pasó varias semanas en cama, al borde de la muerte. Y Alye no se separó de ella ni un instante. Sabía que Ewen había tratado de verla en más de una ocasión, pero ella misma se lo había prohibido, esgrimiendo por única vez su autoridad como hija del Dalên de Elerthe. Sólo cuando estuvo segura de que su hermana no corría peligro, ella misma fue a enfrentarse a Ewen. Y, en aquella ocasión, él ni siquiera se defendió de los golpes.
Alye había creído que, con el final de sus estudios del Narwalome y el regreso al hogar, todo aquello pasaría, y que aquellas rencillas quedarían pronto en el olvido. Ahora comprendía que había estado completamente equivocada, y que ese odio que tanto Ewen como Shaira habían alimentado durante todos esos años les perseguiría siempre.
—Mi hermana tiene razón, Ewen. Teniendo en cuenta además que, aun en contra de nuestra voluntad y supongo que también en contra de la tuya propia, estás obligado a disfrutar de nuestra hospitalidad por un rato, bien podrías intentar al menos que todo nos resultara lo menos desagradable posible. A todos.
Ewen se sintió acorralado y, muy a su pesar, no pudo más que asentir en silencio. Sin embargo, Shaira estaba muy equivocada si pensaba que se iba a librar de él. Claro que, pensándolo bien, no tenía por qué alertarla de ello.
El camino de ascenso a la ciudadela no era muy largo pero el constante ir y venir de gente a lo largo de toda la calle principal hacía que el carro avanzara bastante despacio sobre la avenida Târaika, que acababa en el Segundo Círculo de Murallas y en la gran Puerta Azul de Ishana, que daba paso a la ciudadela, la zona más protegida de la ciudad. La Puerta estaba compuesta por dos torres almenadas, y un arco ojival entre ellas, cerrado por un portón de ébano tallado rematado por tacos de hierro forjado, ante el cual había una guardia permanente que lo custodiaba día y noche. Sólo al cruzar el segundo círculo de murallas y traspasar la Puerta de Ishana, Aleth pudo acelerar la marcha para cruzar los edificios políticos y militares más importantes de Elerthe, así como las grandes mansiones de los más nobles nare y eltha. Apenas unos minutos después se detenían ante la puerta principal de Ashalnar, la casa del Dalên.
Shaira y Alye descendieron del carruaje rápidamente y subieron corriendo la escalinata de mármol, abriendo de golpe la puerta de madera blanca. Nada más entrar, Shaira aspiró profundamente, deleitándose en el aroma a naranjas y lirios que siempre se respiraba en su hogar y que tanto había añorado. Siguió a su hermana hasta el gran salón y la encontró ya abrazada a su padre, con el rostro inundado por las lágrimas. Sin poder contenerse, la elfa corrió hacia ambos y se unió al abrazo. Eran muchas las cosas que celebraban entre lágrimas en aquel momento. No sólo el reencuentro después de cuarenta años de separación, sino también el hecho de encontrarse con vida, de haber superado grandes adversidades, de haber madurado y crecido, consiguiendo completar su formación como soldados manteniendo así el honor y la nobleza de su familia.
—Bienvenidas a casa, hijas mías. —Su padre parecía conmovido, y se separó un poco de ellas, para poder observarlas con atención—. Ha sido una dura prueba para todos nosotros —dijo, besando a Shaira en la frente, y después a Alye—. Tantos años hemos estado separados, sin poder hacer nada por protegeros. Pero las dos habéis sido fuertes.
—Tal como corresponde a las hijas del León de Aleneltê. —La voz femenina era dulce, pero Shaira sabía que tras aquella dulzura había un regusto amargo, y que solo era parte de una fachada bien construida.
—Así es —coincidió su padre sonriendo—. Ahora, saludad a vuestra madre.
Shaira se enjuagó las lágrimas rápidamente y se giró para observar a la mujer que permanecía recostada sobre un diván cubierto de pieles, y, tal como la recordaba cuarenta años atrás, con una copa en la mano. Percibió que su hermana sentía la misma aversión, el mismo horror. Nada había cambiado en su ausencia. Su padre seguía ciego a la maldad que albergaba su madre y ésta se mantenía como siempre, pegada a una copa de licor. Se acercaron a ella y dejaron un amago de beso en su mejilla.
