26 de mayo de 2012

La Venganza en la Isla de la Media Luna

Cuando vine a este mundo, no pude imaginar el dolor que iba a padecer. Quizás si me hubieran dado la posibilidad de elegir, hubiera elegido simplemente no nacer. Permanecer en ese limbo extraño en el que deben permanecer los hombres, si es que existe como dicen, con el inusual don que la Diosa nos ha concedido.
Por eso, no contaré una historia que habla de tiempos en los que fui feliz, en las verdes praderas que ocultan las montañas que rodean Navasane. Cientos de historias felices han sido contadas ya, y seguirán siendo contadas a través de las Edades del tiempo. Pero todas las historias felices tienen un final. Y el final de los tiempos de paz llegó a la Isla de Media Luna con dolor y muerte.
Y para mi historia, de un día no muy lejano, en el que las verdes praderas se mancharon de sangre. Sangre, dolor y muerte.
Quizás deba presentarme primero. Mi nombre es Rindil. Y sin contar mucho acerca de mi vida, puedo deciros sin embargo que pertenezco a la Guardia Real de Blath Laidir, de la cual mi padre es uno de sus capitanes más queridos.
Siempre le admiré. Cuando niño, podía observarle durante horas mientras llevaba a cabo la instrucción de nuevos soldados, o cuando vestía sus ropas de gala, con aquella brillante cota de malla y los símbolos de las Golondrinas bordados en el manto. Siempre quise seguir sus pasos. Apenas contaba quince años cuando conseguí entrar en la Guardia Real de la Ciudad, y desde entonces he seguido su estela, arriesgándome en las misiones más difíciles para conseguir ser el mejor a sus ojos. Ahora puedo decir que lo he conseguido.
La historia comienza con un amanecer. Un amanecer que ahora parece como una pesadilla lejana. Aquel aciago amanecer en el que las tropas anghitas intentaron tomar La Bella, La Hermosa Ciudad de Mithril. La ciudad de Blath Laidir. Infranqueable y hermosa, escondida entre las rocas, la ciudad no cedió a los embates de la furia de las Damas de Angh. Caro pagaron el precio de su atrevimiento, y al anochecer, los barcos anghitas volvían a desaparecer en el horizonte, camino del estrecho de Idril. Para no volver nunca, pensé en aquel momento. Y cuánto me equivocaba.
Me encontraba entre los cientos de cuerpos mutilados apilados a las puertas de la ciudad cuando mi destino cayó sobre mí, aunque yo entonces no lo sabía… Sequé el sudor de mi frente con un trozo de mi manto desgarrado, mientras con la mano derecha sujetaba la pierna de otro menos afortunado que yo, intentando arrastrarlo a través de los cadáveres. Cuanto me equivoqué también en eso…
- ¡Rindil! – la voz de mi padre llegó desde lejos, a través del murmullo incesante que inundaba la ciudad. Solté la pierna del cuerpo que arrastraba con desgana, la cual cayó golpeando el cadáver que había debajo - ¡Rindil!
- ¡Estoy aquí padre! – grité, intentando hacer oír mi voz por encima del zumbido de las moscas. Me miró a lo lejos, y sonrió, y su sonrisa suavizó los años que curtían su rostro. Nunca olvidaré aquella sonrisa.
- Estas aquí – dijo al tiempo que llegaba hasta mí, y el alivio de saberme vivo era patente en su voz. Me abrazó, y casi sentí que me derrumbaba entre sus brazos, mientras luchaba por contener las lágrimas, emocionado con el reencuentro tras la batalla. Esa batalla en la que ambos pudimos haber muerto… Se separó de mí y me miró con ojos húmedos – Me alegro de verte, hijo.
- Yo también me alegro de veros, padre – dije, después de aclararme un poco la garganta. Entonces me fijé en la venda que cubría su brazo y parte del hombro derecho, y comprendí realmente lo afortunado que era. Pero no quise que supiera cuánto me afectaba… y sólo pude añadir una frase que sonó torpe y hueca en mis oídos – Ha sido una gran batalla…
Los ojos de mi padre se oscurecieron, mirando tras de mí los cadáveres que esperaban sepultura.
- Eso debe ser… - dijo – Pero ahora deja eso. Tengo una misión para ti…
Miré hacia atrás un segundo, y agradecí alejarme de aquella enorme tumba.
- La flota de Angh se aleja – decía mi padre – Y la ciudad se encuentra a salvo. Pero los generales de la ciudad parecen temer un contraataque en otro punto de la isla. Han solicitado que enviemos vigías a ciertos puntos que les parecen peligrosos, en previsión del riesgo de que en un desembarco en otro punto lleguen a alguno de los pueblos de Navasane.
- Pero padre… ¡eso es imposible! – exclamé indignado - ¿Dónde podrían desembarcar y evitar la cadena de montañas que protege la isla?
- Hay cierto puntos que no conoces Rindil, que si bien son de difícil acceso, podrían ser atravesados por un grupo no muy numeroso. No creo que lo intenten. Tomar Blath Laidir llegando desde allí no creo que sea factible. Pero los generales no opinan como yo, y temen un acercamiento por esa zona. Es por eso que deseo confiarte esta misión, hijo mío.
No tuvo que añadir nada más. Mi padre intentaba alejarme de la batalla nuevamente. Tenía miedo, y he de reconocer que yo también lo tenía. Había sido mi primera batalla, y ni siquiera se acercaba a la gloria que yo había imaginado. Sólo había muerte y dolor, y la gloria era un mito fabricado para engañar a los niños. Un mito que yo había creído.
Miré a mi padre a los ojos, y asentí con la cabeza. No sentí vergüenza por querer aferrarme a la vida un poco más. Y había luchado con fiereza en la batalla. Sentí que merecía la oportunidad del descanso que esta misión, que tanto mi padre como yo veíamos como segura, me ofrecía.
Las estrellas no salieron aquella noche, quizás guardando luto en la distancia. Recorrí las verdes llanuras montado sobre mi fiel alazán. Tras de mí, a muy poca distancia, Thaled me seguía espoleando a su hermosa yegua.
Cuando nos conocimos, Thaled y yo apenas contábamos con cinco años. Recuerdo que sus padres vinieron de visita, y yo le ví a lo lejos sentado en el patio acompañado de mi aya. Se acercó a mí, y carita infantil parecía casi cómica en su solemnidad. De pie frente a mi, ví la pequeña espada de madera que llevaba en la mano, y deseé con todas mis fuerzas tener una igual que esa… Thaled me dio su espada, y luego se sentó junto a mí con una sonrisa. Desde entonces somos amigos. Y ahora sé que jamás nada podrá separarnos.
Reímos mientras las leguas quedaban atrás, como siempre metidos en una competición amistosa por llegar primero. Las luces del poblado señalaban nuestra meta, cerca de un punto de la costa accesible que mi padre me había indicado. Pasamos de largo, y acampamos al amparo de los árboles, sin encender hoguera alguna, pues no queríamos que nadie supiera de nuestra presencia allí. Y mientras uno dormitaba, el otro montaba guardia, atento a cualquier sonido sospechoso que el mar pudiera traernos. Nada pasó.
Y mi destino se cumplió con un nuevo amanecer. Un amanecer que nos sorprendió en su belleza, de intensa tonalidad violeta y anaranjada. Sonreímos sobrecogidos por el espectáculo inusual.
- ¿Una señal de esperanza? – pregunté - ¿Significará esto que algún día volverá la paz a nuestra tierra?
- Puedes creer que la misma Diosa ha imaginado esta combinación de colores como señal para tus torpes ojos, Rindil – rió Thaled, siempre más realista – Pero esta guerra no ha hecho más que empezar.
Se dio la vuelta para mirarme, y su mirada pareció congelarse en un punto indefinido detrás de mí. Abrió la boca para decir algo, pero no emitió sonido alguno...
- ¿Thaled? – mi voz era un susurro ahogado – Thaled, dime algo… ¿Qué te ocurre?
