Los Nareltha


SOBRE LOS NARELTHA





Imagen: Tatyafinwe (devianart)



Nombre: Los nareltha (de "nare", muerte, y "eltha", vida)
Continente: Aranorth ("tierra del sol")
Emplazamiento: Bosque de Elthalûare, en las estribaciones de Angennel (Montañas Blancas), en la costa del Mar Escarlata
Escudo o símbolo: Dos semicírculos colocados de forma enfrentada, con dos espadas atravesándolos.
País y capital: Elerthe y Aleneltê.


PRESENTACIÓN

    Las antiguas escrituras dicen que son el fruto de la unión de dos linajes: el de los elfos de Ireia y el de los humanos de Ales. 
    Recibieron un precioso don de manos de la diosa Eda: una conexión inquebrantable del alma de cada uno de ellos con el espíritu de un ser vivo, convirtiéndose éste en su tótem o ennar. A cambio, la diosa les pidió que guardaran dos objetos especiales, dos espadas magníficas, que simbolizaban la vida y la muerte y el ciclo que mantiene el Equilibrio que sustenta Erthara. Son las Edantari, las Espadas de Eda.


NARELÂNTAR Y ELTHALÂNTAR

Dos clanes forman parte de los nareltha, dos clanes que llevan milenios rivalizando por el dominio sobre su tierra. 


Los narelântar. El clan de la muerte. 

Imagen: Sevil-s (devianart)

"Guerra y honor. 
Cada nare está unido al espíritu de un animal que le guía.
Hacen rituales a la muerte".


Los elthalântar. El clan de la vida.

Imagen: Nele-diel (devianart)

"Sabiduría y crecimiento. 
Cada eltha está unido al espíritu de un árbol que le guía.
Hacen rituales a la vida".




CARACTERÍSTICAS

Los nareltha combinan lo mejor y lo peor de los humanos y elfos: creatividad y curiosidad humanas con sensibilidad y amor por la naturaleza élficos, pero también arrogancia, terquedad y ambición. 

Su vida, más larga que la humana pero más breve que la élfica, se distingue por un envejecimiento lento y un cambio físico peculiar: cabellos blancos y ojos completamente claros al acercarse su final. Físicamente, mezclan rasgos humanos y élficos, destacando por su altura, fuerza, resistencia, y una belleza que no existe en ninguna raza humana.

Imagen: AlystraeaArt (devianart)


    El pueblo de los nareltha es uno de los más importantes de Erthara. Posee una cultura rica en leyendas y deidades, y prolifera en cientos de rituales y ceremonias. Su biblioteca rivaliza con la Biblioteca de las Mil Torres de Erein. 
  Tienen una lengua propia, el naralthane, que desciende del idioma primigenio élfico de Heimni. 
   Su país, Elerthe, acoge además a extranjeros que acaban viviendo en su ciudad, seducidos por sus costumbres, y atraídos por la riqueza que les proporcionan los productos del gran bosque Elthalûare y los yacimientos mineros de las canteras de nulya, por las cuales rivalizan con los enanos.



SOCIEDAD NARELTHA


En general, la clase viene determinada por el nacimiento y la propiedad; y por el valor en la batalla, en el caso de los narelântar.

Los Tawar

Son la élite nacida para liderar en lo político, militar y sagrado. Son los que ocupan los cargos más importantes en el ámbito político, militar y sacramental. Su estatus, forjado al nacer, puede perderse por no superar la educación (formación como adulto; Narwalomê, en el caso de los nare, y Ninlomê en el caso de los eltha) o por cometer alguna falta que vaya en contra de las normas sagradas del pueblo. 
    Descienden directamente de aquellas personas que lideraron la huida desde el oeste, antes de la fundación de su primera ciudad, Tualêma. 
    En el caso de los narelântar, si un tawar muestra cobardía en la batalla también pierde su condición. 
    La supremacía de algunas familias tawar sobre otras de su mismo rango, depende de qué clan ha ostentado el gobierno en cada época histórica: si los elthalântar o los narelântar.
Entre los tawar están los Goldar, los sacerdotes de la vida, los Ayamân, los sacerdotes de la muerte, los Vaiar, los valientes guerreros narelântar y los Galentari, los guardianes de las Espadas de Eda.