Ewen y Aleth permanecían en la puerta, observando discretamente la escena familiar. El elfo más joven no conocía personalmente al Dalên y nunca lo había visto antes tan cerca. Para él era como un poder en la sombra, un misterio que acababa de ser desvelado. Pero Indaral era además una leyenda en el campo de batalla, no en vano era el arkenaro, general de todos los ejércitos. Por ello, Ewen deseaba profundamente poder aprender de él. El Dalên tenía una mirada profunda de ojos dorados, como los de Shaira, y largos cabellos del color del trigo maduro. Su rostro mostraba una gran determinación, una mirada franca y clara, y una sonrisa amable. Pero podía ver que, tras todo aquello, se escondía la fuerza de un león que defendería su territorio a costa de lo que fuese, sin poner límites a su furia. Observó con atención la marca negra que ascendía por el lado derecho de su cuello hasta el mentón. El tatuaje, grabado a fuego sobre la piel y después tratado para que tomara aquel color negro intenso, como los ojos de un cuervo, representaba su condición de Dalnar de todos los narelântar, además de Dalên de Elerthe. La daltana, como se la llamaba, era el símbolo de todo su poder, aunque no fuera realmente necesaria. Su porte, su mirada, eran suficientes. Su esposa Karelia, en cambio, a pesar de poseer también una belleza deslumbrante, parecía tan fría como las nieves de Angennel. No se percibía en ella la pasión que a sus hijas parecía sobrarles, ni ese fuego interior que parecía iluminarlas desde dentro. No cabía duda de que la belleza exterior la habían heredado de su madre, pero el carácter era el de Indaral. Karelia tenía una larga melena rizada de color rojo vivo, y unos ojos azules pequeños y fríos.
—Si nos perdonáis, bellas damas —dijo Indaral con una sonrisa—, he de atender algunos asuntos con nuestro invitado. Después cenaremos todos en familia, como hacía cuarenta años que no se hacía en esta casa. Aleth, encárgate de preparar una habitación para nuestro invitado. Cenará con nosotros y pasará aquí la noche.
Las últimas palabras de Indaral parecieron quedar suspendidas en el aire mientras abandonaba la habitación seguido de Ewen y Aleth. Shaira parpadeó varias veces, sin poder creérselo todavía, pensando que sin duda su padre se había vuelto loco. Se volvió hacia su hermana con expresión incrédula, y después observó a su madre, que permanecía con la mirada perdida en la copa que sostenía, ignorándolas como siempre. Y después, sin decir nada, ambas hermanas abandonaron el salón, dirigiéndose hacia sus habitaciones.



Colina Sagrada de Hysenye, Elerthe.


En la quietud de la noche los ojos azules de un rostro severo e insensible se mantenían imperturbables. No se escuchaba nada, ni siquiera el susurro tenue de la brisa de madrugada al pasar entre los árboles del bosque. Como cada noche, las horas que transcurrían desde la medianoche hasta el amanecer se sucedían lentas y silenciosas. La oscuridad de la noche era más cerrada que en otras ocasiones. La luna blanca y la luna roja, ambas llenas, estaban cubierta por nubes; la luz de las lejanas estrellas de la cúpula celeste luchaba por abrirse paso en la oscuridad.
Luarelun, el dueño de aquellos ojos azules, se hallaba apostado en lo más alto de la Colina de Hysenye, ante un pequeño templete de piedra blanca, emplazado en un claro del corazón de la masa de árboles que cubría la colina, próximo a la ciudad. El templo era apenas una base cuadrada de piedra, con dos altísimas columnas estriadas que sostenían una cubierta también de piedra blanca. Entre ambas columnas había dos ánforas de cristal de doble asa. Una de ellas estaba decorada con delicadas filigranas de plata y contenía un líquido espeso, de color rojo oscuro, que llegaba hasta el borde pero sin llegar a rebosar. Sumergida en ella había una espada, Narwa, la Espada de la Muerte, o Espada de Sangre, con el filo rojo como la sangre y la empuñadura de hueso tallado, donde llevaba engarzados pequeños rubíes como gotas de sangre. La otra ánfora estaba salpicada por incrustaciones de girion, un metal de color verdoso, y contenía un líquido también verdoso en el cual se hallaba sumergido Althantar, la Espada de la Vida, o Espada de los Árboles, con el filo forjado en plata y una empuñadura de madera. Pequeñas gotas de esmeralda engarzaban la espada pero había una más grande que imperaba sobre la madera de la empuñadura. Aquellos eran los objetos más preciados del pueblo nareltha, pues constituían el símbolo del Equilibrio del mundo otorgado por Eda. Aunque en aquellos días muchos elthalântar y narelântar no entendían ni compartían ya la tradición del Equilibrio, debido a las innumerables rencillas entre ellos, ambas espadas eran veladas con extremo recelo por una guardia creada muchísimos tiempo atrás, la Guardia de las Espadas. Ésta estaba formada por veinte elfos, tanto eltha como nare, formados para encargarse exclusivamente de custodiar día y noche las dos Espadas de Eda, otorgadas por la diosa en los albores de los tiempos. Para ello, debían hacer un juramento en el momento en el que eran nombrados miembros, juramento por el cual defenderían las dos espadas con su propia vida y jamás, por ningún motivo, desertarían de su labor. De esa manera, los veinte miembros pasaban la mayor parte del tiempo de su vida en la Casa de la Guardia, situada al pie de la colina y, dos de ellos, subían cada media jornada a resguardar el templete, un elthalanta y un narelanta cada vez. Otros dos miembros de la Guardia relevaban a los dos guardianes después de cada turno, y sólo ellos tenían el permiso necesario para subir al claro de Nyale, donde se hallaba el templete. Si alguien sin la autorización necesaria osara a ascender a la Colina Sagrada de Hysenye y acercarse al templete, sería castigado con una muerte deshonrosa.