Su rostro parecía grabado en piedra. Tendí la mano hacia el, y la retiré de golpe. Dos lágrimas de sangre brotaron de sus ojos, surcando sus mejillas, mientras de sus labios surgía un leve sonido a borboteo que culminó en un reguero de sangre que cayó a mis pies.
- ¡Thaled! – grité, presa de la incredulidad y del miedo. Entonces sentí la punzada de dolor en mi espalda y caí de bruces en la hierba, incapaz de mover un solo músculo, ni de pronunciar palabra alguna. Pero mi mente seguía despierta. Y mis ojos podían ver… Esa era mi condena.
Thaled se convulsionaba presa de frenéticos espasmos, y finalmente cayó de rodillas frente a mí. Quise cerrar los ojos. No ver su agonía. No sentir la mía. Pero mis párpados no respondieron. Entonces comprendí la señal. A lo lejos se acercaba una mujer, como una aparición acariciada por el viento. Sentí el poder que emanaba de ella, mientras sus pies descalzos acariciaban la hierba, y su vestido negro se elevaba al cielo dejando entrever sus piernas. Un peto negro tallado de rojo apenas cubría la blancura de su pecho. Sus cabellos dorados parecían alzarse salvajes como una corona viva. Pero fueron sus ojos los que le ayudaron a comprender. Sus ojos violetas, con aquellos matices anaranjados del fuego que ardía dentro de ella.
Nunca vio imagen más bella que aquella mujer. Ojala nunca hubiera llegado a verla. Pues aquella era la Estrella de Angh, y su poder había hecho frente al mismísimo Señor de Blath Laidir.
Se acercó a ellos con una sonrisa, y tras ella llegaron un grupo de hombres, al parecer al mando de un hombre curtido, alto, de ojos negros y cabellos castaños. Parecía asombrado, mientras observaba cómo la mujer se arrodillaba ante Thaled, observándolo con curiosidad. Uno de sus delicados dedos acarició la mejilla de mi amigo, tomando una gota de sangre, y para mi sorpresa se la llevó a los labios, saboreándola.
- Saluda a Ades de mi parte – dijo, con voz dulce. Y entonces Thaled cayó de bruces también a mi lado, y la sangre inundo la pradera, que se tiñó de rojo.
- Deberíamos seguir, Dama Shanadae – dijo el hombre que parecía estar al mando. Y mi mente repitió “Shanadae”. - ¿Qué hacemos con este? – añadió señalándome.
Un aroma a flores salvajes inundó mi mente cuando ella se acercó a mí y me miró a los ojos. Intenté decirle que acabara conmigo de una vez, que ya había sido suficiente el dolor… Quería morir. Quería la paz.
Ella en cambio rió, y acarició mis lágrimas. Lágrimas que yo no había sentido brotar.
- No ha sido suficiente – dijo entonces – Tú serás mi enviado para Kielhe. La flecha en tu espalda te mantendrá inmovilizado, al menos hasta que yo lo desee… - se levantó y se dirigió al hombre de ojos negros – Tráelo con nosotros, Arham. Él será testigo de nuestra venganza.
Comprendí entonces la crueldad inmensa que se ocultaba bajo aquella belleza sobrenatural. El hombre llamado Arham me agarró de una pierna, y me arrastró tras él cuando reemprendieron la marcha, siguiendo a la Aenari. Recordé entonces la pila de cadáveres que había dejado en las puertas de Blath Laidir. Recordé cómo había arrastrado yo otros hombres de manera similar, y lo mucho que me repugnaba aquella tarea. Pero yo aún no era un cadáver. Quería gritar que estaba vivo. Encerrado en mí mismo, deseaba llorar, gritar de dolor, desahogar la pena que sentía… Pero era inútil. Un reguero de sangre que sabía que era mía nos seguía también. Sentía como mi rostro y mis manos se iban despellejando por el roce de la tierra y las piedras, y no podía hacer nada.
Nos detuvimos apenas a unos metros del poblado que todavía dormía, y sentaron mi cuerpo a los pies de un árbol. La sangre que goteaba de mi rostro destrozado caía sobre los restos de mis manos, mientras mis ojos no podían dejar de mirar el poblado. Un poblado condenado a muerte.
- Es vuestro momento, caballeros – dijo Shanadae entonces.
No describiré aquel tormento. No tengo palabras aún para describir la salvaje atrocidad que aquellos desalmados llevaron a cabo entonces. Primero fueron los gritos. Los llantos. No pude ver nada, salvo sentir el pánico que se fue apoderando de los habitantes del pueblo. Unas campanas sonaron a lo lejos, pidiendo ayuda. Pero a pesar del alivio que sentí entonces, supe que cuando llegara la ayuda ya sería tarde para ellos.
Una mujer joven salió corriendo de una de las casas, con un bebé en brazos, y el vestido desgarrado y manchado de sangre. Lloraba y corría, trastabillando y mirando atrás. Me miró, y un gritó agudo escapó de su garganta. Sus ojos eran presas del pánico, pero también de una firme determinación. Salvar a su hijo. Intenté infundirle fuerzas, a pesar de mi silencio eterno. Pero no llegó muy lejos. Arham apareció delante de ella, y sujetó sus cabellos elevando su rostro al cielo. Deslizó una daga por el cuello de la joven, que se abrió como una fuente dejando escapar una cascada de sangre. El llanto del bebé al caer al suelo entre los brazos de su madre fue el único sonido que acompañó su muerte como una tétrica elegía.
Y mientras poco a poco las calles fueron convertidas en ríos rojos surcados de cuerpos inertes, el silencio se fue adueñando del pueblo. Un silencio que sabía a muerte.
El sonido de los cascos de los caballos sobre la tierra ahora roja precedió a la llegada de la ayuda. Shanadae se acercó a mí nuevamente, y se arrodillo junto a mi cuerpo maltrecho.
- ¿Ves ahora? A partir de ahora podrás sentir, y hablar… – susurró – Y este es legado de muerte que debes contar a tu Señor. La carne anghita se paga a un alto precio. Dile que lo recuerde hoy cuando regrese de su matanza.
Y el dolor me inundó entonces. Ese dolor que llevaba guardado dentro de mí, en mi rostro, en mis manos, en mi espalda, y sobre todo, el dolor del alma por la muerte de Thaled. Y grité, lloré, gemí… mientras los soldados de la Guardia luchaban cuerpo a cuerpo contra los invasores. Mientras Shanadae avanzaba orgullosa ante ellos, sembrando la muerte con su espada y con sus ojos de amanecer.
Una flecha lejana alcanzó entonces a la Aenari, seguida de otras más. Pude ver cómo se detenía un momento, mientras observaba incrédula la flecha clavada en su pecho, acompañada por otras alojadas en su pierna y en su hombro derecho. Las rompió con furia, y ordenó la retirada, sin dejar por ello de clavar su espada en el vientre de un soldado que se encontraba frente a ella antes de caer inconsciente por la gravedad de sus heridas.
Arham llegó hasta ella, y de una herida abierta en su frente caía un reguero de sangre. Tomando la frágil figura de Shanadae sobre sus hombros, se alejó del campo de batalla.
Y llegamos entonces al final de mi historia. Conseguí cerrar los ojos, y comprendí después que el dolor me había dejado inconsciente. Cuando desperté, apenas con un hilo de vida, los ojos de mi padre inundados de lágrimas me miraban incrédulos.
- Este es el legado de muerte que debes contar a tu Señor – le dije - La carne anghita se paga a un alto precio.
Mi padre se hundió en el llanto, mientras mi cuerpo sucumbía sin una despedida. Incluso mis últimas palabras habían estado guiadas por aquella hechicera maldita, destinadas al Señor de Blath Laidir. Pero por fin llegó la paz.
La muerte me llevó entonces por las insondables galerías de muerte de Ades. Ahora se que Thaled y yo estaremos juntos más allá de La Muerte, pues se sienta a mi lado con una sonrisa, mientras yo cuento la historia de nuestro dolor y tormento.
Mas nos han dicho que hemos de esperar al día en que se vea cumplido el destino de Shanadae. Muchos otros esperan con nosotros, y no tenemos prisa. No me importa esperar, pues se que Thaled y yo esperaremos siempre juntos. Hasta el día en el que el Don de la Diosa llegue hasta nosotros.