Imagen: bachzim (devianart)


Los Dakar 

Son la segunda casta: comerciantes, artesanos, constructores y campesinos; en general cualquier oficio libre de ejercerse. Poseen poder político según su riqueza, pero sus manos nunca empuñan armas. La riqueza influye, siendo usada por algunos dakar para ascender de estatus.

Los Hetêma. 

Son siervos de los tawar y de los dakar adinerados. Atados a la propiedad a la que pertenen, pueden casarse y tener hijos, pero su libertad está marcada por la decisión de sus terratenientes. Algunos, en ciertas condiciones, pueden quedarse con los frutos de su trabajo una vez deducida la renta que le corresponde al titular de la hacienda. De modo excepcional, tanto los hetêma como los dakar más pobres pueden ser reclutados para el ejército, lo que en el caso de los hetêma significa la libertad en el caso de sobrevivir a la guerra, pasando en ese caso a ser dakar.

Los Hethar. 

Son los extranjeros aceptados en las tierras de los nareltha. Aunque libres, permanecen al margen de las decisiones políticas. Se les permite tener parte de la cuota de comercio y de artesanía. Algunos sonn campesinos, aunque solo de terrenos menos productivos.

Los Ramar. 

Son aquellos ciudadanos que no superan la educación o son denostados por cobardía (en el caso de los narelântar) o haber cometido algún delito. Como parias, su destino se trenza con la servidumbre, quedando al margen de la sociedad, marcados por su deshonra.



GOBIERNO NARELTHA

Imagen: art-history (devianart)


El Nyazê. 

Los nareltha están gobernados por el Nyazê, un consejo formado por tawar. En su origen fue un cuerpo consultivo. Con el devenir del tiempo y el vaivén del poder entre elthalântar y narelântar, fue adquiriendo más poder, porque el clan que ocupaba el poder quería gobernar de forma más autoritaria sobre el otro.
   Formado por un número cambiante entre elthalântar y narelântar, el Nyazê tiene el monopolio para proponer y crear leyes, dirigir la política, las declaraciones de guerra y la firma de paz, el poder judicial; además de poseer el derecho de veto sobre las decisiones de la Asamblea. En el año 1412 de la Tercera Era, el Nyazê está ocupado por el veintitrés narelântar y siete elthalântar.

El Dalên. 

Es el representante del pueblo nareltha. En los albores de la historia de los nareltha, el Dalên siempre era una mujer. Era la representante de Eda, encarnaba la espiritualidad y, por tanto, era respetada y reverenciada. 
   Miles de años después, el Dalên, que puede ser tanto mujer u hombre, es un cargo político, elegido entre los miembros del Nyazê.
    En ocasiones en el pasado, el poder del Dalên se ha alzado por encima de los límites establecidos. A veces por el carisma y astucia de la persona que ostentaba el cargo, otras porque esta usaba medidas cuestionables como la extorsión o el soborno, el Dalên lograba ejercer un control sobre los miembros del Nyazê. Su sabiduría y su habilidad para persuadir y convencer a los demás podían convertirse en herramientas poderosas. 
    A medida que los vientos del cambio soplaban en la sociedad nareltha, algunos utilizaban su influencia para tejer redes de lealtades entre los miembros del consejo, controlando así la toma de decisiones y guiando los destinos del pueblo con mano firme. En estos periodos, su voz resonaba con mayor fuerza en las salas de gobierno, dictando políticas y decisiones importantes para la sociedad nareltha.
    
    La distinción de Dalên se graba a fuego en el cuello de la persona, con un dibujo de sombras que adquiere con el tiempo una tonalidad característica debido al tinte especial que se añade a los emplastos de hierbas que se utilizan para curar las heridas que se forman. 
    Si el Dalên es narelânta se usan tintes de tono rojo intenso casi negro y si es elthalântar se emplean tintes de tono verde oscuro también tirando a negro. 
    Son los sacerdotes los encargados de efectuar esta marca, utilizando para ello pequeñas dagas ardientes. Esta marca se llama Daltana.

El Nyantasse. 

Es el tercer órgano de gobierno: la asamblea o reunión de todos los nareltha, convocados en fechas fijas. En esta asamblea se votan las propuestas provenientes del Nyazê y se debaten los problemas del pueblo. Corresponde al Nyantasse aprobar o no las propuestas del Nyazê. Si bien no es de forma vinculante. El proceso de votaciones es a puño alzado. El puño derecho, voto positivo; el izquierdo, negativo. Aquellos que no hagan ninguna de estas señales contarán como abstención. Los delegados de cada barrio procederán al recuento.