Luarelun había entrado en la Guardia cincuenta años atrás, después de unos extraños sucesos que habían enturbiado la intachable trayectoria de los guardianes de las espadas. Dos de estos, Nirendal y Yaral, habían desatendido su labor por causas desconocidas. Cuando los dos elfos que habían de relevarles al amanecer habían ascendido a la colina habían encontrado al elfo narelanta inconsciente en el suelo, a unos pocos metros del templete, mientras que el cuerpo del eltha, también inconsciente, había sido hallado algo más alejado del lugar. El nare había entrado en un sopor extraño y finalmente había muerto. Por su parte, Nirendal, el eltha, tras varias semanas sumergido en el mismo sopor, había recuperado la consciencia. Con todo, las frases que había intentado decir carecían de toda coherencia y había acabado por perder la cabeza. Había sido encerrado en las Casas de Curación. Luarelun se había preguntado varias veces qué es lo que habría ocurrido en aquel lugar cincuenta años atrás que había alterado tanto la mente del elfo. Por eso lo visitaba de vez en cuando y, siempre que lo hacía, acababa con gran una sensación de desasosiego. En una de las visitas a Nirendal había sucedido algo inusitado. Fue durante su anterior tiempo de descanso en la ciudad. Tras llegar a su hogar, había recibido la noticia de que Nirendal parecía haberse recuperado y quería hablar con él. En la sala donde permanecía encerrado, Nirendal le había dicho que una de las espadas había sido robada aquel aciago día, el de su última Guardia. Tras decirle aquello, el elfo había empezado a gritar y Luarelun había tenido que abandonar el lugar. Desde entonces, en las largas horas en las que tenía que vigilar el templete, Luarelun no dejaba de mirar las Espadas de Eda y de preguntarse qué había de cierto en lo que le habían contado.
De repente, entre la serenidad nocturna, un alarido sobrenatural rompió el silencio. Parecía como si viniera de muy lejos y, al mismo tiempo, se hubiese producido allí mismo. Aquello le hizo reaccionar, parpadeando sorprendido, buscando con la mirada al elfo que le acompañaba a escasos metros de él. Su compañero permanecía inalterable a su derecha.
—¿Qué ocurre? —preguntó el nare que estaba a la derecha.
—¿Has escuchado ese grito, Idmir?
—No he escuchado nada —respondió éste, mirándole extrañado.
Luarelun giró su rostro hacia su compañero, contempló la profunda cicatriz que marcaba el lado derecho de su rostro. Examinó su uniforme de color blanco y filigrana de hilo rojo, y la coraza plateada con el símbolo de las dos Espadas de Eda cruzadas, forjado en alais, un metal bastante escaso, conocido como metal del equilibrio, de brillo plateado aunque ligeramente oscuro. La capa de Idmir, que era roja a diferencia de la del eltha que era verde, cubría su espalda. Durante unos momentos, desapareció de su rostro la marca de su ennar y a Luarelun le pareció ver el rostro de Nirendal en vez del de Idmir.
—¿Estás bien? —volvió a preguntar Idmir. Normalmente, los dos miembros de la Guardia que vigilaban en cada turno las espadas, no podían siquiera tener un momento de distensión, y menos aún podían hablar. Sólo guardar y guardar durante todas las largas horas que duraba el turno.
 —Sí —afirmó Luarelun mientras volvía a su posición inicial.
Las horas que restaban para el nacimiento del sol en el este transcurrieron con absoluta normalidad. La oscuridad de la noche fue dando paso a los primeros colores del amanecer y fue en ese momento cuando llegaron los dos elfos que tenían que reemplazarles. Luarelun e Idmir descendieron los siete escalones del Templete, y se internaron en el bosque, encaminándose hacia la Casa de la Guardia situada al pie de la colina. El nare, tras despedirse de su compañero, entró en la Casa de la Guardia. Por su parte, Luarelun continuó por el camino que continuaba hacia la ciudad, pues había solicitado algunos días de descanso. Cuando se internó en la eterna bruma del bosque, el eltha creyó ver la figura de alguien que descendía desde la cima de la colina hacia la parte trasera del edificio de la Guardia. La figura se deslizó entre los árboles de alrededor del camino. Luarelun echó a correr.
—Detente —le ordenó a viva voz—. Está prohibido acceder a este lugar sagrado sin autorización del consejo.
Un rato después, había vuelto a desaparecer. El eltha buscó por los alrededores, sin éxito. Más tarde, cuando regresaba a la ciudad pensó que todo habría sido una alucinación. «Estaré perdiendo la cordura como Nirendal».






© Susana Ocariz y Sergio Sánchez Azor. (Reservados todos los derechos). 

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