7 de mayo de 2012

Elerthe, una tierra de montañas, bosques y prados

¡Saludos Viajeros!

Hace tiempo que no creábamos una nueva entrada en el blog. Espero que nos sepáis perdonar pero estamos de lleno en la recta final del libro Sangre de Hermanos. Sin embargo, ya tocaba. Y, para esta nueva entrada, hemos decidido presentar oficialmente Elerthe, la tierra donde se desarrolla el libro. Aunque en la sección de páginas hay un esbozo de Elerthe, hoy vamos a contaros un poco más de ella.

Elerthe ya es como nuestra comarca particular, es nuestro hogar, nuestra casa. ¡Hemos desarrollado tantas cosas en este lugar que ya no concebimos nuestras vidas sin ella! La primera vez que pusimos un pie en este lugar fue hace muchos años (¡ya cinco!) pero entonces recibía otro nombre.

El nombre proviene de la raíz Ele- "Equilibrio" y -erthe "tierra, país, región". Elerthe, el País del Equilibrio. Es un lugar donde a todos os gustaría vivir, al menos a los que os guste la naturaleza, los grandes bosques de árboles impresionantes y las extensas praderas de hierba verde y fresca. Se halla en el borde oriental del Gran Bosque Elthalûare que gobierna el noroeste de Aranorth.

De este a oeste tiene algo más de 100 millas de distancia aproximadamente (1 milla= 1,6Km) y está bañada por el Mar Escarlata, un mar interior que supone el límite entre el Gran Bosque del Norte y el Gran Desierto del sur.

La capital es Aleneltê y se halla situada en el borde occidental de Elerthe, a la sombra de las Montañas Blancas, una extensa cadena montañosa.

Aquí hay una descripción completa de Elerthe: Mapas de Aranorth

Estamos preparando una serie de viajes a este país tan especial, ¿quién se apunta este verano a venirse de vacaciones a Elerthe?

¡Saludos!


20 de abril de 2012

La Asesina

Los gritos aún palpitaban en su cabeza, el eco de unos acontecimientos horribles y nefastos. Siempre se dijo que todo final tiene un principio, y así había ocurrido en las terrosas calles de Kotow. La mente le daba vueltas y se sentía en un vaivén de murmullos opacos y distantes.


Sentada al pie de un árbol, se tapó con la capa que le había robado a su marido antes de huir tan inesperadamente…


Sentía frío. Las gaviotas doloridas partían presto hacia el amanecer, todo para ella ya había acabado…


El cruel desenlace de los acontecimientos había hecho que ella se hubiera planteado partir aquella misma mañana fuera de la ciudad de Kotow, que se arrugaba de la confusión, se sometía a la arrogante destrucción y se sumergía en la vorágine de la barbarie. Cuando trataba de huir, había escuchado unas voces en la tienda del rey.


Aún lo ocurrido palpitaba en su cabeza martilleando su mente, parecía como si lo estuviera viviendo todo en ese momento. 


—Buscadla, debe estar escondida en algún lugar de estos anchos muros, debéis impedir que salga de aquí pues sólo merece… la ejecución—.


Era la voz de Wuup, el lugarteniente del rey, y ella era consciente de que la cabeza a la cual había puesto precio era la suya. En el exterior, el fuego ascendía con fuertes llamaradas arrasando cuánto viera delante de él. Se hallaba arrinconada en una esquina temblando y sin ser consciente totalmente de lo que había pasado. Una vez que había pasado el peligro de ser descubierta fue hasta su alcoba y recogió el poco equipaje que tenía. Entonces lo sintió, unas frías manos en su cuello. En un rápido movimiento, se giró y dio un golpe a su agresor.


Dio un golpe al aire…


Gritó y un agudo dolor le penetró por las costillas. Tan intenso, que el azul del cielo era poco para describir la intensidad de la furia de sus huesos golpeados…


Cuando despertó estaba envuelta en llamas… Sintió los cálidos dedos del fuego avanzar hasta ella. En ese momento se arrepintió de lo que había hecho… se arrepintió de haber asesinado al rey… 


La luz se fue mientras se retorcía de dolor en aquella alcoba de paja. Se apagó su extasiado rostro mientras el baile de la noche cayó al abismo de la tortura. Visitó los rincones menos oscuros de su mente en busca de lámparas o velas para alumbrar la estancia de su corazón. Sollozos intermitentes decoraban el vacío de su silencio y recorrían el desierto de su alma. 


Tembló, no de frío sino de soledad, desesperanza y culpabilidad. Se sentía un despojo, un maltrecho arroyo cubierto de ponzoña negra. Súbitamente todo se había ido para ella, lo único que le quedaba era el recuerdo, tan atormentador que el solo hecho de atraerlo a su memoria hacía llagas en los pasillos de su conciencia.


¿Por qué el amor le había impulsado a aquel vil acto? ¿O más bien la desesperación? ¿O quizás el torbellino del deseo impuro?


Engaño…


Ese oscuro ser, de manos largas y ojos embaucadores habían tentado su anhelante e inocente corazón. Al menos, pensar en él con rabia hacía destapar la usura de su piel. Rojas eran sus manos, llenas de maculado destello, de confiado desarraigo.


¿Qué iba a hacer con su vida ahora? 


Lloro, lloró hasta estallar de dolor. Hubiera deseado haber sido consumida por el fuego abrasador y no liberara por la esencia de su maldad. 


Finalmente se levantó y salió del derruido molino.


Anduvo, caminó toda la noche, en medio del crepitar de las hojas caídas, apartando las ramas que se ponían a su paso.


Mientras, su mano se fue hasta el bolsillo de su capa y sacó un objeto, un hermoso medallón en forma de flor que brillaba por el influjo de la luna. Con lágrimas en los ojos recordó a su padre y a la mujer que le dio aquel objeto.


—Os he defraudado y ya no merezco tener conmigo este objeto. 


Cuando sobran las palabras el silencio es la mejor compañía. Tan extasiada estaba ella deambulando entre aquella extensión de árboles que no se daba cuenta del recelo de la Selva de Maguuma. Curiosamente ese lugar la había visto nacer y quizás por ello había huido hacía las profundades del mismo, después de tantos años sin visitar aquellos árboles. Caminó durante horas sin rumbo fijo, o al menos no había previsto una dirección determinada que en verdad era hacia el sureste. 


Mientras vagaba sin meta alguna, los recuerdos se asomaban al rincón de su mirada mientras se peleaban por conseguir dominar en su pensamiento. Recordó cuando su padre se volvió a enamorar después de que su madre muriera cuando ella nació. Recordó que su madrastra fue como una madre para ella y la quiso. Recordó cuando la enfermedad le volvió a quitar ésa otra madre. En especial sus últimas palabras que ella aún guardaba en su corazón. “Gracias por el amor que me has dado, gracias por haberme querido como una hija a una madre” Su padre murió dos años después cuando una horda de trasgos habían invadido aquel rincón de la Selva.


A su mente llegaban los momentos cuando Wapnir, el rey de Kotow la encontró, una mujer viviendo de forma salvaje. A su mente llegaron los momentos pasados en aquellos muros, su boda con el rey, la cortesía con que había sido tratada. Después vino el engaño, cuando Wuup, el lugarteniente del rey le habló de las amantes de su esposo. Y entonces, galopando al son del viento que empezaba a soplar del norte, llegaron los momentos en los que conoció a Harwtxam, y con el navegó en un lago de fresca inocencia y de sincero amor…




Los recuerdos se detuvieron y lágrimas se derramaron de su rostro. En su retina se instaló una imagen que no tenía intención de marcharse: el cuerpo sin vida de su amado, condenado a muerte por traición al rey. El dolor de esa perdida había sido el arma que la había empujado a la destrucción.


La noche estaba dando paso al amanecer y el silencio transitaba las habitaciones del palacio real cuando ella ejecutó el regicidio aturdida por la desesperación. La mano le temblaba mientras empuñaba la daga, el sudor embriagaba sus sentidos y el corazón le latía con fuerza. Pero a pesar del miedo lo hizo, se vengó de los desprecios de Wapnir y de la muerte de Harwtxam. Horrorizada se quedó paralizada viendo el rostro sin vida del que había sido rey de Kotow. A punto estuvo de ser descubierta por Wuup que inexplicablemente había llegado en ese momento. Consiguió esconderse pero él reconoció su daga. 


—¡La reina Nitzia ha matado al rey! —se gritaba por todo el palacio al tiempo que se extendía la alarma por toda la ciudad sembrando la confusión por sus calles.


Entonces como guiados por una mano invisible llegaron los hombres del sur acompañados por hordas de feroces saurios con garras como dagas y entrenados caballeros. Los hombres de Alianza de Kelthist, en guerra con los hombres de Kotow, embistieron contra la ciudad en el momento más propicio, cuando sus ciudadanos se hallaban buscando a la asesina de su rey y poco atentos estaban a la llegada de enemigos a sus muros. Las hordas enemigas, a cargo del rey Eartan de Nailis, aprovecharon la confusión reinante para golpear con fuerza la majestuosa Kotow. Los saurios derribaron los muros y los caballeros incendiaron las casas y cortaron las cabezas. Muy numerosos eran los enemigos y poco pudieron hacer los defensores en la desorganizada defensa de la ciudad. 