LAS ESPADAS DE EDA Y LOS GALENTARI

Imagen: libre de derechos

En la Colina de Hysenye, envuelta en niebla, son custodiadas Las Espadas de Eda, en un pequeño templete que apenas es una base circular de piedra blanca que se eleva hacia las estrellas de forma escalonada. En la parte superior se alzas cuatro altísimas y esbeltas columnas estriadas que sostiene la cubierta y, entre ellas, dos grandes ánforas de cristal de doble asa que parecen mantenerse en pie sobre su base como suspendidas por un mágico hechizo.

  • Althantar, la Espada de la Vida, con el filo forjado en plata y la empuñadura de ébano pulido, con pequeñas esmeraldas engarzadas, está protegida por un líquido verde.
  • Narwa, la Espada de la Muerte, con el filo rojo y la empuñadura de hueso tallado engarzada con diminutos rubíes como gotas de sangre, está sumergida en un líquido espeso y de un rojo intenso, muy oscuro.

Ambas armas son veladas por un regimiento creado hace milenios, la Galentar, la Guardia de las Espadas, de treinta miembros, elegidos en paridad entre ambos clanes, y formados para encargarse de custodiar día y noche el templo. Los miembros de la Guardia de las Espadas, los Galentari, visten casi de forma idéntica: uniforme blanco con borde rojo, coraza plateada con el símbolo de las Espadas de Eda cruzadas. Se diferencian sólo en la capa: verde para los elthalântar y roja para los narelântar.





LOS RITUALES

La prueba del ennar

Imagen libre de derechos

Cada nareltha está vinculado a un espíritu del bosque que los nareltha conocen como ennar.
Al nacer, los sacerdotes detectan ese vínculo. Si este ritual falla, quiere decir que el recién nacido no ha sido bendecido con el don de Eda y ese nareltha se convertirá en un paria, un ennarbô (“sin ennar”) y crecerá como un esclavo o un sirviente sin propiedades.
    Pero el vínculo hay que sellarlo en una prueba. Los narelântar, a los diez años de edad, al inicio de su educación, deben hallar y matar a su animal. Por su parte, los elthalântar realizan su prueba del ennar al finalizar la educación, a los 21 años. Para ello, deben sobrevivir atado a su árbol hasta que este se seque. Si el narelânta no mata a su animal o el árbol del elthalânta no se seca, es que el vínculo se ha roto y, aunque sobreviva, se convertirá igualmente en un paria. 
    Del ennar surge el nombre principal del nareltha, que hace referencia a su ennar. Antes se coloca un nombre de pila y, después, los ennar del padre y de la madre.

Syeres, "sangre de hermanos"

Imagen: libre de derechos

Es un líquido que los narelântar beben en un ritual antes de una batalla para que los espíritus les ayuden en el combate. Es lo que llaman sellar “el vínculo”. Algunos lo llamaban “sangre de dioses” o “don de la sangre”.

El círculo sagrado

Los elthalântar trazan un círculo con arena en el suelo para realizar sus rituales. Además, se arroja una mezcla de canela y morera sobre la línea. Luego recurriendo a la ayuda de un cayado hay que recorrer el círculo trazado con la tiza hacia el este. Una vez terminado de recorrer toda la línea. Es el círculo sagrado, la primera enseñanza que recibe un elthalânta. Hace confluir a los espíritus del bosque para que el ritual tenga éxito.


El ritual de la muerte

Tiene lugar cuando los narelântar han terminado su educación, a los 21 años. Es un acto colectivo, aterrador para los que se inician en él, donde los recién formados soldados son reunidos en torno a grandes hogueras para enfretarse por primera vez a la visión de los espíritus muertos, quienes serán sus futuros compañeros de batalla.
    Después de celebrar con vino y linsk el fin del Narwälome, se reparte entre ellos una bebida especial que conecta con el mundo de los espíritus. La bebida, mortal si se toma en exceso, contiene belladona y artemisa, así como hojas de abeto plateado, flores de tilo para endulzar, flores de amapola, y grandes dosis de granada, fresa y naranjas rojas, así como un destilado alcohólico de manzana roja.
    Por su color de un rojo oscuro e intenso, y por su espesor, muchos elthalântar creían en el pasado que los narelântar bebían sangre durante sus rituales, entrando así en trance, pero esto nunca fue cierto.