Exhausta, la asesina del último rey de Kotow se había sentado al pie de un árbol. Había condenado a su pueblo. Con los ojos inundados de lágrimas tomó el medallón de su familia y lo apretó con fuerza. Finalmente cerró los ojos deseando que todo acabara para ella, esperando sumergirse en un profundo sueño del que no pudiera despertar jamás.

© Susana Andrea Ocariz y Sergio Sánchez Azor. (Reservados todos los derechos).

15 de abril de 2012

¡Saludos, viajeros!


No os hemos olvidado. En Erthara seguimos trabajando incansablemente al amparo del Astro rojo que con mayor o menor intensidad corona las noches de este lugar que ya es como nuestro segundo hogar, o nuestro primer hogar porque pasamos realmente mucho tiempo. 
Como os he contando seguimos trabajando en el que será el primer libro de una serie de historias cuyo eje central son esas Espadas de Eda que daría nombre a toda la colección. Pero antes de nada, lo primero es ese primer libro, Sangre de Hermanos, que cuenta el origen de todo. Esperamos que pronto podáis conocer la historia al completo, por lo pronto, lo que está en nuestras manos, estamos haciendo lo que podemos. No en vano, ya estamos llegando a la recta final de la redacción de esta primera historia. Vamos por el capítulo 22 de un total del cual calculamos que serán 29 capítulos (aunque sabéis como son las musas, a veces caprichosas y acaban contando más de lo que en un principio iba a ser contado).


Además, estos días son días de muchos proyectos nuevos que estamos abordando con mucha ilusión y ganas porque nos permite conocer a otras personas que comparten los mismos sueños y la misma ilusión que nosotros y, eso es lo más gratificante de todo esto. Uno de esos proyectos es la colaboración de los dos autores en un libro de relatos cortos que ha sido publicado por Ediciones Javisa23, se trata de una serie de historias, de tamaño corto, cuya característica en común es el mundo del Escritor. ¡Y os podemos garantizar que hay relatos e historias muy buenas en ese libro! ¡Estamos emocionados de haber podido formar parte de él! El libro se llama "Mil palabras" y, entre sus páginas, además sale una ilustración de nuestra amiga y colaboradora con el proyecto de las "Espadas de Eda", Victoria Aisswort. ¿Qué más se puede pedir a este libro?


Os dejamos el link por si al alguien le interesa. Y esperamos pronto venir con más novedades en el blog. ¡No nos olvidamos de vosotros!


Libro: Mil Palabras



25 de marzo de 2012

El Lago Espejo

Mientras la compañía del rey Eartan se hallaba en la frontera del norte conteniendo a nuevas compañías de Tet Wup que intentaban penetrar en las tierras de Kelthist, los caballeros Aiglat y Driane habían conseguido llegar hasta el corazón del vecino del norte pero aún no habían conseguido hacer saquear la capital de Tet Wup, Kotow.
Con los pies sumergidos en la cristalina agua del lago, Annamel podía sentir la fresca sensación del agua mojando su piel. Se encontraba aburrida pero al mismo tiempo inquieta. Todos los caballeros de Alianza de Kelthist estaban inmersos en las numerosas batallas que el reino estaba sufriendo y ella estaba allí, a la espera de noticias qué tardaban en llegar. La brisa era suave y fresca, y el agua lamía la orilla con suavidad, como un amante. La noche estaba cayendo y, por encima de su cabeza, las estrellas trazaban un dibujo de filigrana. No se oía más que el rumor del viento entre los árboles y los suaves golpes del agua contra la orilla del lago.
Se sentía inquieta, terriblemente inquieta. Algo la hacía sentir de alguna manera oprimida y notaba en ella misma una premonitoria tensión.
—¿Qué está pasando en el mundo? Tanto daría por saber qué está ocurriendo con las otras compañías de este reino… Y suspiró sabiendo que seguiría en su desconocimiento.
De pronto, Annamel miró hacia el lago y vio que su superficie tenía la palidez del cristal, pero no el sosiego completo. Algo iba a pasar y ella no sabía qué podría ser. Fue entonces cuando algo explotó en el centro del lago, las aguas se lanzaron en un fiero remolino y el lago empezó a llenarse de espuma a su alrededor. Atraída por aquel extraño suceso, Annamel se acercó a las aguas y sucedió. El lago le mostró una serie de visiones.
Vio un lago, pero no el Dan-Aral, aunque ese lago le resultó extrañamente conocido. Se trataba del Lago Espejo, en las tierras de Tet Wup. Vio a una mujer sentada como ella en la orilla de ese lago, con sus cabellos cobrizos ondeando al viento. La reconoció al instante. Se trataba de Driane. ¡La inteligente y aguerrida Driane! El lago del Palacio de Ostalel estaba saciando su necesidad de conocimiento y le estaba mostrando imágenes que anhelaba saber, aunque no sabía si esas imágenes eran en tiempo real.
El lago seguía mostrándole imágenes. Vio a centenares de hombres ataviados para la batalla. Inmóviles esperaban impasibles la llegada de su enemigo. A la cabeza un caballero rubio montado en un corcel estaba ataviado con una reluciente armadura. Se trataba de Aiglat que se hallaba delante de sus hombres, de pie alzando su espada, a la espera de entrar en batalla. Constituían una esplendorosa compañía que en nombre de la Alianza de Kelthist se hallaba dispuesta a hacer frente al enemigo que se acercaba a ella. Desgraciadamente sólo habían conocido la derrota tan lejos de su tierra.
La imagen del lago cambió de nuevo.
Vio cómo llegaron los enemigos y otra imagen le mostró cómo la integridad de la compañía de Alianza de Kelthist era destrozada por los hombres del llano como otras veces antes, como cuando Annamel estuvo combatiendo al lado de ellos semanas antes. La lucha era encarnizada y las fuerzas se hallaron pronto equilibradas. Las imágenes de las aguas del lago mostraban un gran duelo en el cual ambas tropas competían por demostrar su habilidad y fuerza en el combate. Los soldados bárbaros se defendían bastante bien ante la carga de los caballeros de la Alianza de Kelthist, pero la batalla parecía durar horas y, poco a poco, las tropas enemigas empezaron a ganar terreno.
Vio como la gran espada de Aiglat era detenida una y otra vez por las armas de sus enemigos que de vez en cuando daban un poderoso golpe al capitán que su armadura evitaba. En el rostro del caballero se notaba la preocupación al ver el peligro en el que se encontraba al tiempo que miraba hacia atrás como esperando algo.

Las imágenes del lago se sucedían mostrando escenas de una batalla que había ocurrido en el norte a mucha distancia de Ostalel. Fue cuando Annamel contempló como Aiglat y los miembros de su compañía eran cercados y bloqueados por tropas bárbaras que seguían acudiendo a atacarlos desde la cercana ciudad de Kotow. Desesperada, ella contemplaba con absoluta impotencia cómo Aiglat iba a morir cuando la luna roja apareciera en la noche y su corazón se conmovió al ver que los hombres de esa compañía seguían demostrando seguridad y entereza a pesar de sentirse acorralados. En ningún momento dejaban de combatir con absoluto aplomo.
Vio de nuevo a Driane, mostrando la serenidad de los caballeros de la espada envuelta en llamas. Montada en su hermoso corcel negro, capitaneaba una tropa de caballeros que venían a ayudar a las tropas de Aiglat. Supo entonces cual había sido la estrategia del capitán y la dama: dividir sus fuerzas en dos para despistar al enemigo. Sin duda, habían sabido que les atacarían antes de que esto sucediera. Vio que los caballeros que llegaban a socorrer a sus compañeros cabalgaban cantando desde la orilla del lago del espejo, acaudillados por Driane. Y, en la retaguardia, regalaron a los enemigos una purificadora lluvia de flechas y muchas de ellas hicieron caer a un buen número de enemigos.
Annamel notó como dos lágrimas surgieron de su rostro. Ver defenderse de ese modo a los que habían sido sus compañeros de batalla le hizo estremecerse. Vio como los jinetes de Aiglat, reconfortados con la llegada de refuerzos, terribles con su furia y deseosos de conseguir una victoria, rechazaban a sus enemigos. Las filas de Driane se unieron a las de Aiglat consiguiendo superar a las tropas enemigas. Estos fueron poco a poco cediendo terreno ya que las tropas de Alianza de Kelthist contaban con una evidente ventaja numérica que se estaba notando a medida que avanzaba la batalla.