HISTORIA


Su historia es la de un largo peregrinaje durante miles de años y la de la fundación de varias ciudades, hasta que finalmente se establecieron en las estribaciones surorientales de las Montañas Blancas, al amparo del Elthalûare. Tres ciudades fundaron los nareltha en la plenitud de su civilización. Tres ciudades que marcaron el inicio de las Eras del Equilibrio. Tres ciudades que forjaron los destinos del mundo.


PRIMERA ERA: TUALÊMA
 
Image
 Imagen: libre de derechos

Sus antepasados, los atsios, eran descendientes de la unión de elfos y humanos. Los atsios, al igual que los elfos, amaron los bosques y los lagos, pero también anidaba en ellos el amor por las grandes planicies y el anhelo del mar. Y finalmente, mientras el miedo y el terror crecían a su alrededor en Heimni, decidieron marchar hacia el este.
    Donde los campos brillaban como esmeraldas a la luz de la luna blanca, y las estrellas reflejaban en un gran lago como si una parte del cielo nocturno hubiera caído sobre la tierra, allí fundaron Kephelot, La Ciudad Espejo. Aunque pronto fue conocida como Tualêma, Aguas Verdes.
    La fundación de Tualêma marcó el inicio de la Primera Era del Equilibrio en el calendario de los nareltha. Fue construida sobre el más gran islote en el centro del lago, de forma que parecía flotar sobre él. Sus torres, con sus cúpulas blancas, se alzaban hasta el cielo, intentando alcanzar las estrellas de Ireia.
    Allí Eda encontró Eda a los atsios. Y su luz iluminó sus corazones desvelando toda su belleza y su sabiduría. Y les habló del Equilibrio. Del ciclo de la vida que se haya en la naturaleza y de cómo la vida y la muerte son la esencia de ese Equilibrio. Pues el uno no puede existir ni tiene sentido sin el otro. Y la escucharon, maravillados, intentando absorber toda la sabiduría que había en sus palabras. Y decidieron entonces llamarse a sí mismo nareltha, pues serían siempre seguidores del Equilibrio, de la Vida y la Muerte.
    Entonces Eda dijo:
    —De los animales y de las plantas recibiréis por mí de un don especial. Puesto que solo vosotros habéis escuchado mis palabras, sin miedo. Vosotros sois mi pueblo, hijos de mi espíritu. Un espíritu de la naturaleza habitará en el corazón de cada uno de vosotros, y con éste haréis un solo ser.
    Y les habló entonces del ennar, el espíritu que cada nareltha acogería en su interior, desde entonces y hasta el final de los tiempos. Y designó a una estrella para que a partir de aquel momento sembrara en cada nuevo niño nacido en su seno el ennar adecuado. Y aquel Aenari fue llamado El Sembrador. Y algunos de ellos recibieron el ennar de un animal salvaje. Otros, en cambio, recibieron el de alguno de los árboles del bosque. Y así, sin saberlo, aquel pueblo quedó dividido.
    Según las antiguas escrituras de los nareltha, Eda les otorgó unas espadas, las que acabarían siendo conocidas como las Espadas de Eda, que encerraban en su seno el poder que había dado origen a Erthara: El Equilibrio. Ese poder los protegería, les advirtió Eda, pero también podría destruirlos. No sólo a ellos, sino a toda Erthara. Y la voz de Eda resonó en Tualêma, y todos allí escucharon las palabras que auguraban su destino.
    —Es esencial que estas Espadas se mantengan unidas pues en ellas reside el Equilibrio. Y desde hoy hasta el final de los tiempos, el futuro de Erthara dependerá de ellas.
    Tualêma nació con la Primera Era, cuando Eda les dio sus dones, y murió con el caos y la destrucción al otro lado del mundo. Donde un día se alzara, sólo existe un cenagal. Pero se dice que, en las noches de luna llena, se distinguen sus cúpulas blancas en lo hondo del fango.


SEGUNDA ERA: GESELÊ

Tras la ruina de Tualêma, los nareltha volvieron a vivir el exilio. Encontraron un lugar junto a las Montañas de la Sombra, en el linde con las selvas del sur. Y allí fundaron la que sería su segunda ciudad, Geselê, la Ciudad del Rocío. Y, con ella, comenzaron los años de la Segunda Era.

La caída de Geselê y el nuevo éxodo.
  