Vio a Aiglat, luchando en medio de un caos de soldados, su espada reluciente en su brazo firme, descargando golpes a tajo y destajo, subiendo y bajando de forma incansable, pero también la fatiga hacía mella en el, se notaba en su mirada cansada, en el sudor que pegaba sus rubios cabellos a su rostro, en la sangre que manaba de pequeños cortes que había recibido de sus enemigos, Annamel observaba todo esto impotente, sin poder hacer más que alargar la mano hacia la superficie del lago que la ponía en contacto con ellos en aquellos duros momentos, pero sin poder ayudar, con lágrimas surcando y bañando el bello rostro de ella, cuyo corazón intentaba en vano ponerse en contacto con los de aquellos que luchaban sin esperanza en aquella injusta guerra.
De pronto las imágenes del lago se ralentizaron y se concentraron en mostrar a Aiglat, que ahora luchaba contra tres adversarios, y se apreciaba que apenas le quedaban fuerzas. Annamel lloró amargas lágrimas, pues no podía soportar ver morir a aquellos que le importaban, vio cómo uno de los enemigos alcanzaba al capitán con un mortífero puñal clavándoselo a traición por la espalda, el caballero cayó al suelo, pero no soltó su espada, con la que a duras penas seguía defendiéndose de los otros dos atacantes. Éstos al verlo vulnerable en el suelo aprovecharon para rematarle, propinándole duros golpes en la cabeza con las empuñaduras de sus espadas, alargando su agonía y deleitándose en ello. Quizá fue esto lo que les costó la vida a ambos a manos de soldados de Kelthist que acudieron en ayuda de su capitán. Pero Aiglat estaba muy mal herido y la mente del caballero vagaba a medio camino entre la luz y la oscuridad.
Las imágenes del lago poco a poco se disipaban y lo último que le llegó a Annamel fue la imagen de Driane, alzando su espada y gritando:

—¡Socorred a Aiglat y vayamos a nuestro campamento! ¡Por fin hemos vencido en tierras enemigas!
Las aguas del lago se calmaron dejando de mostrar imágenes. Annamel, agotada, cayó sobre la orilla; se sentía débil y cansada como si ella hubiera combatido también en aquella batalla. Con la satisfacción de saber que Driane había conseguido la victoria en las tierras de Tet Wup pero con la angustia de desconocer la suerte de Aiglat, se durmió.
Mientras tanto, el Dan-Aral se sumergió nuevamente en una profunda tranquilidad y quietud mientras la noche que avanzaba mostraba su cara más refrescante y tierna. Muy lejos de allí, cerca de Kotow, donde se hallaban las tropas de Alianza de Kelthist, el Lago Espejo también se hallaba de nuevo en serenidad y calma.

© Susana Andrea Ocariz y Sergio Sánchez Azor. (Reservados todos los derechos).

17 de marzo de 2012

La Isla de la Media Luna

El tiempo estaba cambiando y el invierno parecía haber descendido sobre las tierras de Kelthist repentinamente. Las mañanas aparecían cubiertas de una suave niebla, y el sol apenas era suficiente como para deshacerlas levemente en pequeños jirones que iban desapareciendo a lo largo del día.
Abandonaron la ciudad de Tylevost amparados por la noche cubierta de estrellas y no miraron atrás. El hedor de la ciudad devastada los seguía, como un dedo acusador sobre el mal que habían llevado a aquellas tierras en otro tiempo hermosas. Ahora ya no quedaba nada. Sólo piedras muertas.
Mientras salían de la ciudad, Adanha paseó la mirada por el campo plagado de cabezas cercenadas que se extendía a los pies de los muros. Un cuervo parecía empeñado en arrancar a través de la carne roja del cuello una vena que le debía parecer especialmente apetitosa. Uno de los ojos del hombre, que un día mirara extasiado la belleza de la noche estrellada, pendía levemente de su cuenca. El otro permanecía todavía en su sitio, con el párpado semi cerrado, y parecía conservar una expresión de dolor inmenso. Otro cuervo aleteó grácilmente hasta él, terminó de arrancar el ojo con un picotazo que abrió la carne del hombre, y luego marchó a saborear la blanda carne muerta en un rincón.
Las aves negras bailotearon al paso del ejército de Angh, protestando con ásperas voces al ver interrumpido el banquete. Rojo y negro parecían fundirse en uno solo, y mientras avanzaban en la noche, quedó atrás El Castigo.
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Las altas y escarpadas murallas de Navasane ocultaban de su vista la ciudad de Blath Laidir. La isla, cubierta de una espesa niebla, parecía flotar levemente sobre el agua, y encerraba en ella una calma que sabía sólo era aparente.
La Compañía de Angh llegaba desde Amleara, donde había robado los barcos más grandes del puerto, a sangre y fuego. Nadie había podido resistir su embate, y ahora, sin bandera visible, navegaban en pos de Blath Laidir, una ciudad con fama de infranqueable. Pero no habían sido suficientes, y muchos de ellos excedían con mucho el límite de su capacidad.
La guerra había afectado también al comercio de la zona, y eran pocos los comerciantes que se atrevían a realizar travesías en esa época. Más sabiendo la devastación que la alianza del Norte había llevado a las tierras de Kelthist. No era seguro, y ahora, el saqueo del puerto llevado a cabo por el salvaje ejército de Angh había dado la razón a los más desconfiados.
Unos pasos tras ella anunciaron la presencia de Sasya. La Señora de Angh se había reunido con ellos en el improvisado puerto del Siral, y había traído consigo noticias del norte, del este y del sur. La ofensiva, tanto tiempo planeada, no había salido tan bien como habían esperado. Ahora, su nueva misión se encontraba en el oeste, en aquella isla donde el ejército de Bren Tornya había sido rechazado hacía pocos días, mientras ellos arrasaban con furia la capital del reino. Pero debían confiar que aquellos barcos sin bandera les abrieran el paso de la bahía, aquél que sus aliados habían encontrado cerrado.
- Los barcos de Angh estarán llegando en estos momentos al puerto de Tharlond - dijo Sasya, mientras se apoyaba en la baranda del barco. Sus cabellos de cobre ondeaban al viento, mientras miraba tras ella la flota que los seguía.
- Así debe ser - respondió Adanha entonces - Kranhe deberá darse prisa en llegar con el vampiro a Semre’en. Aunque no daría gran cosa por su vida...
- Es una raza extraña pero fuerte, quien sabe…
- Fue feroz en la batalla. Eso es más de lo que muchos podrían decir. Si muere, habrá dado la vida por algo tan grande que ni él mismo alcanzaría a comprender. Habrá dado la vida por Angh.
Callaron un momento, escuchando el eterno rumor de las olas.
- Esta niebla es peligrosa - añadió Adanha al cabo de un rato.
- ¿Peligrosa? Esta niebla nos encubre a los ojos del enemigo… ¿o no es así?
- Los ojos del enemigo ven más allá de ella. Ya saben que venimos, y ahora temo que oculte al enemigo a nuestros ojos… - dejó flotando en el viento la última frase - Prepara tus arqueros, Sasya, por que ya están aquí.
Sasya miró a la Aenari, y sacudió la cabeza suavemente. Sabía que ella veía mucho más de lo que ningún otro podía ver, y no dudaba que tendría razón. Si había un peligro cerca, Adanha lo sabría. ¿Pero por qué no podía ser más clara? No lo pensó más y marchó a preparar a los arqueros. Sea lo que sea, pronto lo veré, se dijo a sí misma.
Adanha permaneció mirando el horizonte. Tras ellos, el resto de la flota parecía dividida. Los barcos que habían sido cargados en exceso quedaban rezagados, y eso no le gustaba en absoluto. “¡Maldita sea!”, pensó, “Si llegamos todos juntos a puerto, nos rodearán, y entonces sí que estaremos perdidos. Pero ellos han divido sus fuerzas, y todavía les sacamos ventaja en número… Quizás no sea tan malo después de todo que los barcos de Hanië hayan quedado rezagados”.
La niebla pareció rasgarse para dejar paso a una vela en el horizonte, seguida de otras muchas. Gritos de alerta resonaron de barco en barco, como un eco. Adanha se volvió para observar la reacción de Hanië. No la defraudó. Los ocho barcos de Hanië viraron, y se dirigieron a enfrentar directamente la embestida naval de la Alianza. Todavía tenían una oportunidad.
Mientras las flechas volaban de una flota a otra, grandes bolas de fuego surcaban el cielo en busca de un blanco en el agua. Pero la niebla los hacía lanzar a ciegas, y el poder de las catapultas de Blath Laidir se perdía en el agua salada.
Gritos de guerra resonaron en sus oídos, mientras veía acercarse el puerto. Cientos de orcos y hombres agitaban con furia sus armas, mientras clamaban por la sangre del enemigo, que casi podían sentir en sus labios. Muchos de ellos se lanzaron al agua, mientras lanzaban cientos de pasarelas de cuerda que aseguraban en cualquier punto del muelle, saliendo de los barcos como una riada, mientras una lluvia de flechas caía sobre ellos sin piedad alguna.
Los primeros orcos que habían llegado al muro fueron detenidos por cientos de balas de paja ardiendo que arrasaron y quemaron todo a su paso. Mientras, Sasya y sus arqueros buscaban puntos más elevados en las cumbres que rodeaban la ciudad. Una flecha certera surcó el cielo del amanecer, silbando hasta llegar a ellos, y encontrado reposo en el pecho de Sasya. Cayó de bruces, mientras se llevaba las manos al pecho, y luchaba por recobrar el aire.
Se incorporó lentamente, y sus ojos de miel observaron atónitos la flecha oscilante en su pecho, mientras sus labios entreabiertos luchaban por encontrar el aire que parecía escaparse a través de la herida, al mismo tiempo que la sangre que empezaba a cubrir por completo su vestido. No desistió. Con un gemido de dolor, partió la flecha, y volvió a ponerse en camino con dificultad. “Cuentan contigo”, pensó, “no puedes dejar de avanzar. No puedes dejar de responder…”
El ataque de fuego cesó y el ejército de Angh se reagrupó nuevamente. Las puertas de la ciudad se abrieron, y el ejército de Blath Laidir avanzó entre las filas de orcos y hombres sembrando el caos a su paso. Un gran batallón de enanos defendía las puertas, y junto a ellas, pronto se agolparon cientos de miembros cercenados.
No sería suficiente. Adanha espoleó a Belde, y avanzó sobre el enemigo, llevando consigo el terror y la muerte, insuflando en su ejército fuerzas renovadas. Desmontó de un salto, y sus llamas se alzaron frente a las puertas de la ciudad, mientras Aldil se bañaba en sangre.
Y mientras su espada danzaba al son de la muerte, Adanha buscaba a su enemigo con la mirada. Un elfo, vestido con la insignia de la Alianza se alzó ante ella, y no pudo más que sonreírle. Aldil destellaba en su mano, mientras la espada del elfo se cernía sobre ella. Paró el golpe con la espada, y el elfo se sintió confuso un instante, observando su sonrisa. Supo entonces que había alzado su espada contra alguien que estaba mucho más allá de su alcance, y que nada podía hacer para salvarse de la muerte.
Contempló la luz de Ishanna que se vislumbraba en los ojos de ella, oculta bajo el halo de maldad que cubría su mirada. Y tuvo un momento. Un momento para recordar a aquellos que había dejado tras las murallas de la ciudad. Un momento que le trajo la imagen dulce de su esposa, y la risa juguetona de sus hijos. Sólo fue un momento, justo antes de que la espada de la Aenari se deslizará fría entre su carne. Justo antes de sentir el dolor.