    Largos fueron los años de paz hasta que el mal les alcanzó de nuevo en Geselê. Entonces los ríos fueron envenenados, las aguas se volvieron oscuras y un olor nauseabundo inundó la ciudad, y una sombra cubrió las estrellas. La enfermedad se extendió por la ciudad y la muerte se adueñó de sus calles, incluído Atharal, el Dalên de los nareltha. Pronto nadie estuvo a salvo de ella, y toda la ciudad se convirtió en una enorme tumba. Cuando Shirae comprendió que Geselê no podía ser salvada, reunió a los pocos que quedaban y huyeron al desierto en el siglo VII de la Segunda Era. Fue nombrada Dalên durante el éxodo por el desierto.
    El camino del desierto fue arduo y difícil. Agotados y resecos después de cruzar el gran desierto, los nareltha descansaron en la orilla del Mar Escarlata. Allí crearon un pequeño pueblo espero, que años después acabaría convirtiéndose en Nirent.
     Así, durante un tiempo estuvieron en Nirent. Pero, tan lejos de los bosques y las praderas, muchos se mostraron inquietos. Según las antiguas escrituras de los nareltha, el profeta Neltis había vaticinado que “Cuando el mundo tiemble y el equilibrio se pierda, tres hogares conocerán los afortunados de Eda antes de alcanzar el Último Hogar, donde las lágrimas del Sembrador caen como cascadas de paz”.
    Mientras la mayoría decidieron cruzar el Mar Escarlata y seguir hacia el norte, unos pocos decidieron quedarse para siempre en Nirent. Su sangre acabaría diluyéndose entre la gente del desierto a lo largo de los siglos venideros. 
    Más allá del Mar Escarlata descubrieron por primera vez las copas doradas y rojizas de los árboles de Elthalûare, el hogar de sus antepasados, y los verdes campos del Valle de Narbas. Y más allá, el destello de unas cumbres blancas y eternamente nevadas, que bautizaron como Angennel, "las montañas blancas". Comprendimos entonces que a la sombra de aquellas montañas habían regresado por fin a su hogar: al amparo del Elthalûare. Y fundaron una ciudad, pequeña al principio, pero que con el tiempo se fue haciendo más grande. La llamaron Aleneltê, "La Sombra Blanca".
   





TERCERA ERA: ALENELTÊ
 
Imagen: makara (devianart)


El sueño de Shirae y la primera guerra contra los enanos

    En las faldas de las Angennel los nareltha habían establecido en un inicio un pequeño campamento. Cerca de allí, Erbeleth el Constructor, encontró una mina de una piedra blanca de extraordinaria dureza y resistencia, a la cual llamó nulya. 
    Esa misma noche, bajo la luz de las estrellas de Ireia, Shirae, la décimo octava Dalên de los nareltha, tuvo un sueño. Se vio a ella misma escalando una torre, construida con aquella misma piedra blanca; tan alta que desafiaba los cielos para alcanzar el hogar de los dioses. Empujada por lo que creía una visión de Eda, Shirae le ordenó a Erbeleth la construcción de la torre que había visto en sus sueños con la nulya, la piedra de la mina. Pronto esta piedra se agotó, esfumando el sueño de Shirae. Pero ella no se rindió.
    Shirae organizó una expedición y se adentró en las montañas escarpadas en busca de nuevas minas. Entre los picos nevados y los profundos barrancos, acechaban bestias feroces. A pesar de que sus rugidos resonaban como truenos en la noche, Shirae y los suyos no volvieron atrás. También tuvieron que enfrentarse a desprendimientos de rocas, como si fueran susurros de gigantes dormidos, que acabaron aplastando a algunos de ellos.
    Finalmente, encontraron nuevas minas de la piedra blanca y Shirae los suyos regresaron al campamento con material suficiente para poder continuar la construcción de la torre. Una vez erigida, Shirae comenzó su ascenso y, una vez en la cima de la torre, su voz resonó a través del valle y los picos de las montañas.
    —Aquí se levanta la imponente Sombra Blanca, inquebrantable y eterna. Perdurará a lo largo de incontables siglos, como testigo del poder de los espíritus de Elthalûare.
    Más de un siglo pasó y la torre se convirtió en polvo, derribada por un poderoso temblor de las entrañas de Erthara. La torre de Shirae se perdió entre los escombros, pero su legado permaneció para siempre. Aleneltê, la ciudad de la sombra blanca, se había fundado, dando inicio a la Tercera Era.
    La ciudad empezó a crecer, gracias sobre todo a aquella piedra, que parecía ser inagotable en el corazón de las Angennel. Fue entonces cuando los nareltha descubrieron que las Angennel eran también el hogar de una tribu enana, que se había establecido allí mucho tiempo antes. 
     Las relaciones con los enanos de las Angennel al principio fueron cordiales, sobre todo debido a la necesidad de los nareltha de adquirir mediante el comercio con ellos la piedra blanca, la nulya, que necesitaban para la construcción de Aleneltê. Sin embargo, pronto los nareltha se dieron cuenta de que podía ser mucho más beneficioso para ellos mantener sus propias canteras de nulya, y limitar el comercio con los enanos en función de las necesidades marcadas según los límites de su producción.
    Para los enanos esto supuso una gran afrenta. No sólo por la pérdida comercial que suponía, sino porque consideraban a las Montañas Blancas como una única y gran cantera de su propiedad, y no estaban dispuestos a ceder ni la más mínima piedra a ningún otro pueblo. Las minas de nulya eran suyas, dijeron antes de exigir a Shirae que se llevara a su pueblo lejos de las montañas.
    Pero algo había cambiado en el interior de los nareltha. Shirae decidió que debían permanecer en aquel lugar y luchar contra los enanos para defender su nuevo hogar. Ese fue el inicio de la división que fraguó el destino de los nareltha. Fue la primera vez que sus ennar se manifestaron. Aquellos que decidieron permanecer aferraron sus raíces en el nuevo asentamiento y pidieron el entendimiento con los enanos. Pero aquellos que decidieron luchar afilaron sus garras, liderados por Shirae.