La cabeza del elfo cayó rodando a sus pies, mientras su sangre todavía caliente se deslizaba a través de Aldil, goteando levemente en el suelo. Alzó la mirada, y por fin lo descubrió en la lejanía. Y él la vio a ella, y pudo ver cómo la furia hacía arder el cuerpo del Aenari.
Ella rió entonces, mientras lo veía acercarse a través de la batalla. Se detuvo frente a ella, espada en mano, y sus miradas se enfrentaron durante un instante eterno, recordando quizás otros tiempos, perdidos en la memoria de ambos.
- Veo que quieres luchar contra mí. Edades incontables han pasado desde que partieras de Ishanna, el mal ha echado raíces en tu corazón y su crueldad es solo comparable a tu belleza - dijo Kielhe.
Ella permaneció en silencio, mientras el fragor de la batalla parecía apagarse tras el crepitar del fuego que ambos desprendían.
- Siempre tan amable - respondió con una sonrisa, mientras sus cabellos danzaban salvajes, ocultando sus ojos - Pero no quiero que te hagas falsas ilusiones, Kielhe. Sabes bien por qué estoy aquí, y la dulzura de tus palabras no evitará que la devastación de Navasane.
- Si es lo que quieres… Lucharemos entonces, pero Blath nunca será tuya – respondió Kielhe, avanzando con furia hacia ella.
Aldil y Orion brillaron al encontrarse, y lo celebraron con un gran estruendo que golpeó la isla en sus cimientos. La tierra tembló, y las olas se levantaron furiosas al ser despertadas de su letargo, mientras en el muelle, los dos Hijos de las Estrellas se batían en duelo.
La defensa de las puertas parecía a punto de caer, y por un momento el ejército de Angh se abalanzó sobre la ciudad. Pero sólo fue un momento, pues la bien armada caballería de Blath Laidir salió de la ciudad pasando por encima de los cadáveres que cubrían las puertas. La confusión reinó entonces entre los anghitas, obligados a retroceder de nuevo hacia el muelle.
Pero los arqueros de Sasya apostados en la cima lanzaron entonces cientos de flechas empenachadas de negro y rojo, que surcaron el aire ensañándose en hombres y bestias por igual. El relincho de los caballos heridos desgarró sus oídos, mientras hombres y orcos aprovechaban para acabar con los jinetes, desmembrando sus cuerpos en una sangrienta venganza. Ríos de sangre se deslizaron por la playa, para derramarse en el agua que lamía la orilla.
Barcos ardientes como teas iluminaban el horizonte teñido de rojo. La espuma de las olas que rompían en ellos llevaba consigo la sangre que caía de los barcos como una cascada. Hanië corría sobre la cubierta, ordenando otra vez el ataque de los arqueros apostados en ella. Cientos de flechas ardientes surcaban el aire sobre ella, en ambas direcciones.
- ¡A las velas! ¡Apuntad a las velas! – gritó con furia.
Y las velas de los barcos de Kelthist comenzaron a arder, cayendo implacables sobre la cubierta, prendiendo en su cubierta. Hanië sonrió entonces, pero su barco fue zarandeado con una fuerza indescriptible, mucho mayor que la fuerza de las olas. Paseó la mirada alrededor de sus barcos. Una extraña figura con forma femenina se alzó rápidamente golpeando uno de sus barcos, mientras arrastraba consigo a un infeliz que gritaba de terror mientras caía al agua. ¿Qué demonios…? Su mente pareció entumecerse con la duda… ¿Pero qué demonios era eso? Una mujer de cabellos rojos reía en el barco, y luego lo abandonó a la carrera, seguida por varios de los suyos, hasta su propio barco. Una gran explosión sacudió entonces el barco anghita, lanzando virutas y trozos de madera que se incrustaron en todos aquellos que se encontraban cerca.
Hanië cerró los ojos, mientras sentía como la llamarada de fuego la golpeaba con intensidad, y la lanzaba de espaldas por la borda. Cayó en el agua semi inconsciente, y mientras se hundía en la inmensidad del mar se aferraba sólo a una idea. Venganza. Venganza. Venganza. Abrió los ojos, y pudo ver cientos de cuerpos cayendo en la muerte profunda del agua. Algo pareció asirla de repente, y sintió bajo su pecho algo firme. “Venganza... “ – musitó. Y cayó en la inconsciencia.
La tierra tembló. Una gran sacudida aturdió a ambos ejércitos, mientras el sonido de los truenos parecía retumbar en el cielo repentinamente negro que cubría la isla. Enormes olas hirvientes, altas como montañas arrasaron la costa, llevándose consigo al retirarse cientos de cuerpos abrasados. Soldados de ambos ejércitos cayeron de rodillas, suplicando piedad frente a lo que creían un castigo divino. Y Adanha supo después que fue entonces cuando perdió la batalla.
Sasya, apostada en la cima del acantilado, fue alcanzada por las olas que barrían la bahía. Se volvió al sentir acercarse la enorme ola sobre ella, y el fuego hirviente que ésta traía consigo abrasó sus ojos, que se cerraron tarde al sentir el calor. El dolor lacerante que siguió la hizo caer de rodillas, incapaz de encontrar con sus manos ciegas un punto de apoyo que la retuviera en la colina, y la ola regresó nuevamente al mar, llevándose consigo el cuerpo roto en mil pedazos de la elfa.
Y ajenos a la devastación que causaban, Adanha y Kielhe combatían con furia, mientras el fuego de su propio poder incontrolado les alzaba del suelo, y sus espadas respondían a cada embate, sin descanso. Pero finalmente fueron alejados por una repentina ola de fuego, y quedaron mirándose mutuamente, con la respiración entrecortada.
- ¡Sabes tan bien como yo que nunca podrás vencerme! - dijo él, con una ira inmensa en la mirada.
- No lo sabes, Kielhe - sonrió ella, mientras su pecho subía y bajaba agitado, al compás de su respiración. El fuego que la envolvía daba a su piel un color dorado, y sus ojos parecían brillar más que nunca - Ambos fuimos concebidos como iguales en la mente de la Diosa… ¿Por qué habrías acaso de soñar que encierras más poder que yo?
Kielhe no respondió, y se lanzó al ataque siguiendo un loco impulso. Y ella respondió de igual manera, saliendo a su encuentro. El silencio expectante fue roto por el sordo retumbar que emitieron las espadas al cruzarse en el cielo, y la oscuridad pareció diluirse un instante, pues las espadas estallaron en el aire, emitiendo miles de destellos de luz cegadora.
Adanha se sintió arrastrada en el aire, y finalmente cayó de espaldas en el suelo. Sintió un dolor profundo en el costado derecho, pero no supo reconocerlo hasta después. Se levantó, y observó como los restos de Aldil caían entre el muro de llamas que ahora separaba a ambos ejércitos. Al otro lado, Kielhe daba órdenes de retirada, y Adanha se internó en la muralla de fuego, recogiendo con reverencia los fragmentos de Aldil.
Sus ojos violetas observaron la retirada del ejército enemigo, y las puertas de la ciudad se cerraron para ellos.
Se volvió entonces, ordenando el regreso, cuando sintió la sangre que corría a través del vestido. Había caído sobre una espada mellada, que se había incrustado en su cuerpo produciendo una herida bastante profunda. Suspiró. Todo había sido un desastre desde el principio, y ahora sólo quedaba regresar con las manos vacías. Pero volverían. Sabía que volverían, y entonces, tal vez, la hermosa ciudad que ahora se encerraba en sí misma como un caparazón de piedra, sería suya.
Los barcos fueron cargados de heridos rápidamente, y Adanha descubrió entre ellos a Sasya, con el rostro pálido y los ojos cerrados cubiertos de llagas supurantes.
- Llevadla a su camarote - ordenó - En seguida acudiré a atenderla.
“Malditos”, pensó, “Maldito seas Kielhe. Tu y todos los que te siguen conoceréis pronto el dolor, y será tan intenso que desearás haber muerto este día.”
Los barcos de Hanië permanecían extrañamente quietos en la lejanía, ahora que el mar había recuperado la calma. Pero eran pocos los que quedaban a flote. La ruina había sido total. Una barca se acercó remando veloz, y los soldados se encargaron de alzar a los heridos que habían conseguido rescatar de los naufragios. Hanië, inconsciente, fue depositada en una improvisada camilla. Se acercó a ella, y depositó un suave beso en su frente. Había estado a punto de morir ahogada, y su cuerpo, exhausto, no respondía. Su cuerpo descansaría junto al de Sasya, y mientras se la llevaban, Adanha arrancó de su cuerpo la espada mellada que hasta entonces permanecía clavada en ella. Sus ojos se nublaron con el dolor, y la sangre escapó a borbotones de la herida.
“Pronto. Pronto os llegará la hora de pagar. La muerte y el llanto anegarán estas tierras, y las montañas de Navasane se teñirán de rojo. Y buscareis la piedad en mi mano. Una piedad que no encontraréis, ni en la vida ni en la muerte”

© Susana Andrea Ocariz y Sergio Sánchez Azor. (Reservados todos los derechos).

6 de marzo de 2012

El Castigo de Tylevost

Cientos de gaviotas aleteaban nerviosas alrededor del barco. Miró con cierto recelo la costa que por fin vislumbraba hacia el oeste, donde aparecía una delgada línea verde cortando el hasta ahora eterno azul del horizonte.
Estremecida por cierta sensación de presagio, acentuada quizás por el intenso viento que azotaba la costa, se abrazó a sí misma, intentando ajustar al mismo tiempo la capa negra que le servía de abrigo.
¿Cuántos días llevaban ya navegando, con las velas negras extendidas, intentando ganar tiempo al tiempo, y luchando contra el empuje del mar? Los días se habían fundido unos con otros, y el tiempo parecía haberse convertido en algo eterno y a la vez difuso en su mente.
Se volvió de pronto, y con paso rápido se dirigió a su camarote, buscando refugio frente a aquél viento salado. Cuando entró, el viento cesó de pronto, y agradeció la calma repentina, intensa en su sensación completamente opuesta.
Recordaba haber llegado a Tharlond. La ciudad, con sus comerciantes y su ajetreo casi cotidiano, la había abrumado. Había dejado los preparativos del viaje en manos de Hanië y Kranhe, y durante los días que permanecieron allí se había encerrado en su camarote, sin deseos de ver a nadie, esperando... Quizás fue entonces cuando empezó a perder la noción del tiempo.
Su encierro terminó un atardecer. Un atardecer como cualquier otro, cuando el sol enviaba sus últimos rayos, y las aguas de Tharlond parecían volverse rojas como la sangre. Pero en ese último atardecer, La Segunda Compañía de los Señores de Angh entró en la ciudad. Y mientras hombres y orcos, supervivientes de la aciaga batalla de Andagirth, eran embarcados, conversó largo y tendido con los capitanes de la Compañía. Las noticias que portaban eran desde luego poco alentadoras. La Alianza había conseguido derribar la resistencia de Angh, y no sólo eso, sino que además todos sus capitanes habían sido heridos de gravedad. Un gran deseo de venganza se apoderó entonces de ella. Su mirada se volvió un fuego intenso, mientras despedía a Andhain en cubierta. Un fuego de odio que no iba a ser contenido.
Venganza. Los gritos de las gaviotas se colaban por las rendijas de su camarote, y parecían gritos de dolor. Un repentino impulso la llevó a coger una silla y estrellarla con furia contra la pared, donde estalló haciéndose añicos.
Después, la voz de Kranhe llegó hasta ella. Habían llegado a Hamelond.
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- Mi Señora – dijo una voz a sus espaldas.
Adanha volvió el rostro y observó al hombre que permanecía apostado en el umbral de su camarote, pero no contestó. El hombre carraspeó levemente.
- El Señor Kranhe os manda decir que el Sîral pronto dejará de ser navegable, y que ha llegado el momento de desembarcar.
Volvió a mirar nuevamente por el ojo de buey del camarote.
- Decidle que estoy lista – contestó, con la mirada perdida en los lindes del bosque de Anvathar.
Sintió la puerta cerrarse tras ella una vez que el hombre se hubo marchado, y suspiró suavemente. Unas pocas leguas de viaje quedaban apenas, entre los árboles, ocultos de la luz del sol. Se puso nuevamente la capa, y salió del camarote sin mirar atrás.
La luz del sol hizo mella en sus ojos con cruel intensidad. Pudo ver que se encontraban en una curva del río, y en ambas orillas, playas pedregosas se extendían, ganándole terreno al bosque. Era el mejor sitio para desembarcar, y a Adanha le extrañaba que el enemigo no lo hubiera previsto.
El desembarco les llevaría varias horas. Provisiones y pertrechos eran cargados rápidamente en botes, que los llevaban hasta la orilla del río. No llevaban grandes armas de asalto, pues sabían que el desembarco de estas hubiera sido imposible. E imposible hubiera sido también guiarlas a través del bosque. Tampoco habían llevado animales de tiro. A excepción de los caballos que montaban los Capitanes de la Compañía, que no habían querido prescindir de sus cabalgaduras.
El sol comenzaba a ocultarse tras la línea lejana de Anvathar cuando por fin estuvieron preparados para reemprender la marcha. Una marcha silenciosa, apenas rota por el sonido apagado de las pisadas entre las hojas del bosque. Mientras la oscuridad crecía, Adanha no dejaba de dar vueltas a una pregunta que volvía una y otra vez de forma insistente a su mente. ¿Cómo conseguirían superar las escarpadas laderas, y las enormes murallas de Tylevost?
Cuando llegaron al claro en el que se alzaba majestuosa la ciudad, Adanha comprendió que no sería fácil hacerse con ella. Las escarpadas paredes parecían estar hechas de roca lisa en la distancia, y sobre ellas, imponentes murallas parecían elevarse hasta tocar el mismísimo cielo. Conscientes de que a esas alturas ya les habrían divisado en la lejanía, Adanha cabalgó a cielo abierto, explorando y calibrando las distintas posibilidades para la ascensión. Gritos de alarma resonaron en sus oídos mientras regresaba al linde del bosque, donde había dado orden de organizar el campamento. La noche cerrada cubría como un manto la ciudad, y ocultaba al enemigo en el bosque.
Permaneció despierta el resto de la noche, vigilando el cielo y el aire, y divisando la ciudad que mantenía sus luces apagadas, intentando ocultar su belleza al invasor. No serviría de nada, pensó. Tylevost amanecería envuelta en llamas, consumida por su fuego destructor.
- Y ahora – dijo en un susurro – Se darán cuenta de que ya no es Venganza. Es Castigo.
Apenas quedaban unas horas para el amanecer, y una niebla espesa comenzó a envolver el claro y el bosque. Las altas murallas desaparecieron ante sus ojos, cubiertas por un velo gris. Adanha sonrió. Era el momento.
- ¿Ha llegado la hora? – preguntó Hanië, apareciendo tras ella como un fantasma. La voz de la Elfa era de hielo, y Adanha sabía que la embargaba la misma ira destructora.
- Sí. Que se preparen. Atacaremos al amanecer – contestó sin mirarla. Hanië asintió con la cabeza y se dio la vuelta para marcharse, pero Adanha se giró y la retuvo un instante - Que no me miren – añadió simplemente mirándola intensamente. Y Hanië comprendió, sin tener que decir nada más.
El viento parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. Un sonido lejano se percibió en la distancia, y parecía acercarse por momentos, incrementando su fuerza poco a poco. Después, un silencio de muerte.
Avanzaron lentamente por el llano, ocultos por la niebla y por el silencio. Como si la magia del Bosque del Silencio se hubiera adueñado del lugar de repente. Pero llegando casi a los pies de la pared de roca, una lluvia de flechas ardientes les sorprendió, dejando las primeras bajas.
Adanha iba a la cabeza, y avanzaba calmadamente, sin hacer el menor ruido, sin apresurarse, mientras murmuraba palabras incomprensibles. Los hombres a su alrededor escondían la mirada a su paso, mientras ella parecía no darse cuenta de lo que ocurría en torno a ella. Su vestido rojo ondeaba al viento, al compás de sus cabellos dorados, agitados por un viento misterioso que parecía no existir más que alrededor de la Estrella. Mas pobre de aquél que hubiera osado siquiera enfrentar su mirada, pues el fuego hubiera consumido su alma para siempre.
Y cuando llegó al pie de la montaña, se detuvo y alzó su voz en un grito que hizo temblar las piedras, y llenó de temor al enemigo. Y levantando las manos, dijo con poderosa voz:
“Tú, que eres el bosque oscuro y tenebroso, árbol, hoja, musgo y raíces.
Tú, que eres el agua que corre en los ríos, arroyo de la montaña que canta la vida.
Tú, que eres el sol que calienta la piel; tú, qué eres la nube que riega la tormenta”
Y mientras repetía lentamente las palabras, su poder iba escapando poco a poco, para convertirse en bosque, agua, sol… Y de la roca viva nacieron miles de enredaderas, que fueron poco a poco trepando por la pared en busca de las altas cumbres ocultas por la niebla. Detrás de ella, los Capitanes de Angh sonreían, pues sabían ahora qué era lo que la Estrella había estado planeando todo aquel tiempo. Y ahora, un sabor amargo y dulce a la vez les inundaba. El sabor de la sangre.
A partir de ese momento, todo se sucedió rápidamente. Orcos y hombres, aferrados a las enredaderas, treparon por los muros y las murallas, mientras los incrédulos ojos de los soldados de la Alianza apenas podían reaccionar ante lo que veían. Intentaron cortar las ramas que se aferraban a las piedras, pero por cada una que cortaban, cientos de ellas volvían a aparecer en su lugar. Los primeros hombres aparecieron tras las murallas, y ya no pudieron hacer nada.
Afanándose sobre una de las ramas aferrada a una roca, el hombre intentaba por todos los medios arrancarla de la pared de la muralla cortándola con un hacha. Sus rubios cabellos empapados en sudor caían sobre sus ojos, mientras su mirada se concentraba en el punto en el que la planta parecía más débil. Un reguero de sangre corrió por su túnica y bajo hasta su mano, y lo miró sorprendido. Se quedó un segundo inmóvil, y abrió la mano lentamente, dejando caer el hacha, que pareció planear un segundo hasta los pies de la muralla. Sin saber qué hacer, sin poder dejar de mirar su mano empapada en sangre, el hombre levantó el otro brazo, y se tocó la frente, sintiéndola húmeda. Un brillo de comprensión apareció en sus ojos, antes de caer de rodillas sabiéndose muerto.
Tras él, un joven miraba al hombre caído. Lejos, en el Norte, se hallaban las tierras de donde provenía el joven de cabellos oscuros y ojos negros como el carbón. Recordaba una batalla lejana, donde las llanuras se estremecen antes de llegar a las montañas. Andagirth, dónde tantos habían muerto. Donde su padre, gran capitán de la Segunda Compañía de Angh, había perecido acuchillado cientos de veces.
“Todavía eres un niño”, le había dicho su padre antes de partir, ante la insistencia de él a incorporarse al ejército, “tendrás tiempo de participar en las más grandes batallas, de engrandecer a Angh con la sangre del enemigo derramada. Pero no todavía.”
Él había llorado y suplicado. Y su padre, acariciando sus cabellos, sonrió. “Cuando vuelva, hablaremos de nuevo de todo esto”. Y se marchó. Nunca cumplió su promesa. Aquellos que ahora se resguardaban tras gruesos muros, aquellos que luchaban ahora por defender su ciudad de la devastación, lo habían impedido.
Ahora miraba el cuerpo inerte de aquél que había caído sin saberlo, con la cabeza abierta y el yelmo roto. Un fuerte golpe había quebrado toda ilusión y todo esfuerzo, y la vida se había escapado de él corriendo alegremente como un río desciende la montaña. Se acercó hasta el hombre, y con un golpe certero, le cortó la cabeza, y la dejó caer tras la muralla. “Esto es en tu honor, Padre”.
El mediodía desvaneció los últimos jirones de niebla, y descubrió a los pies de las murallas de Tylevost miles de cabezas horriblemente desfiguradas, surgiendo como horribles flores rojas entre las rocas y las plantas. Apostados en las murallas, figuras descabezadas vertían sangre, tiñendo las murallas de rojo.
Confiados casi por completo en una ciudad que consideraban inexpugnable, las defensas se rompieron rápidamente. Arrasados como hojas arrastradas por el viento, los soldados de la Alianza pronto conocieron el salvaje furor de las hordas de Angh. Y tras ellos, el poder sobrenatural que la Estrella, si cabe más salvaje todavía.
Adanha observó las calles destrozadas, y respiró fuerte aspirando el olor de la sangre y la muerte. El Castigo había llegado. Su poder de fuego se derramó y asoló las calles, incendiando todo a su paso. Figuras de Altos Reyes de Kelthist yacían en el suelo, rotas en mil pedazos. Tylevost ardía. Sus oídos se llenaron de gritos de terror. A lo lejos, el llanto de un bebé se alzó estridente por sobre cualquier otro sonido, y el silencio repentino que le siguió fue la única evidencia de su cruel final. Gemidos y súplicas no tenían sentido para aquellos que dispensaban la Muerte.
Muchos lograron salvarse, pues la Alianza escondía túneles secretos de evacuación. No importaba. El Castigo había sido cumplido. Cuando todo acabó, Tylevost se había convertido en un enorme cementerio esculpido en roca.
Kranhe, con las ropas tintas en sangre, se acercó hasta ella.
- Todo ha concluido – dijo, mientras ambos miraban por encima de los muros la devastación de la ciudad – Apenas hemos sufrido bajas, pero Faeryôl ha caído atravesado por muchas flechas. No sabemos si sobrevivirá… ni sabemos como atender a uno de su especie.
- Dadle sangre viva – sentenció ella – Los desdichados moribundos de Kelthist servirán para hacer revivir al vampiro de Angh.
Kranhe asintió, y se dio la vuelta para marcharse. Luego pareció dudar.
- Te miré – afirmó por fin, algo confuso.
Ella se dio la vuelta y lo miró sonriendo, pero no dijo nada. Paseó su mirada por última vez sobre la ciudad en llamas, y siguió al hombre.

© Susana Andrea Ocariz y Sergio Sánchez Azor. (Reservados todos los derechos).