Imagen: deskridge

    Según las crónicas de los nareltha, fueron los Enanos los primeros en derramar sangre nareltha sobre las montañas, atacando indiscriminadamente a los trabajadores en las canteras y a los transportes que llevaban la piedra a la ciudad. En cambio, los enanos siempre han aducido que fueron sus vecinos los que comenzaron aquella guerra, atacando y matando a muchos de los suyos para apropiarse de sus canteras. No es posible saber hoy cuál de ellas es cierta, o si ambas tienen parte de verdad. Sea como fuere, así fue como surgieron los primeros enfrentamientos entre ambos pueblos que se extendieron durante siglos, con varias guerras que han ensombrecido la gloria de ambos pueblos. La primera guerra contra los enanos estalló en el año 27 T.E. y acabó a los tres años con la victoria de los nareltha.

La conquista del Valle de Narbâs

    En aquel entonces, el territorio de los nareltha se ceñía solo a unas pocas millas alrededor de la nueva ciudad. En el este de Aleneltê, después del límite del bosque, se hallaban las vastas llanuras de Malererthe, “Tierra del Alba”, el lugar donde el sol emergía de las aguas. Aquellas tierras estaban habitadas por una tribu humana, los eralnien, “el pueblo de las llanuras”. Durante las primeras décadas de la Tercera Era, los nareltha establecieron relaciones comerciales con ellos. Los eralnien les proporcionaban productos de sus campos a cambio de que los nareltha les consiguieran bienes y recursos del interior del Bosque Dorado, un área prohibida para la gente de las llanuras. Sin embargo, surgieron voces disidentes entre los nareltha, ya que algunos consideraban inmoral importunar a sus ennar, cuyos espíritus residían en las profundidades del bosque, al tomar productos de su territorio para un pueblo considerado hereje. Como resultado, los nareltha empezaron a establecer sus propios campos de cultivo en el Valle de Narbâs, lo que acabó generando tensión con los eralnien.
    Shirae lideró a los suyos hacia el Valle Narbâs, en busca de tierras fértiles para cultivar y expandir su territorio, a pesar de los eralnien, que ya habitaban aquella región antes de la llegada de los nareltha. La lucha por el control del río Nanya “Aguas Desbordantes”, en el centro de Narbâs, “Valle Rojo”, se convirtió en el punto central del conflicto entre los nareltha y los eralnien. Durante varios años. el río pasó varias veces de manos entre ambos pueblos. A medida que la guerra se prolongaba, los eralnien se encontraron cada vez más superados. Sin embargo, debido a las voces discordantes entre los nareltha que reclamaban poner fin al derramamiento de sangre y sufrimiento, Shirae inició negociaciones de paz con los eralnien. Cerca de la Sierra Ylelyene, en el año 38 T.E., Shirae y Girdier Cararroja, el jefe tribal de los eralnien, simbolizaron la paz colocando cada uno una piedra para la construcción de Tualya, “esmeralda”, una torre que marcaría el límite entre territorios.
    Tras años de incertidumbre, Shirae logró al fin un país para los suyos, y la paz con los pueblos vecinos. En el 46 T.E., en un encuentro de convivencia con los eralnien, Shirae sintió de repente una fuerte punzada en el costado. Le habían clavado un estilete cerca del corazón.  Aquello provocó su fatal destino ese día, muriendo a los 162 años. Aún con algunos de los suyos en contra, los había dirigido durante más de cien años. Había sido nombrada Dalên tras la fatalidad ocurrida a su predecesor, Atharal, que murió a causa de la peste de Geselê. Y ella misma cayó por una fatalidad, dando paso a un periodo de inestabilidad en el seno de los nareltha. 

El legado de Erbeleth el Constructor

    Nada más fundarse Aleneltê, el Gran Maestre de la época, Adain, ordenó la construcción del que debía ser uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, cuyo diseño y construcción fue llevado a cabo por Erbeleth el Constructor. Para este, aquel sería el edificio por el cual habría de pasar a la posteridad como arquitecto. A pesar de ser un elthalanta, Erbeleth supo imbuir tanto en su arquitectura como en su ornamentación la mentalidad y el espíritu de ambos clanes, tal como exigía un edificio como aquel, donde debía salvaguardarse tanto el Equilibrio como la historia de los nareltha. Es más, saltándose todas las normas y rituales, Erbeleth pidió ser enterrado en el interior del edificio. Hubo un gran revuelo por aquel entonces en la ciudad, dividida por un lado entre los partidarios de cumplir su última voluntad y, por otro, entre los que mantenían que se debía cumplir con los rituales funerarios, que no incluían el enterramiento. Al final, pese a todo, cuando Erbeleth murió, muchos años después, fue el propio Gran Maestre quien tomó la decisión, y el constructor de Aleneltê fue enterrado en una pequeña cripta subterránea en los sótanos de la Academia.


Primera ruptura entre narelântar y elthalântar

Imagen: SaraForlenza

    Tras el asesinato de Shirae, la primera Dalên de los nareltha en Aleneltê, se celebró un cónclave celebrado para elegir a su sucesor. Es en ese momento cuando las diferencias entre elthalântar y narelântar se pusieron de manifiesto con más intensidad. Los segundos querían nombrar como Dalên al narelânta Ethon, uno de los más allegados a Shirae y que clamó venganza por su asesinato. Los primeros, en cambio, propusieron al elthalânta Kedir, una de las personas más antiguas, que había conocido los días gloriosos de Geselê, y que representaba el ala más conservadora de los nareltha. 
El cónclave acabó sin sucesor: no hubo consenso. Entonces, Ethon reunió a un grupo de leales para vengarla, aún en contra del propio Consejo. En ese grupo estaban las dos hijas mellizas de Shirae, Ninmel y Ninmara. Dirigidos por Ethon, sembraron la tierra con la sangre de los traidores eralnien. Mientras se adentraban en territorio enemigo, más allá del río Nanya, la voz de Ethon rugía como un trueno, jurando que la matanza no cesaría hasta que los eralnien no entregaran a su líder, Girdier Cararroja. Quizás es por eso que, hoy en día, cuando la tormenta empieza, la gente avisa de la llegada del “rugido del valle”. 
En esos días, Kedir escribió “Las diferencias se han hecho más grandes y algunas ramas se han olvidado de seguir hacia la luz... Ya dos han: los feroces, que manifiestan su ímpetu más de lo que se detienen a templarse, y los firmes, que cada día extendemos más nuestras raíces de sabiduría y alimento del espíritu”. 

La cacería duró varios meses, mientras daban muerte a los eralnien, incluidos niños y ancianos, hasta que estos entregaron a su líder. Al final, regresaron a Aleneltê con Girdier Cararroja, que fue ajusticiado delante de todos los nareltha en pago por la muerte de Shirae. Esto desató una crisis interna entre los nareltha, sembrando la semilla de la división entre los elthalântar y los narelântar, un abismo que amenazó con separar a ambos clanes. 


(Continuará)
 



 
© Susana Ocariz y Sergio Sánchez Azor. (Reservados todos los derechos)
 

Comentarios

Entradas populares de este blog

El sueño de Shirae